Otra gran solución

La idea de que para poner en marcha el país se necesita de una "ayuda especial" se resiste a irse.

Por Redacción

A muchos políticos les gusta imaginar una gran «solución» o «salida» que, por arte de birlibirloque, transformaría las perspectivas frente al país permitiéndole dejar atrás las dificultades de turno, de ahí la frustración que tantos sienten cuando se les informa que no les sería dado apropiarse de la deuda externa para poder gastar el dinero en clínicas, que una devaluación sólo serviría para desatar un desastre, que ningún «nuevo orden internacional» concebible entrañaría privilegios para ellos y que la posibilidad de que se produzca pronto una especie de revolución ética es nula. Con todo, siguen soñando, de suerte que era natural que hace algunas semanas comenzaran a difundirse versiones sobre el deseo del gobierno del presidente Fernando de la Rúa de conseguir un megapréstamo -sería de 30.000 millones de dólares- de los Estados Unidos para que la Alianza pudiera despedirse del malhumor y emprender un programa de reformas sin tener que preocuparse por el destino de cada centavo. Aunque los delarruistas niegan haber tenido el propósito de pedir dinero a los norteamericanos, la idea de que para ponerse en marcha el país necesitaría una «ayuda especial» se resiste a irse y es de prever que resurja una y otra vez en los próximos meses.

En teoría, el planteo de los que están impulsando los rumores sobre un gran préstamo tiene su atractivo. Para los Estados Unidos, se trataría de un monto modesto y sería de su interés que la Argentina por fin se convirtiera en un país capitalista estable. Pero, por desgracia, no existen demasiados motivos para creer que en su condición actual la Argentina sabría aprovechar la oportunidad así brindada. Mientras que los encargados de negociar créditos blandos -es decir, subsidios- jurarían que de disponer de aquellos 30.000 millones de dólares el país podría modernizarse a rajatabla, a juicio de los escépticos el «dinero fresco» serviría principalmente para permitirles continuar como antes, postergando algunos meses, quizás años, todos los cambios que tanto los asustan.

El drama de la deuda externa que tanto indigna a clérigos, sindicalistas y políticos de mentalidad populista no se debe a que gente inescrupulosa nos haya tendido una trampa siniestra, forzando a funcionarios corruptos a firmar contratos leoninos, sino a que el país no ha sabido sacar provecho de los créditos recibidos. Para que éstos resulten útiles, es necesario que generen recursos cuyo valor sea superior al supuesto por el capital mismo más los intereses. Desde luego que el país en su conjunto no lo ha hecho ni en el corto plazo ni en el largo. Si bien algunos créditos habrán sido invertidos de forma correcta, produciendo los resultados previstos, el grueso se ha despilfarrado, lo cual no hubiera ocurrido de haber sido la Argentina un país económicamente dinámico que creciera a un ritmo más vigoroso que el habitual en las naciones más ricas pero que, en vista del letargo que la caracterizó durante la mayor parte del siglo XX, era casi inevitable.

Si en el fondo el progreso económico sólo dependiera de créditos blandos, de subsidios y de inversiones, ya no habrían países atrasados: los beneficios de trasladar grandes sumas de dinero a los rezagados serían tan evidentes que la oposición política a tal estrategia se hubiera desmoronado hace mucho tiempo. Pero, como los preocupados por los problemas del «tercer mundo» se dieron cuenta luego de asistir al fracaso de una multitud de programas ambiciosos, no sólo no se puede comprar el desarrollo, sino que los esfuerzos por hacerlo pueden resultar contraproducentes, porque los montos aportados a menudo frenan el cambio en lugar de estimularlo. Es lo que ha sucedido aquí y por eso pocos dudan de que si por alguna razón el próximo presidente estadounidense decidiera ayudar a la Argentina prestándole una suma fabulosa bajo términos que fueran más que razonables, lo único que lograría sería permitirnos disfrutar de una etapa breve de holgura que se vería seguida por una recaída en los problemas de siempre, los cuales, obvio es decirlo, serían atribuidos por los bien pensantes a la astucia maligna de aquellos norteamericanos y otros que nos obligaran a aceptar su dinero.