Un derecho internacional que favorece los autoritarismos cínicos

El cinismo se expande en “un mundo sin reglas”. Los “grandes” discursos y la indignación ocultan las responsabilidades de los que generaron el nuevo desorden global.

El realismo cínico. “Risa de guerra / Picasso y yo” de Yue Minjun, 2022.

Un derecho internacional forjado por dictaduras.

1. Derechos de papel.


Uno de los errores evidentes de las últimas cuatro décadas democráticas está vinculado a nuestra cultura legal formalista. Ese error fue pensar que cambiar la ley es cambiar la realidad, que tener algo escrito en la Constitución lo hace real, que un Tratado Internacional va a detener “mágicamente” regresiones económicas y políticas.

En el Virreinato se decía “acato pero no cumplo”. Milei en su discurso inaugural dijo que su gobierno sería “todo dentro de la Constitución”. Parece aplicar aquel dicho colonial. En rigor de verdad, como tantos constitucionalistas que se indignan ante Milei pero han buscado durante estas cinco décadas las excepciones de cumplimiento a la Constitución para quienes les pagan por su lobby judicial. Lo han hecho en la misma Corte Suprema que hoy controla sus silencios en casos públicos pero sigue otorgando invisibles excepciones privadas.

Entre 1930 y 1983, aunque desde el nacimiento de la Nación Argentina, las fuerzas armadas fueron un factor de poder constante. Una elite armada con tensiones y contraelites internas. Su incidencia ha sido permanente pero en ese periodo gobernaron en diferentes formas, directas e indirectas, siempre inconstitucionales

Esos gobiernos de facto y sus cancillerías, algunas bajo democraduras, dictablandas o en las peores dictaduras, elegían los representantes plenipotenciarios, los técnicos diplomáticos, para redactar los textos que conocemos como “documentos internacionales de derechos humanos”, hoy con jerarquía constitucional.

Las dictaduras han sido la regla en toda América en el siglo pasado. Los documentos del Sistema Internacional y Regional fueron redactados por esas cancillerías de gobiernos autoritarios nacidos de golpes de Estado. El sistema regional nació concentrado en los “derechos civiles y políticos” más que en “derechos sociales” con cláusulas todavía existentes que permiten suspenderlos o limitar su exigibilidad.

El hecho que las cancillerías y el poder judicial hayan sido los socios interesados -buscando virtud para ocultar su pasado autoritario- del movimiento de derechos humanos explica el fracaso de este último y la supervivencia de aquellos que nacieron como cortes monárquicas, satélites e instrumentos del poder real. Esa alianza se explica ante la derrota de Malvinas en 1982. Sin ese hecho, esos actores hubiesen ignorado -no usado y traicionado- al movimiento de derechos humanos. La elite militar se autodestruyó y la vocación hipócrita por la democracia surgió para sus anteriores socios.

En la actualidad pocos gobiernos latinoamericanos temen condenas internacionales de derechos humanos. La intensidad de sus políticas los hace temer otros procesos sin reglas, otras batallas sin ley: las guerras judiciales. Las esferas nacionales e internacionales están en la misma sintonía bélica.

2. Sin reglas y sin vergüenza.

Las guerras afectarán la economía en todo hemisferio pero también transformarán la política y la cultura. Las guerras y las pandemias no solamente aceleran procesos, los crean.

El diario alemán Der Spiegel organizó el 4 de marzo pasado una mesa redonda con el título “El derecho internacional actualmente favorece a los dictadores y a regímenes autoritarios”. Participaron de la mesa el analista Richard D. Precht, el político de CDU Kiesewetter y el experto en Irán, Azadeh Zamiriad. Algo parecido sucedió en otros diarios europeos.

Los discursos que señalan que vamos “hacia un mundo sin reglas” provienen de muchos actores que facilitaron ese mundo. Concentrarse en Trump es fácil porque es el centro de la escena pero oculta una trayectoria que nos lleva, por ejemplo, a Obama. Fueron sus políticas populistas “progresistas” las que continuaron la excepcionalidad de Bush en el derecho constitucional e internacional.

Obama encarna una forma de cinismo carismático y progresistas que mientras se proyectaba “un gobierno virtuoso” la economía se destruía, el derecho internacional se violaba, la Corte se volvía más conservadora, las mayorías se empobrecían y enfurecían con esa falsa virtud. El populismo “progresista pop” de figuras como Obama y Ruth Bader Gisnburg negaban a una mayoría descontenta que abrazará un nuevo populismo mesiánico.

Mucho del progresismo local también eclipsa sus actos irresponsables con Milei. Tienen la misma táctica de señalar que todo es el Gobierno y ocultan sus graves errores pasados. Para salir del realismo cínico que se expande es necesario abandonar esa falsa superioridad moral. Eso ya no funciona en un mundo sin reglas y sin vergüenza.


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