Las figuritas nunca fueron simplemente figuritas
Lo importante no es solamente cómo los chicos escriben o registran sus intercambios, sino en todo lo que aprenden mientras los hacen.

Hace unas semanas fui al centro de General Roca y me encontré con un tumulto de personas en el Monumento a la Manzana. Cuando me acerqué, entendí que allí estaba ocurriendo algo mucho más interesante que un simple amontonamiento: niños, adolescentes y adultos se encontraron para intercambiar figuritas y completar el famoso álbum del mundial. “¿Tenés para cambiar?”, “¿Cuál te falta?”, “¿Cuántas pedís por Messi?”, preguntas que al parecer inauguran este ritual de encuentro.
Lo que ocurría no necesitaba muchas instrucciones. Había, en cambio, una especie de código y algunas reglas compartidas: qué ofrecer, qué aceptar, cuándo convenía esperar y cuándo aceptar un buen intercambio. Como en todo juego, las reglas se aprenden jugando, mirando qué hacen los demás y animándote a participar.
Mientras observaba, descubrí que algunos chicos llevaban apuntes escritos a mano para registrar qué figuritas tenían, cuáles les faltaban y cuáles podían cambiar. “Con lápiz, por si me equivoco”, me dijo un pequeño cuando le pregunté por el registro que hacía en su cuaderno de la escuela. También había quienes utilizaban una aplicación en el celular, aunque la experiencia parecía ser diferente. Escribir, tachar, marcar o buscar entre las hojas hacía que el intercambio tuviera algo que la pantalla no podía ofrecer: una experiencia que pasa por el cuerpo.
Esos modos de leer, escribir y comunicarse más allá de la escuela son lo que Cassany denomina “prácticas vernáculas”, que se producen en la vida cotidiana, que son flexibles y versátiles, porque adoptan distintas formas según las necesidades y los intereses de quienes participan. El intercambio de figuritas es un buen ejemplo, porque nadie les dice a los chicos cómo organizarse, qué anotar o cómo negociar un intercambio. Ellos mismos van creando sus códigos, reglas y formas de comunicarse mientras participan. Para este autor son “prácticas rebeldes” porque se alejan de las formas establecidas y se construyen en función de quienes las utilizan. ¿Podrán estas “prácticas rebeldes” convertirse en un puente hacia formas más convencionales de leer, escribir y comunicarse?
Tal vez ese puente no esté solamente en lo que los chicos escriben o en cómo registran sus figuritas, sino también en todo lo que aprenden mientras lo hacen. Para conseguir una figurita hay que salir del álbum y encontrarse con otros, preguntar, escuchar, negociar, respetar turnos, aceptar una propuesta o seguir buscando. En esas pequeñas situaciones aprenden a tomar decisiones, a manejar la frustración, a regular las emociones y a construir acuerdos con otros.
Pero hubo algo más que llamó mi atención: el tiempo. Vivimos rodeados de experiencias que prometen respuestas inmediatas y completar un álbum lleva mucho tiempo. Esto, en cambio, nos exige esperar, buscar y volver a intentar. Hay figuritas que aparecen enseguida, otras que tardan un poco más y algunas que simplemente no llegan. No hay atajos para acelerar el tiempo. Cada figurita que falta nos lleva a una nueva búsqueda, cada búsqueda nos lleva a un intercambio, cada intercambio a una conversación y cada conversación puede convertirse en un encuentro. Todo forma parte de un recorrido en el que cada paso se encadena con el siguiente y esto implica aprender a transitar ese tiempo con otros.
Pienso que justamente ese recorrido es el que hace que un álbum inicialmente individual termine convirtiéndose en una experiencia colectiva. Y aquí aparece una pequeña esperanza, una especie de luciérnaga -en términos de Andruetto- un pequeño foco de resistencia en medio de un escenario cada vez más individualista y oscuro. Mientras todo parece invitarnos a resolver las cosas solos, un álbum de figuritas todavía puede reunirnos para construir algo juntos.
El mundial terminó, pero en General Roca todavía queda algo de ese acontecimiento y no en una pantalla, sino entre las manos de los chicos. Tal vez lo valioso de ese álbum no sea conseguir todas las que faltan, sino descubrir con quiénes podemos encontrarnos mientras las buscamos y qué aprendemos en ese encuentro con otros. Probablemente, cuando peguen la última figurita del álbum lo que quede no sea un álbum terminado, sino el recuerdo de esos encuentros que hicieron posible completarlo.
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