De Verne a Sawe: La maratón en menos de dos horas
Si Phileas Fogg necesitó 80 días para demostrar que el mundo era abarcable, el keniata necesitó apenas 119 minutos para probar que nuestra propia naturaleza no tiene fronteras fijas.

Aquel amanecer del lunes 27 de abril en Santiago de Compostela, tenía el sabor agridulce de lo que concluye.
Al día siguiente de completar el Camino, con el libro de quejas estampado sobre mis pies, decidí caminar a contracorriente. Rodeé el Monasterio de San Pelayo, buscando el silencio que la Plaza del Obradoiro ya me negaba, y llegué a las puertas de la amplia Biblioteca de Santiago.
Allí, un hombre en condición de calle aguardaba la apertura del edificio. No buscaba refugio del frío, ni una sopa caliente; buscaba la letra impresa. Cuando las puertas cedieron el paso, lo vi encaminarse con parsimonia hacia la sección de hemeroteca. Allí esperaban, ávidos de lectores, varios periódicos del día de la fecha. Tomó el diario Marca y lo desplegó como quien abre un mapa del tesoro.
En la tapa junto a una gran foto, un titular que parecía redactado en el Olimpo rezaba: “1:59:30: El ser humano rompe otra barrera. Sabastian Sawe, baja de las dos horas en el Maratón de Londres”.
Aquel hombre se interesó por aquel tema tan ajeno a su aparente realidad y ahí comprendí que la superación no es solo un registro en un cronómetro suizo, sino la terca voluntad de no detenerse.
Lo que ocurrió el 26 de abril de 2026 en la capital inglesa no fue una carrera; fue una demolición. Durante décadas, bajar las dos horas en el maratón fue la “Gran Muralla China”, un peñón inexpugnable que se reía burlón de la fisiología humana.
Pero la historia, caprichosa, decidió que en el mismo Londres donde en 1908 Johnny Hayes ganaba con casi tres horas, fuera el mismo lugar donde, tres africanos y al unísono bajaran el récord mundial vigente.
El podio parece un verso de la épica africana con Sabastian Sawe (31) en su tercer maratón invicto (1h59m30s), el debutante etíope Yomif Kejelcha (29) (1h59m45s) y el ugandés Jacob Kiplimo (2h00m28s).
Dos de los tres, por debajo de los 120 minutos. Si bien el clima londinense fue ideal con 11 grados al inicio y 16 grados al cierre de la carrera, con un tenue viento este y 40% de humedad y que, durante los primeros 25 kms varios corredores sirvieron al terceto ganador de liebres; detrás del hito, hay un laboratorio de precisión.
Las nuevas zapatillas —Adizero Pro Evo 3 de apenas 97 gramos de peso— y el avance en el estudio del alto rendimiento como ciencia aplicada a la zancada, es para algunos, una suerte de “dopaje técnico”.
Sin embargo, como diría Arturo Pérez Reverte, el equipo no hace al guerrero si este no tiene el alma templada para el combate.
La carrera, con un récord de 60.000 participantes, fue un duelo excelso. Sabastian Sawe frente a Yomif Kejelcha- un etíope proveniente de pruebas de 5000 y10000 metros quien su primer maratón bajo también las dos horas- lograron aquello que durante décadas pareció un imposible.
Atrás quedó el experimento de Nike en Monza en 2017 o la exhibición en el Prater de Viena en la que Eliud Kipchoge consiguió una plusmarca no homologada.
Luego, con la trágica muerte del último recordman Kelvin Kiptum de tan solo 24 años de edad, se disipó la idea de que el desafío pudiera sortearse prontamente.
Pero Sawe un keniata proveniente del Valle del Rift, una falla geológica de 2100 metros de altura y una temperatura promedio de 30 grados, con costumbres y alimentación que torna a los corredores de ese lugar únicos, demostró que con disciplina y paciencia la quimera mutara en realidad.
Hay una conexión invisible entre el peregrino que llega a Compostela, el hombre que espera una biblioteca para leer hazañas ajenas y el atleta que cruza la meta en menos de dos horas.
Si Phileas Fogg necesitó ochenta días para demostrar que el mundo era abarcable, Sawe necesitó apenas ciento diecinueve minutos para probar que nuestra propia naturaleza no tiene fronteras fijas. Los tres están movidos por la misma fuerza: el deseo de llegar a un lugar donde nunca han estado.
Sawe rompió el reloj con zapatillas de carbono, pero el hombre de la biblioteca al pasar las páginas de aquel diario, rompió el peso de su propia soledad.
El hombre que esperaba en la biblioteca de Santiago buscaba en el papel lo mismo que el caballero inglés y el corredor africano: la confirmación de que el tiempo es una pista de despegue.
De Verne a Sawe, la maratón de la vida sigue siendo esa bendita pulsión por llegar antes de que el reloj dicte su sentencia.
*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com

Aquel amanecer del lunes 27 de abril en Santiago de Compostela, tenía el sabor agridulce de lo que concluye.
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