“Ositos”, instrumento de política exterior

Por Redacción

En tiempos del canciller Guido Di Tella, cuando nuestra política exterior todavía estaba basada en tratar de no pelearnos con nadie (casi todo lo contrario de la actual), en algún momento procuramos –sin éxito, obviamente– granjearnos alguna simpatía por parte de los habitantes de las Islas Malvinas mandándoles de regalo, para Navidad, unos simpáticos “ositos de peluche”. Si Guido Di Tella viviera, seguramente se reiría a carcajadas frente a lo que hoy llamamos la “guerra de los ositos”, la que se libra entre algunas entidades que operan desde Suecia y las dictatoriales autoridades de Bielorrusia, el único país estalinista que todavía queda en Europa que, por supuesto, es uno de los “aliados estratégicos” y, además, proveedor de armas de Hugo Chávez. Como Irán, entonces. El 4 de julio, una agencia de publicidad sueca (Studio Total) financió el lanzamiento sigiloso de un millar de “ositos” desde el aire sobre la ciudad de Ivyanets, en Bielorrusia. La idea era protestar así, desde la simpatía, contra la censura y la ausencia de libertad de expresión e información que se ha instalado en Bielorrusia. Ejercer el “poder blando”, entonces, lo que nuestro gobierno parece no comprender cuando de transitar el complejo escenario de la política exterior se trata. A nosotros hoy nos gusta intimidar, adentro y afuera; también a nuestros vecinos, cada vez que podemos. Ser desagradables, como si no hubiera otra forma de actuar. Mostrar las mandíbulas duras en lugar de las sonrisas. Una extraña modalidad de conducción que está cansando a la gente, a estar a las encuestas. Se procuró así, exitosamente, recordar a todos que Alexander Lukashenko, el eterno dictador bielorruso, electo y reelecto constantemente en elecciones manipuladas, mantiene presos a unos 700 periodistas y disidentes críticos de su gobierno, así como a Pavel Vinogradov, un hombre que hizo una protesta similar, con ositos, pero en las calles de Minsk. Los “ositos” que llegaron desde Suecia fueron lanzados cada uno con su pequeño paracaídas desde un avión ultraliviano que, tras haber decolado desde un aeropuerto lituano, volaba sobre la periferia de la capital del país. Todos llevaban un cartelito en sus manos que simplemente decía “Apoyo la campaña por la libertad en Bielorrusia”. El avioncito había burlado, sin ser detectado, todas las defensas antiaéreas y los misiles del supermilitarizado país del este europeo, todavía comunista. Y bombardeó –con el millar de “ositos” pacíficamente– Bielorrusia. Lo piloteaba Thomas Mazetti. Como resultado, un exasperado Lukashenko despidió, por ineficaces, a los desairados jefes de su fuerza aérea militar y de su policía de fronteras. De paso, también expulsó al embajador sueco acusándolo del presunto pecado de haber mantenido contactos con líderes de la oposición local. En contrapartida, los suecos “mandaron a casa” a tres diplomáticos de la misión bielorrusa en Estocolmo, como se estila en estos casos. Por espacio de varias semanas Lukashenko en su “relato” negó que el “bombardeo” simplemente hubiera sucedido, hasta que lamentablemente para él, como suele suceder, una filmación difundida a través de YouTube lo evidenció sin atenuantes. Lukashenko estaba de evidente mal humor, porque las sanciones británicas contra su administración –por sus permanentes violaciones de los derechos humanos y las libertades de su pueblo– imposibilitaron que viajara por aire a Gran Bretaña, lo que le impidió asistir a las olimpíadas como era su deseo. Ocurre que a los jefes de Estado autoritarios nadie los contradice, ni –mucho menos– les dice que “no”, según creen ellos. Por esto, Lukashenko explicó lo sucedido con un “relato” propio, sosteniendo que el ultraliviano había sido efectivamente detectado por los radares pero que los militares no habían dado la orden que correspondía: la de derribarlo, como sucedió en 1995, cuando un globo con dos deportistas norteamericanos a bordo fue ametrallado cuando se acercó en demasía a la frontera de Bielorrusia. Ambos tripulantes fueron muertos. Una historia de horror que pudo repetirse con Thomas Mazetti. Que no ocurrió, gracias a Dios. Pero así son los dictadores. Hacen lo que se les da la gana y creen que no se equivocan nunca. Por eso, de alguna manera el mensaje de los “ositos” está claro: hay en Bielorrusia opiniones distintas de las de Lukashenko y todos tienen derecho a vivir, a tenerlas y a expresarlas. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CÁRDENAS (*)