28 de junio: frente a la actual estrategia, el Orgullo responde
"El Día Internacional del Orgullo nos recuerda que existe otra manera de hacer comunidad", invita a pensar Federico Sacchi, especialista en masculinidades, de Neuquén.
Por Federico Sacchi (*), especial para «Río Negro»
Hay algo profundamente político en un abrazo. En tiempos donde la confrontación permanente parece ocupar cada espacio del debate público y donde algunos sectores encuentran en el odio una forma rápida de construir identidad, el Día Internacional del Orgullo nos recuerda que existe otra manera de hacer comunidad. Una forma que no se basa en señalar diferencias como amenazas, sino en reconocerlas como parte de la riqueza de una sociedad democrática.

El Orgullo nació de una rebelión. Nació de personas que se cansaron de vivir en silencio y de aceptar que sus vidas valían menos que las de otros. Pero su historia no habla solamente de resistencia. También habla de organización, de afectos y de la capacidad colectiva de transformar la exclusión en derechos.
Por eso el 28 de junio no es solo una fecha conmemorativa. Es una pregunta sobre qué sociedad queremos construir. La pregunta se vuelve especialmente necesaria en un contexto donde los discursos de odio vuelven a ocupar espacio público. Cambian sus formas, pero conservan el mismo objetivo: convertir a determinados grupos en responsables de los problemas colectivos, cuestionar derechos conquistados y presentar la diversidad como una amenaza.
Frente a ese escenario, el Orgullo sigue siendo necesario. No solamente para defender conquistas alcanzadas, sino para sostener una idea fundamental: todas las personas merecen vivir con dignidad, libertad y reconocimiento. Y es allí donde aparece una palabra que muchas veces queda fuera de las discusiones políticas: ternura. Porque gran parte de las transformaciones sociales que hoy celebramos fueron posibles gracias a comunidades que eligieron cuidar, acompañar y sostener.
Personas y organizaciones que entendieron que construir una sociedad más justa también implica crear espacios donde nadie tenga que esconder quién es para sentirse seguro. Los derechos no se sostienen solos. Necesitan comunidad, organización y decisión política. Pero también necesitan territorios capaces de transformar esos principios en acciones concretas. Por eso las ciudades tienen un papel fundamental.
Las ciudades educan cuando generan espacios de encuentro, cuando promueven el respeto por las diferencias y cuando entienden que la diversidad no es un problema que debe administrarse, sino una riqueza que fortalece la convivencia democrática. Impulsar políticas de prevención de las violencias, formación ciudadana, promoción de derechos e inclusión no significa atender demandas sectoriales. Significa construir comunidades más seguras, más justas y más preparadas para convivir con la diversidad que las constituye.
Porque los discursos de odio no solamente dañan a quienes tienen como objetivo directo. También empobrecen a toda la sociedad. Nos vuelven más desconfiados, más indiferentes y menos capaces de reconocer la humanidad en quienes piensan, sienten o viven de manera diferente. Frente a eso, el Orgullo propone exactamente lo contrario: ampliar libertades en lugar de restringirlas, construir comunidad frente al individualismo y transformar el miedo en encuentro. Propone, en definitiva, un nosotros más grande.
Por eso cada marcha, cada bandera y cada encuentro del Orgullo son mucho más que una celebración identitaria. Son una defensa activa de la democracia y una invitación a imaginar una sociedad donde nadie tenga que justificar su existencia para ejercer plenamente sus derechos. En tiempos donde algunos intentan organizar el resentimiento y la exclusión como proyecto político, quizás nuestra tarea sea organizar algo distinto: la empatía, la solidaridad y la ternura. No como ingenuidad. Como una decisión profundamente política. Porque el odio puede hacer mucho ruido. Pero son las comunidades, los abrazos y los derechos los que terminan cambiando la historia. Por eso militar la ternura también es una forma de resistencia.
(*) Licenciado en Relaciones Públicas, especialista en masculinidades.
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