Incorporar tecnologías no es lo mismo que integrarlas

Por Valentina Bencharski *

En las últimas semanas, la llamada “hibridación” en la formación docente se está instalando como un paso inevitable y, de esa manera, cualquier cuestionamiento sería, en el fondo, una supuesta resistencia al cambio. Pero esa lectura no solo simplifica el escenario: también desplaza el foco de las preguntas que realmente importan.

Porque no es lo mismo incorporar tecnologías que integrarlas.

Incorporar significa sumar plataformas, virtualizar contenidos o trasladar prácticas existentes a entornos digitales sin revisar demasiado qué sucede pedagógicamente. Integrar, en cambio, implica reconocer que las tecnologías son parte de los modos actuales de producir y construir conocimiento, y que su presencia en la formación docente debe estar ligada a proyectos situados, críticos y colectivos.

Desde esta perspectiva, las tecnologías dejan de ser herramientas neutras. Son territorios donde se disputan sentidos, operan lógicas algorítmicas, intereses económicos y formas de organización del trabajo que también impactan en la educación. Pensarlas de este modo permite ir más allá del formato, presencial, virtual o híbrido, y preguntarse qué tipo de conocimiento se construye, en qué condiciones y para quiénes.

Sin embargo, el impulso a la hibridación parece, en muchos casos, avanzar al margen de estas discusiones. Cuando el foco se pone en el “cómo” antes que en el “para qué”, se corre el riesgo de reducir la transformación educativa a una cuestión de diseño o gestión. Y allí es donde la innovación empieza a confundirse con otra cosa.

En nuestra región, las condiciones concretas de enseñanza y aprendizaje no pueden quedar fuera de esta conversación. Las brechas no son solo digitales: son sociales, económicas y territoriales. Hay estudiantes que no cuentan con conectividad estable, que sostienen sus trayectorias en contextos de vulnerabilidad, que enfrentan dificultades materiales y también desafíos vinculados a la salud mental. Pensar propuestas mediadas por tecnologías sin atender estas realidades no solo es insuficiente: sino que profundiza desigualdades.

A esto se suma una dimensión clave que suele quedar invisibilizada: la producción de materiales didácticos digitales y el trabajo en educación en línea constituyen en sí mismos un campo de conocimiento específico. No se trata simplemente de “adaptar” lo que ya se hace en el aula, sino de diseñar propuestas con otras lógicas, otros lenguajes y otros modos de interacción. Esto requiere formación, tiempo y condiciones institucionales adecuadas. No puede implementarse de un día para el otro, ni sostenerse sobre la buena voluntad docente, sin ofrecer las herramientas necesarias para hacerlo de manera rigurosa y pedagógicamente significativa.

En esa misma línea, es imprescindible volver sobre el trabajo docente. Integrar tecnologías de manera significativa exige acompañamiento, reconocimiento y políticas de formación permanente en servicio. La planificación en múltiples entornos, la curaduría de contenidos, la mediación pedagógica en espacios virtuales y el sostenimiento de vínculos más allá del aula implican nuevas demandas que, si no son contempladas, se traducen en sobrecarga.

En este contexto, resulta legítimo preguntarse si lo que se presenta como innovación no encubre, en parte, un proceso de flexibilización. Cuando las transformaciones se impulsan sin construcción colectiva, sin reconocer las condiciones reales de las instituciones, de los trabajadores y sin garantizar derechos, la modernización se convierte en una forma de ajuste.

Pero abrir esta discusión no implica rechazar las tecnologías. Por el contrario, implica tomarlas en serio. Implica pensar su integración desde una perspectiva pedagógica, situada y comprometida. Implica reconocerlas como parte de los territorios donde hoy se produce conocimiento, pero también donde se juegan disputas por el sentido de la educación pública. Tal vez el desafío no sea hibridar por mandato, sino integrar con sentido. Integrar para ampliar derechos, no para recortar condiciones. Integrar para fortalecer la formación docente, no para debilitarla. Integrar atendiendo a las necesidades de quienes enseñan y de quienes aprenden.

Porque cuando la discusión se abre y se vuelve verdaderamente pública, la educación deja de ser un problema técnico y recupera su dimensión política: la de decidir, entre todos, qué educación queremos.

*Especialista en tecnología educativa y docente del IFDC Fiske Menuco de General Roca.


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