Cuando mandan los sentimientos
En política la tensión entre la satisfacción de los deseos y la racionalidad, que muy bien describió aristóteles, sigue vigente. En Europa, parecería que los demagogos siguen ganando.

A diferencia de tantos otros políticos, Javier Milei no intenta congraciarse con los perjudicados por la situación económica del país jurando que comparte plenamente su dolor. Aunque muchos lo han criticado por su supuesta falta de empatía, sabe que ufanarse de su sensibilidad le sería contraproducente. Al fin y al cabo, llegó a la presidencia de la República gracias a su capacidad para convencer a la mayoría del electorado de que estaba decidido a llevar a cabo un programa de drásticas reformas estructurales sin preocuparse por los previsibles costos políticos y por lo tanto humanos de sus planes. En su opinión, es mucho mejor ser considerado un duro insensible que una persona tan conmovedoramente bondadosa que sería reacia a tomar medidas impopulares, ya que en tal caso su gobierno estaría condenado al fracaso.
Para los antiguos griegos y sus sucesores en el mundo democrático moderno, es típico de demagogos apelar a sus propias emociones con la esperanza de obtener el apoyo popular. Hace aproximadamente treinta años, políticos centristas como Bill Clinton en Estados Unidos y Tony Blair en el Reino Unido, asesorados por expertos en relaciones públicas, no dudaron en explotar al máximo sus supuestos sentimientos humanitarios. Sentaron un precedente. En el mundo angloparlante, abundan los políticos que, ante cualquier incidente desafortunado, intentan ponerse a la altura de las circunstancias aludiendo al profundo impacto emocional que les ha causado, evitando así la necesidad de decir qué podrían hacer para asegurar que no vuelva a ocurrir algo similar.
En las últimas décadas, esta tendencia perjudicial se ha visto reforzada por la creciente participación de las mujeres en política. Se trata de una consecuencia natural de la feminización de virtualmente toda la cultura occidental, que, huelga decir, no es un fenómeno políticamente neutral. Si bien en el pasado las mujeres solían favorecer a los grupos que, a su juicio, garantizaban el orden, hoy en día generalmente apoyan a candidatos progresistas que prometen aumentar el gasto en programas de asistencia pública, un tema crucial para quienes dependen de la seguridad social. En Estados Unidos, el Partido Demócrata depende cada vez más del voto femenino, y el Partido Republicano, del voto masculino.
En opinión de algunos, el extraño movimiento “woke”, que se ha vuelto tan influyente en Estados Unidos y otros países, puede atribuirse a la feminización de la política, ya que los activistas de este nuevo culto subordinan todo a su propia respuesta emocional a lo que sucede en el mundo y privilegian lo subjetivo por encima de lo objetivo. Para ellos, la racionalidad es reaccionaria.
Entre los partidarios más agresivos de la sinrazón están los transexuales militantes que, convencidos de que cualquier hombre puede transformarse en una mujer auténtica si así lo quiere, insisten en que tiene que ser legalmente obligatorio tomar en serio su “transición”, han conseguido modificar las leyes y costumbres vigentes en partes del mundo anglosajón. En algunos países, como Escocia, violadores con actitudes tóxicas y machistas se las ingeniaron para ser trasladados a prisiones femeninas donde, como era de esperar, aprovecharon de inmediato las oportunidades que les fueron brindadas para abusar de las reclusas.
Desde que Aristóteles escribió que la demagogia era una forma corrupta y degradada de democracia en la que políticos deshonestos ganan apoyo explotando los miedos y deseos de la población, prometiendo repartir beneficios entre los pobres sin explicar quién, aparte de un puñado de oligarcas, tendría que pagarlos, la tensión entre la satisfacción de los deseos y la racionalidad a la que aludía el filósofo más influyente de la historia sigue vigente.
En Europa, parecería que los demagogos siguen ganando. En Francia, donde la deuda soberana supera por mucho el producto nacional bruto anual, y en el Reino Unido, donde se acerca rápidamente a esa cifra, los gobiernos son incapaces de reducir el gasto en bienestar social, a pesar de saber que, si no lo hacen, sus países correrán el riesgo de sufrir un devastador tsunami financiero.
Hasta ahora, Milei ha podido salirse con la suya con sus políticas drásticas porque un gran número de personas, incluyendo muchas que lo detestan, son conscientes de que continuar como antes sería desastroso. Si bien la situación en algunos países europeos importantes es, estadísticamente, casi tan mala como la de Argentina hace tres años, por ahora ninguno parece dispuesto a someterse al tratamiento patentado por Milei, aunque es de prever que, a menos que cambien de actitud, los mercados de bonos terminen encargándose del problema para solucionarlo a su manera particular.
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