Sembradores de caos
Parecería que, para Trump, Groenlandia, que ocupa un lugar clave en el mapa, vale más que la alianza atlántica con los países de Europa
Donald Trump tiene prisa; entiende que el poder casi omnímodo que tanto le encanta ejercer corre el riesgo de verse reducido sustancialmente por una previsible derrota oficialista en las elecciones legislativas de medio término que se celebrarán en noviembre. También tienen prisa los dictadores de Rusia, Vladimir Putin, de China, Xi Jinping y de Irán, Alí Jameini, además de los líderes de muchas democracias europeas.
En parte porque están reaccionando frente al hiperactivismo de Trump, y en parte porque todos tienen buenos motivos para preocuparse por lo que está ocurriendo en su propia zona de influencia, todos están comportándose de manera cada vez más impulsiva. El nerviosismo que tantos sienten no presagia nada bueno.
El panorama sería menos nebuloso si Trump encabezara un movimiento estructurado en torno a una ideología o doctrina coherente, pero, como él mismo dice, sólo quiere que Estados Unidos alcance acuerdos ventajosos con otros países. Formado en el mundillo turbio de los negocios inmobiliarios de Nueva York, no deja pasar ninguna oportunidad para sacar provecho de la debilidad ajena. En el corto plazo, tal método, por llamarlo así, podría traerle algunos beneficios, pero está provocando tanto malestar que los perjuicios no tardarán en superarlos.
Fue aleccionador lo que siguió a la captura espectacular del dictador de Venezuela, Nicolás Maduro. Muy pronto se hizo evidente que Trump no tenía la menor idea sobre lo que le convendría hacer con el país que, dijo, permanecería bajo su control hasta nuevo aviso. Por cierto, no le entusiasma la idea de prepararlo para una restauración democrática. Si bien hay buenos motivos para suponer que María Corina Machado, la ganadora del Premio Nobel de la Paz, cuenta con el apoyo de la mayoría de habitantes de aquel país desafortunado, Trump optó por desairarla y respaldar a la hasta entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez, una mujer que representa lo peor del régimen chavista.
El mandatario norteamericano no actuó así por razones pragmáticas, algo que, dadas las circunstancias, podría entenderse, sino porque ni siquiera intenta disimular el rencor que siente hacia Machado por haber aceptado un galardón que él cree debería haber sido suyo por sus esfuerzos pacificadores.
Días después de haber decapitado el régimen venezolano sin por eso eliminarlo por completo, Trump se involucró en la rebelión de millones de iraníes contra la tiranía teocrática que tanto daño ha hecho a su país y a sus vecinos. Los estimuló comprometiéndose a “protegerlos” contra quienes ya los estaban masacrando. ¿Creía que los ayatolás se sentirían tan intimidados por sus palabras que, lo mismo que sus aliados venezolanos, fingirían estar dispuestos a obedecerlo? Puede que sí, ya que, al darse cuenta de que para poner fin a la represión brutal no sería suficiente una operación de estilo comando, como la que tuvo éxito en Caracas, sino que tendría que ordenar una intervención militar en gran escala que podría tener consecuencias regionales catastróficas, Trump asumió una postura mucho menos belicosa.
¿La mantendrá? No extrañaría que, por estar en juego su propio prestigio, se sintiera obligado a ordenar algunos ataques contra blancos vinculados con el régimen, pero no sería en el marco de un plan estratégico cuidadosamente preparado sino porque se había hecho rehén de sus propias palabras.
Sería razonable suponer que Trump, involucrado personalmente como está en una larga lista de crisis sumamente complicadas, entre ellas las de Venezuela, Irán, las guerras calientes de Israel contra Hamas y de Rusia contra Ucrania y la fría que Estados Unidos está librando contra China, sería reacio a inventar otras. Sin embargo, para asombro de los europeos, no vaciló en chantajearlos para que dejen de solidarizarse con el Reino de Dinamarca que se ha negado a permitirle comprar Groenlandia contra la voluntad de los menos de 60 mil habitantes de aquella isla gigantesca.
Para desazón de Trump, pocos quieren ser ciudadanos norteamericanos y, hasta ahora, no han prosperado los intentos de convencerlos de que les convendría cambiar de opinión. Parecería que, para Trump, Groenlandia, que ocupa un lugar clave en el mapa, vale más que la alianza atlántica con los países de Europa que, a su entender, se han degenerado hasta tal extremo que ya no sirven para nada. Si tienen razón aquellos norteamericanos que piensan así, al Viejo Continente le espera un destino muy triste, uno que provocaría repercusiones muy fuertes en el resto del planeta, pero si se han equivocado, podrían haber puesto en marcha un proceso de renovación que, andando el tiempo, reduciría el poder relativo de Estados Unidos.
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