La protección de la biodiversidad en altamar

Por Eduardo Tempone

En la década del 70, Jacques Cousteau, posiblemente el explorador y oceanógrafo más famoso del mundo, nos conducía por los secretos del mundo submarino a bordo del mítico buque Calypso. Con preocupación nos advertía sobre la importancia de conservar un recurso natural increíblemente rico, cuya belleza y generosidad es la base de la vida misma.

En ese momento, los llamados de Cousteau cayeron en el vacío. Los movimientos de concientización ecológica apenas comenzaban. Por décadas, hemos seguido lidiando con el mar con una actitud extractiva, con muy poca consideración por la fragilidad de sus recursos naturales.

Pero el 5 de marzo los países de la ONU, reunidos en Nueva York, dieron un paso significativo y colocaron una pieza fundamental del rompecabezas de la gobernanza oceánica.

Luego de largas jornadas de negociaciones acordaron el texto de un nuevo tratado para la conservación y gestión sostenible de la biodiversidad marina en altamar.

Una inmensa extensión de océano que cubre casi la mitad del mundo, ubicada más allá de la jurisdicción o soberanía de una nación individual, pero de las que todas dependen para su prosperidad y bienestar.

Altamar, un bien común

La altamar es el bien común global por excelencia. Desafortunadamente, está mal gobernada por una mezcolanza de tratados multilaterales y acuerdos regionales que cubren cuestiones distintas como la pesca, la contaminación marítima, o la minería en aguas profundas.

La docena de organizaciones regionales de gestión pesquera existentes no cuentan con una cobertura completa y no han logrado proteger de manera confiable las especies de peces migratorios o los ecosistemas vulnerables.

Si bien la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (1982) establece principios importantes, sobre todo relacionados con la libertad de navegación, carece de disposiciones detalladas sobre la conservación del medio ambiente y la administración de la altamar. Por ello, por primera vez en la historia, el nuevo tratado establecerá reglas para administrar y gobernar de manera efectiva un área que es de todos y es de nadie.

La altamar cubre casi dos tercios del océano global, casi la mitad de toda la superficie de la Tierra, pero, increíblemente, solo el 1% ha estado hasta ahora bajo algún protocolo de protección. Esa falta de protección lo ha dejado a merced de la sobrepesca, la contaminación, los efectos del cambio climático y el uso insostenible.

Herramientas de gestión

El acuerdo proporcionará las herramientas para establecer y gestionar áreas marinas protegidas y salvaguardar las más frágiles y biodiversas. También se crearán nuevas reglas para las evaluaciones de impacto ambiental de las actividades comerciales en altamar.

Un punto de máxima fricción en las negociaciones del nuevo tratado fue la distribución de los beneficios de los “recursos genéticos marinos”.

En términos generales, los países más desarrollados sostuvieron que las empresas biotecnológicas, que tratan de secuenciar información genética de organismos en alta mar, debían gozar de la plena protección de los derechos de propiedad intelectual para amortizar sus inversiones.

Las naciones en desarrollo, por el contrario, pidieron la participación obligatoria en los beneficios de tales descubrimientos, incluida la información de secuenciación digital, sobre la base de que tales recursos constituyen el patrimonio común de la humanidad.

A último minuto, los negociadores lograron salvar las divisiones Norte-Sur. De esta forma, los países más desarrollados compartirán los conocimientos científicos y sus capacidades tecnológicas para que las naciones más pobres accedan a especies y ecosistemas marinos, actualmente fuera de su alcance.

Ello les permitirá participar de los beneficios de una creciente economía azul. También se establece un fondo especial para los países en desarrollo con esos fines.

Lo que falta

Todavía hay un camino por recorrer antes de que el tratado pueda entrar en vigor y que se haga efectivo. El siguiente paso importante sería que los países adopten formalmente el texto y luego, procedan a su ratificación.

En los países desarrollados se percibe al futuro tratado como una herramienta esencial para establecer amplias áreas marinas protegidas, más allá de la jurisdicción nacionales de los países.

El sur global espera que el tratado sirva tanto para la conservación como para el uso sostenible con justicia y equidad, que derivan de su condición de patrimonio común de la humanidad.

En un momento en que la rivalidad geopolítica Este-Oeste se profundiza y las fricciones Norte-Sur sobre cuestiones climáticas y de desarrollo se incrementan, un acuerdo para asegurar la conservación y el uso sostenible de la vida marina en altamar no solo es un logro diplomático importante, sino una nueva oportunidad para replantear nuestra relación con la naturaleza.

Eduardo Tempone – Diplomático


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