La educación y el aval social a formas de autoritarismo

La asimetría entre docentes y alumnos es inevitable. Pero esa desigualdad se puede ejercer con autoridad o con autoritarismo.

Por Natalia Grossenbacher

Hace unos días se viralizó un video de una directora de escuela que contestó -visiblemente enojada- a un estudiante que desafiaba la autoridad, con amenazas y expresiones del tipo “me pongo la gorra”, además de devolver el empujón de mesa hacia el estudiante. El vídeo no dice nada de la escuela actual: quienes la conocemos por dentro sabemos que ni esos segundos ni ningún fragmento reducido a un reel representan en absoluto lo que lo que se vive en una escuela a diario.

Pero sí dicen mucho los comentarios debajo del video. (Porque la escuela pareciera ser el tema del que todos nos creemos en condiciones de opinar.) Pensé que -como ocurre casi siempre- la docente no recibiría apoyo social. Pero lo recibió y mucho. La mayoría de los comentarios en las redes sociales celebraron y hasta reforzaron el acto de autoritarismo. Eso me preocupó aún más que la consabida falta de acompañamiento social a la escuela. En esos comentarios se observa un sector social que pide una escuela autoritaria, con expresiones del tipo: es lo que hay que hacer; la felicito; que vuelvan los militares.

Volví a un viejo artículo de Inés Dussel para aclarar algunos términos. La enseñanza siempre implica un acto de poder. Hay una asimetría entre docentes y alumnos. Eso es inevitable. Esa asimetría se puede ejercer con autoridad o con autoritarismo. Lo que marca la diferencia es la dirección con que se utiliza. La autoridad conlleva una responsabilidad, la de enseñar algo a otros, que implica, a su vez, una dimensión ética y política: para qué educo, en nombre de quién, con qué derecho. Se trata de una autoridad pedagógica.

La autoridad implica un modo democrático de ocupar la asimetría y son esos modos los que se deben enseñar en la escuela. Se construye: los demás aceptan que esa persona es la autorizada para enseñar, ya sea por su formación, su seriedad, los valores éticos que sostiene: porque es reconocida por los demás como una autoridad en su campo. (A esta altura ya no estoy hablando solo de aquella directora del video, sino de todo el sistema educativo.)

Lo contrario es cuando la asimetría se utiliza para infundir el miedo, disciplinar en términos de reclutamiento o para jugar con el poder que aterroriza. Dice Dussel que “la autoridad se vuelve autoritaria cuando fija las posiciones de manera inconmovible, cuando considera que a priori ya están jugadas las capacidades y posiciones de cada uno, cuando no habilita la palabra, cuando no permite moverse, crecer, mirar las cosas desde otras perspectivas”.

Me sumo al deseo de Dussel de que tenemos que encontrar nuevas formas de autorización de la palabra del docente, reforzando su vínculo con el saber y no con el mero lugar que ocupa. Pero me temo que vamos en sentido contrario. Por ejemplo, en nuestra provincia son cada vez más las propuestas pedagógicas que llegan a las escuelas, planificadas en Viedma – lejos del territorio- para que los docentes apliquen obligatoriamente y luego envíen informes de lo obrado.

Estas propuestas, que a veces llegan casi de un día para otro, pasan por encima la planificación docente, lo que constituye una forma de desautorización y de quita de decisiones pedagógicas a quien está en el aula.

Pero el autoritarismo -que siempre es pedagógico, se aplique donde se aplique- se está convirtiendo en un clima de época.

Se respira en muchos ambientes: en redes sociales, en discursos de funcionarios: un presidente que agrede en forma explícita y grotesca a quien opina diferente, sin que la opinión pública se escandalice demasiado, por ejemplo.

Lo estamos respirando también en el desprestigio y la desautorización de los órganos colegiados de Nivel Superior en Río Negro: las formas de desalentar la conformación de Consejos Directivos y la desestimación de sus decisiones, para darle mayor autoridad a los equipos directivos. Sobran ejemplos a lo largo de la provincia.

Estas son, sin duda, formas que abonan y ejercen autoritarismo.

De pronto nos encontramos conmemorando los 50 años de un pasado autoritario, caracterizado por la falta de organismos colegiados y democráticos, docencia sin libertad de cátedra, falta de libertad de expresión, persecución a quienes opinaban diferente y, por otro lado, está en práctica cada vez en más rincones ese mismo autoritarismo al que en las consignas y actos ritualizados decimos “nunca más”. El clima es preocupante, el autoritarismo se respira.

* Docente en IFDC Fiske Menuco y Villa Regina. Lic. En Comunicación Social.


Hace unos días se viralizó un video de una directora de escuela que contestó -visiblemente enojada- a un estudiante que desafiaba la autoridad, con amenazas y expresiones del tipo “me pongo la gorra”, además de devolver el empujón de mesa hacia el estudiante. El vídeo no dice nada de la escuela actual: quienes la conocemos por dentro sabemos que ni esos segundos ni ningún fragmento reducido a un reel representan en absoluto lo que lo que se vive en una escuela a diario.

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