La vorágine iraní
EE.UU. e Israel procuran eliminar una dictadura teocrática brutal que ha sembrado terror por el mundo. Pero sus líderes no parecen haber pensado mucho en cómo reemplazarlo por algo con el cual el resto del mundo pueda convivir.
Antes de iniciarse la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán, el encargado de la política exterior de la superpotencia, Marco Rubio, dijo que es muy difícil llegar a un acuerdo con personajes que subordinan absolutamente todo a sus creencias teológicas. He aquí la razón principal por la que la posibilidad de que la República Islámica adquiera armas nucleares motiva más pavor que los éxitos en tal ámbito de Corea del Norte. Los valores de los ayatolas son tan ajenos a los que presuntamente guían a los demás que era de prever que fracasarían todos los intentos de apaciguarlos.
A diferencia de los comunistas y otros que entienden muy bien lo de la “destrucción mutua asegurada”, un concepto que, durante más de tres cuartos de un siglo, nos ha salvado de una tercera guerra mundial, parecería que los ayatolas nunca se han sentido intimidados por la amenaza de un apocalipsis. Antes bien, los más fanáticos quisieran desatar uno por suponer que abriría las puertas para el regreso del “imán oculto” que, esperan, lideraría a las huestes del bien en una batalla final contra las fuerzas satánicas. Entre aquellos que parecen haber tomando al pie de la letra tales profecías chiítas que, para los occidentales, son exóticamente pintorescas, estaba el expresidente iraní Mahmoud Ahmadinejad que fue muerto en los primeros días del ataque.
Puesto que, a ojos del régimen teocrático, Estados Unidos figura como el “gran Satán”, con Israel en el papel del “pequeño Satán” que tiene que ser borrado del mapa por razones religiosas, los dos tenían buenos motivos para ir a virtualmente cualquier extremo para frenar el programa nuclear iraní.
Sin embargo, en ambos países, pero especialmente en Estados Unidos, muchos se niegan a creer que doctrinas que califican de medievales puedan incidir en la política internacional del siglo XXI. Asimismo, merced a los conflictos internos que son propios de sociedades democráticas, abundan los dispuestos a minimizar el peligro planteado por quienes se afirman resueltos a aniquilarlas; dicen que aquellos que lo toman en serio son alarmistas, imperialistas y hasta racistas.
Con todo, si bien es comprensible que Estados Unidos e Israel estén procurando eliminar una dictadura teocrática brutal que ha sembrado terror por el mundo entero – el atentado devastador a la sede de la AMIA en 1994 no ha sido olvidado -, sus líderes no parecen haber pensado mucho en cómo reemplazarlo por algo con el cual el resto del mundo podría convivir. Invitar al pueblo iraní a crear una alternativa viable, como ha hecho Donald Trump, es fácil, pero luego de casi medio siglo de tiranía clerical no existe una oposición coherente capaz de formar un gobierno que tendría que llevar a cabo una purga de todas las instituciones del Estado, desarmar organizaciones violentas como la Guardia Revolucionaria y enjuiciar a los responsables de la represión feroz en enero en que fueron asesinadas decenas de miles de personas.
Sería muy difícil hacerlo aun cuando soldados norteamericanos patrullaran las calles de todas las ciudades significantes, pero Trump no quiere que haya “botas sobre el terreno”; dice que les corresponde a los iraníes mismo manejar la transición que tiene en mente. Es una forma de advertir que, si logra decapitar al régimen, podría sentirse tentado a lavarse las manos del asunto.
Nadie en Washington, Tel Aviv o cualquier otra parte del mundo parece tener la menor idea sobre lo que podría suceder en los próximos meses y años. La opción venezolana, que consistiría en dejar intacta a la dictadura con tal que se resigne a obedecer las órdenes de Trump, es poco realista. Tampoco motiva entusiasmo en Washington la eventual formación de un gobierno laico encabezado por Reza Phalavi, el hijo del último sha que fue derrocado en 1979 aunque, en vista de la falta de alternativas, muchos están dispuestos a apoyarlo.
Tal y como están las cosas, lo más probable en que Irán ya haya entrado en una etapa prolongada de caos de la cual le costará mucho salir.
Además del riesgo de una guerra civil entre los leales al islamismo extremo y los que quieren que Irán se transforme en una democracia genuina, está el peligro planteado por los kurdas, azeríes, baluchíes, árabes y otros grupos minoritarios cuyos dirigentes podrían querer aprovechar una oportunidad para separarse de Teherán y de las regiones que quedarían en manos de los persas que constituyen aproximadamente el sesenta por ciento de la población actual.
Puede entenderse, pues, el nerviosismo que se ha apoderado de tantos iraníes que siguen festejando la muerte de un dictador feroz pero tienen motivos de sobra para sentirse muy preocupados por lo que el futuro podría traerles.
Comentarios
Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.
Gracias y disculpas por las molestias.
Comentar