OPINIóN PUBLICADA
• Fernanda Sandez, en La Nación, aborda críticamente la práctica cada vez más extendida del escrache. Considera que lo que se busca es “marcar, señalar, delatar. Cerrar el ojo del poder sobre uno solo –uno entre muchos– y volverlo distinto, enemigo: cosa. Nosotros o ellos, y sobre ellos, fuego tupido porque no hay diálogo posible con un otro cuya supervivencia –he decretado– pone en riesgo la mía. Será marcado pues con un triángulo, o con una estrella, o de cualquier otro modo que revele la gravedad de su “delito”: judío, gitano, homosexual, tutsi, croata: otro. El nombre no importa, porque eso siempre cambia. Lo que pervive –y daña– es la implacable máquina de partir el mundo en dos. Ayer unitario (o federal), hoy oligarca. Ayer gorila y hoy, destituyente, apátrida y hasta latifundista así no se posea más tierra que la que cabe en una maceta”. • Carlos Malamud, en Infolatam, reflexiona sobre las muestras de nacionalismo en América Latina. Opina que “el video hecho público la semana pasada con los deleznables cánticos de unos marinos chilenos son una prueba del más execrable nacionalismo latinoamericano. En torno suyo hay poco que discutir, salvo su implicación para América Latina. El problema está en que todavía hoy son muchos en la región los que enaltecen las virtudes de los nacionalismos locales, insistiendo en las enormes diferencias con los nacionalismos xenófobos y racistas de Europa y otras latitudes. Si miramos en torno de las ideologías y de los sentires populares latinoamericanos encontramos que los discursos del catolicismo decimonónico, de la derecha liberal, del zapatismo mexicano en cualquiera de sus versiones, del castrismo cubano y del bolivarianismo new age, por citar sólo unos ejemplos, están todos permeados por el mismo nacionalismo que es el único posible, el que siempre saca lo peor de nosotros, especialmente al contraponernos con los demás. Y en esa contraposición “nosotros” siempre somos los buenos o los mejores y “ellos” los perdedores o la suma de la maldad absoluta”.
• Fernanda Sandez, en La Nación, aborda críticamente la práctica cada vez más extendida del escrache. Considera que lo que se busca es “marcar, señalar, delatar. Cerrar el ojo del poder sobre uno solo –uno entre muchos– y volverlo distinto, enemigo: cosa. Nosotros o ellos, y sobre ellos, fuego tupido porque no hay diálogo posible con un otro cuya supervivencia –he decretado– pone en riesgo la mía. Será marcado pues con un triángulo, o con una estrella, o de cualquier otro modo que revele la gravedad de su “delito”: judío, gitano, homosexual, tutsi, croata: otro. El nombre no importa, porque eso siempre cambia. Lo que pervive –y daña– es la implacable máquina de partir el mundo en dos. Ayer unitario (o federal), hoy oligarca. Ayer gorila y hoy, destituyente, apátrida y hasta latifundista así no se posea más tierra que la que cabe en una maceta”. • Carlos Malamud, en Infolatam, reflexiona sobre las muestras de nacionalismo en América Latina. Opina que “el video hecho público la semana pasada con los deleznables cánticos de unos marinos chilenos son una prueba del más execrable nacionalismo latinoamericano. En torno suyo hay poco que discutir, salvo su implicación para América Latina. El problema está en que todavía hoy son muchos en la región los que enaltecen las virtudes de los nacionalismos locales, insistiendo en las enormes diferencias con los nacionalismos xenófobos y racistas de Europa y otras latitudes. Si miramos en torno de las ideologías y de los sentires populares latinoamericanos encontramos que los discursos del catolicismo decimonónico, de la derecha liberal, del zapatismo mexicano en cualquiera de sus versiones, del castrismo cubano y del bolivarianismo new age, por citar sólo unos ejemplos, están todos permeados por el mismo nacionalismo que es el único posible, el que siempre saca lo peor de nosotros, especialmente al contraponernos con los demás. Y en esa contraposición “nosotros” siempre somos los buenos o los mejores y “ellos” los perdedores o la suma de la maldad absoluta”.
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