Pandemia, suicidio y filosofía





Por Santiago Kussianovich *

Hace días vengo leyendo noticias sobre el alto nivel de suicidios durante la pandemia, los cuales son mayores, sobretodo en adolescentes, que la tasa de mortalidad del propio virus. Estudios recientes muestran estos números alarmantes y el enfoque analítico y periodístico se centra principalmente en las consecuencias del encierro provocado por la cuarentena, pero poco se habla sobre la forma de vida que tenemos hace años en nuestras sociedades capitalistas.


Zygmunt Bauman desribía, en su libro Modernidad Líquida (2000), la transfiguración de una sociedad basamentada en estructuras morales, psíquicas, políticas y sociales más estables, más perdurables, a una sociedad de la fluidez, de la volatilidad, de lo efímero, de la obsolescencia y la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios. Esta es la sociedad que forjó al individualismo contemporáneo, un individuo alejado de su historia que mira sólo hacia el futuro en clave de éxitos y fracasos, de productividad humana mercantilizada (humano útil o inútil), de vacío identitario (porque ya no hay historia ni memoria) y de aguda responzabilización a ese mismo individuo que, no habiendo otros agentes políticos ni sociales como responsables en la construcción de su destino, soporta gravemente el peso de su propia libertad.


La falta de pertenencia social debido a la fragmentación individualizante, hace del individuo actual el responsable absoluto de su porvenir. La generación de les Centennials (le cabe también a les Milennials dependiendo de su desarrollo según su lugar de surgimiento) asume esa responsabilidad como desesperanza. Son las primeras generaciones que, frente a la desaparición de las ideologías y el fin de la historia (Fukuyama), encuentran en la promesa de futuro un desierto desolador. No hay ideales que perseguir, no hay comunidades a las que pertenecer, no hay valores que defender. La era del vacío llamó Gilles Lipovetsky, allá por 1983, a la época de esa sociedad posmoderna de principios de los 80 que iba anticipando la actual.


Otro autor de nuestro tiempo que nos da una mirada interesante para advertir sobre las psico-patologías actuales, es Byung Chul Han. El coreano nos dice que el individuo contemporáneo suele sufrir de agotamiento, cansancio y depresión, ya que su vida presenta exceso de positividad. Vivimos en una sociedad positiva que elimina la negatividad propia de las cosas. Un sentimiento negativo o, simplemente, sufrir, son estados de ánimo que la subjetividad de hoy no puede aceptar (“si te duele no es amor” suelo escuchar). Tampoco este sujeto puede aceptar el “no poder poder”.

Vivimos en la sociedad del rendimiento, dice Han, en la cual la motivación, la iniciativa y el proyecto individual se movilizan por la expectativa del “tú puedes”. El sujeto actual se ejerce a sí mismo su propia explotación, su propia alienación que, en tanto dependencia y sumisión al éxito, de no consumarse éste último, deviene en fracaso y decepción (en el mejor de los casos).


La pregunta por el ser ha caído en el olvido, decía Heidegger a principios del siglo XX. Y es que la racionalidad occidental ha transformado hace rato nuestra relación con nosotros mismos, con los otros y con la naturaleza. La forma de vida de nuestras sociedades ha cosificado a todo aquello que le viene a su paso, incluso a la propia subjetividad. El sujeto actual es un ser instrumental, preocupado por las técnicas y procedimientos para lograr sus objetivos meramente materiales, los cuales fundamentan superficialmente (aunque parezca un oxímoron) la única forma de existencia que le cabe dentro de la organización económica, política y social de la que es parte. Así, el olvido del ser es una manifestación de nuestro tiempo que hace que seamos como somos, que nos relacionemos con el mundo y los otros de una determinada manera y que, lamentablemente, acarrea vacíos de sentido que ponen en peligro nuestra integridad física y emocional.


Por eso, en los tiempos que corren, los diagnósticos sobre la sociedad y la subjetividad ameritan otro abordaje, de un modo más fundamental, para lo cual la filosofía es especialista y espera que la sociedad la convoque para colaborar en conjunto con otras disciplinas. Si de liberación, transformación y falta de sentido se trata, la reflexión filosófica debería ser una instancia ineludible. Pensar que la alta tasa de suicidios es consecuencia del encierro, es equivocar el enfoque y el camino para posibles soluciones.


*Prof. en Filosofía (Uncoma)


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