El ingrediente que falta
Invertir más dinero en educación o reformarla no marca una gran diferencia a menos que casi toda la población decida que la formación de sus hijos debe ser una prioridad absoluta.

Hubo un tiempo en que la posición de un pueblo en la jerarquía mundial dependía casi exclusivamente de la fuerza bruta. Los fuertes mataban a los débiles, se apoderaban de sus pertenencias -incluidas las mujeres – y esclavizaban o asesinaban a los varones supervivientes. Por suerte para nosotros, mucho ha cambiado desde entonces. Aunque el poder físico sigue siendo fundamental, su obtención depende de una gama de factores mucho más amplia; entre ellos, la inteligencia aplicada. Por eso se acepta generalmente que los países con las poblaciones mejor formadas constituirán la elite del mundo del mañana, mientras que los demás quedarán relegados a suministrarles recursos. Como dice en la Biblia, serán “los leñadores y aguadores”, o sea, los sirvientes de los de arriba.
Si esto es así, la Argentina se encuentra en una situación problemático. Tal como han dejado dolorosamente claro los recientes resultados de las pruebas PISA, los niveles educativos siguen cayendo. La red de escuelas secundarias del país, que antaño era muy admirada, ofrece hoy un rendimiento inferior al de sus equivalentes en otras naciones latinoamericanas. No sirve de mucho consuelo saber que algo parecido ocurre en Alemania, Francia, España y otras partes de Europa, aunque no en el Reino Unido, que, pese a su tan cacareada decadencia, sigue obteniendo resultados aceptables en este ámbito crucial.
¿Cree realmente Javier Milei que la Argentina puede convertirse en un líder mundial económico si no mejoran pronto los resultados educativos? Sin duda acierta al subrayar la importancia del rigor fiscal, el control del gasto público y medidas similares, pero sin embargo, por sí solo eso no bastará para garantizar la prosperidad. Además de un marco macroeconómico ordenado, alcanzarla requerirá una población capaz de aprovechar las numerosas oportunidades que surgirán.
En los últimos años, muchas grandes empresas se han topado, para su sorpresa, con una dificultad imprevista: no les ha sido nada fácil encontrar trabajadores jóvenes con la competencia lectora suficiente para comprender instrucciones escritas sencillas. También nos hemos acostumbrado a oír hablar de la consternación de los profesores universitarios ante estudiantes totalmente incapaces de asimilar los conocimientos que intentan transmitirles. Puede que sean tan inteligentes como los de generaciones anteriores, pero demasiados no se han esforzado por aprender adecuadamente y, cuando llegan a la universidad, ya es demasiado tarde para que cambien.
¿Por qué sucede esto? La respuesta habitual tiene que ver con el dinero. Por razones comprensibles, las autoridades universitarias y los líderes sindicales insisten en que el sistema educativo del país podría alcanzar un nivel óptimo si se invirtiera mucho más dinero en él. Sin embargo, con cerca del 5,90 por ciento del producto nacional bruto, la Argentina ocupa el puesto 32 de entre 196 países, lo cual no es nada mal.
Otro problema muy debatido tiene que ver con la pobreza generalizada. Los progresistas señalan constantemente que los jóvenes más pobres se encuentran en desventaja en comparación con aquellos de familias más acomodadas que crecieron en hogares con abundancia de libros y cuyos padres podían permitirse enviarlos a escuelas privadas. Esto es cierto en todo el mundo. Los recursos culturales son sin duda importantes, y la gente de clase media dispone de muchos más que los pobres, pero los esfuerzos por cambiar esta situación mediante la distribución de libros entre niños que de otro modo rara vez tendrían acceso a ellos solo son efectivos en sociedades donde casi todos son plenamente conscientes de su valor.
Esto, sin duda, es lo más importante. Invertir más dinero en educación o reformar el currículo, algo que se ha intentado una y otra vez, no marcaría una gran diferencia a menos que las actitudes cambiaran drásticamente y casi todos, incluso los que son analfabetos funcionales, decidieran que la educación de sus hijos debe ser una prioridad absoluta.
Es lo que ocurre en aquellas regiones del Lejano Oriente que suelen ocupar los primeros puestos en las clasificaciones internacionales. En China, Japón y Corea del Sur, los padres hacen lo imposible por persuadir a sus hijos de que estudien mucho, ya que en su entorno social el éxito académico goza de gran prestigio.
Si bien merece críticas el comportamiento de ciertos padres de Asia Oriental que tratan a sus hijos como máquinas de aprender y los obligan a dedicar virtualmente todo su tiempo a absorber información, no cabe duda de que las sociedades que dan por sentada la importancia suprema de la educación son mejores que aquellas en las que se la considera un «derecho» del que todos deberían disfrutar sin tener que esforzarse para obtenerlo.

Hubo un tiempo en que la posición de un pueblo en la jerarquía mundial dependía casi exclusivamente de la fuerza bruta. Los fuertes mataban a los débiles, se apoderaban de sus pertenencias -incluidas las mujeres - y esclavizaban o asesinaban a los varones supervivientes. Por suerte para nosotros, mucho ha cambiado desde entonces. Aunque el poder físico sigue siendo fundamental, su obtención depende de una gama de factores mucho más amplia; entre ellos, la inteligencia aplicada. Por eso se acepta generalmente que los países con las poblaciones mejor formadas constituirán la elite del mundo del mañana, mientras que los demás quedarán relegados a suministrarles recursos. Como dice en la Biblia, serán “los leñadores y aguadores”, o sea, los sirvientes de los de arriba.
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