Otra mirada sobre Malvinas

Dos trabajos del general de brigada Julian Thompson revelan la intimidad de las decisiones que tomaron y los conflictos que se generaron entre los mandos ingleses en una guerra que “no fue un picnic” y llevó a plantear reformas en las FF. AA. británicas y en la propia OTAN.

Redacción

Por Redacción

Un lugar de Gran Bretaña. 2 de abril de 1982. Madrugada, 3:15. El teléfono sonó fuerte, bien entrenado para el chillido. Chillido corto, porque con velocidad de rayo una mano levantó el tubo. –Se trata de esa gente que vive allá en el sur: están por invadirlos. Su brigada tiene que presentarse con plazo de 72 horas para salir a partir de ese momento –ordenó con voz seca y suave un hombre de algo más de 50 años, Jeremy Moore, general de división, comandante de las Fuerzas de Comandos de la Real Infantería de Marina de Gran Bretaña. –Comprendido, señor, me pongo en marcha –le respondió Julian Thompson, general de brigada, comandante de la Tercera Brigada de Comandos de la Real Infantería de Marina, una unidad de elite entrenada especialmente para enfrentar como parte de la OTAN una invasión soviética en las hostiles cadenas montañosas de Noruega y Finlandia. Porque hablamos de tiempos de la Guerra Fría. Y aquella madrugada del 2 de abril del 82 la Guerra de Malvinas se puso en marcha. Y Julian Thompson llegó con su brigada al Atlántico Sur. Su fuerza lideró el desembarco inglés en Puerto San Carlos y de hecho fue el componente terrestre que protagonizó las más duras batallas en suelo malvinense. La otra brigada, la V, fue empeñada en operaciones de menor cuantía. A tal punto que especialistas en temas militares británicos se siguen preguntando para qué fue enviada a aquella guerra de 70 días de duración. Hoy, retirado y transformado en historiador militar, Julian Thompson es un agrio crítico de no pocos de los términos en que desde el poder político inglés y desde el máximo nivel de decisión militar británico se condujo mucho de aquella guerra. En sus dos libros –“No picnic” y “La savia de la guerra. La logística en el conflicto armado”– expresa mucho de visión sobre aquel proceso. Y ante el reconocimiento que tiene su opinión, es fuente de permanente consulta en los medios en relación con la actual política de defensa de las islas que aplica Londres, a la que considera ausente de poder. Mirado desde su historia, el pensamiento crítico de Julian Thompson hundió la primera pica en Flandes al diferenciarse de la opinión de decisivos espacios de la política británica de aquel 82 en cuanto a la voluntad argentina a pelear. “Pelearán. No será un picnic”, fue la consigna de cohesión que bajó a su brigada mientras navegaban hacia al archipiélago. “Estaba decidido a que ningún integrante de mi brigada pudiera hacerse ilusiones en el sentido de que podríamos obtener la victoria sin luchar”, reflexiona Julian Thompson en sus memorias de aquella guerra. No sería una “guerra de apagar fuegos”, definición que sirve al militar británico para encuadrar aquellos conflictos que no requieren mayor esfuerzo para lograr el triunfo. Pivoteando en esa realidad, Julian Thompson arremete en ese entonces contra planos políticos que no identifica. Los somete a cierto dejo de ironía (“gente empinada que he escuchado”) y descalificando sus opiniones de que los “argentinos huirán despavoridos no bien lleguemos a las islas”. Decisiones a 8.000 millas El militar inglés denuncia, además, la ausencia de criterio que a lo largo de la contienda tuvieron los máximos mandos militares británicos en relación con los problemas que sus fuerzas enfrentaban en el Atlántico Sur. Dificultades de logística, fundamentalmente. A ellos y sus estados mayores, y respaldado en sólidas argumentaciones, les imputa sufrir “invalidez operativa por su falta de comprensión de las realidades logísticas” que plantea una guerra convencional. Desliza incluso que no entendían que Malvinas no era luchar contra el IRA en Irlanda del Norte, enfrentamiento que dio “pocos problemas logísticos”. Y acota: “La mayoría de los ejercicios de tiempos de paz, con su énfasis en los movimientos tácticos, deja falsas enseñanzas logísticas. Estas ejercitaciones pocas veces ponen a los comandantes ante la disyuntiva de transportar hombres o transportar porotos, balas y combustible”. Sucede también que en línea con esto Julian Thompson encuentra un déficit en la conducción de las operaciones británicas en el Atlántico Sur: la ausencia de un mando superior único a la hora de la decisión en el teatro bélico. Un mando que, por caso, zanjara diferencias en el entrevero para la asignación de prioridades. En otros términos: los mandos que condujeron lo táctico en el teatro de operaciones tenían excesiva dependencia de Londres. Por caso, escribe Thompson en “La savia de la guerra”: “A partir del día D (desembarco inglés en San Carlos, 25 de mayo) se disputaban dos batallas diferentes en forma simultánea, que serían tres cuando el Grupo de Desembarco (N. de la R.: la Tercera Brigada que él lideraba) se alejara de la zona inmediata a la cabecera de playa. Volcar en una misma carta las amenazas operacionales y logísticas de estas batallas, que se desarrollaban a millas de distancia entre sí y normalmente con prioridades contrapuestas, no podía ser, y de hecho no lo fue, una tarea bien conducida desde un cuartel general (Gran Bretaña) distante a 8.000 millas, por parte de un comandante y su estado mayor cuya información era habitualmente atrasada al momento de recibirla”. Tras la Guerra de Malvinas, el Ministerio de Defensa del Reino Unido elevó al Parlamento un denso documento sobre la experiencia militar que se cosechaba del conflicto. En síntesis, reduce esa experiencia a tres conclusiones: • Hubo gran consumo de munición, incluyendo misiles y armas antisubmarinas. • Relacionado con lo anterior, debería ser revisado el nivel de apoyo logístico para operaciones fuera de la OTAN. • La importante experiencia que deja el reabastecimiento aire-aire (recordemos que en la madrugada del 1 de mayo, mediante una operación que demandó 17 horas de vuelo, un veterano bombardero estratégico Vulcan atacó la pista de Puerto Argentino tras levantar de la isla de Ascensión, situada 3.300 millas al norte del archipiélago. El vuelo requirió una cadena de reabastecimiento aire-aire por medio de siete aviones tanque). Al pasar su lupa sobre el informe de la cartera de Defensa, Julian Thompson sostiene: “Con respecto a la primera y segunda conclusión, el único comentario que se nos ocurre es que son absolutamente obvias; son lecciones que no debieron necesitar ser ‘aprendidas’, sobran los ejemplos en el pasado a los cuales recurrir, pero como dijo Hegel: ‘Lo que la experiencia y la historia nos enseñan es esto: que los pueblos y los gobiernos nunca han aprendido nada de la historia ni actuado en base a principios deducidos de ella’. De la tercera lección el comentario puede ser ‘está bien’, pero le caben las mismas consideraciones que a las anteriores”. En fin, reflexiones de un general inglés sobre la guerra de Malvinas. Esa guerra que, como definió un talentoso periodista español –Manuel Leguineche– a la de Vietnam, fue “la guerra de todos nosotros”.

carlos torrengo carlostorrengo@hotmail.com

El análisis de la guerra por un general inglés

(Continúa en la página 26)

(Viene de la página 25)


Un lugar de Gran Bretaña. 2 de abril de 1982. Madrugada, 3:15. El teléfono sonó fuerte, bien entrenado para el chillido. Chillido corto, porque con velocidad de rayo una mano levantó el tubo. –Se trata de esa gente que vive allá en el sur: están por invadirlos. Su brigada tiene que presentarse con plazo de 72 horas para salir a partir de ese momento –ordenó con voz seca y suave un hombre de algo más de 50 años, Jeremy Moore, general de división, comandante de las Fuerzas de Comandos de la Real Infantería de Marina de Gran Bretaña. –Comprendido, señor, me pongo en marcha –le respondió Julian Thompson, general de brigada, comandante de la Tercera Brigada de Comandos de la Real Infantería de Marina, una unidad de elite entrenada especialmente para enfrentar como parte de la OTAN una invasión soviética en las hostiles cadenas montañosas de Noruega y Finlandia. Porque hablamos de tiempos de la Guerra Fría. Y aquella madrugada del 2 de abril del 82 la Guerra de Malvinas se puso en marcha. Y Julian Thompson llegó con su brigada al Atlántico Sur. Su fuerza lideró el desembarco inglés en Puerto San Carlos y de hecho fue el componente terrestre que protagonizó las más duras batallas en suelo malvinense. La otra brigada, la V, fue empeñada en operaciones de menor cuantía. A tal punto que especialistas en temas militares británicos se siguen preguntando para qué fue enviada a aquella guerra de 70 días de duración. Hoy, retirado y transformado en historiador militar, Julian Thompson es un agrio crítico de no pocos de los términos en que desde el poder político inglés y desde el máximo nivel de decisión militar británico se condujo mucho de aquella guerra. En sus dos libros –“No picnic” y “La savia de la guerra. La logística en el conflicto armado”– expresa mucho de visión sobre aquel proceso. Y ante el reconocimiento que tiene su opinión, es fuente de permanente consulta en los medios en relación con la actual política de defensa de las islas que aplica Londres, a la que considera ausente de poder. Mirado desde su historia, el pensamiento crítico de Julian Thompson hundió la primera pica en Flandes al diferenciarse de la opinión de decisivos espacios de la política británica de aquel 82 en cuanto a la voluntad argentina a pelear. “Pelearán. No será un picnic”, fue la consigna de cohesión que bajó a su brigada mientras navegaban hacia al archipiélago. “Estaba decidido a que ningún integrante de mi brigada pudiera hacerse ilusiones en el sentido de que podríamos obtener la victoria sin luchar”, reflexiona Julian Thompson en sus memorias de aquella guerra. No sería una “guerra de apagar fuegos”, definición que sirve al militar británico para encuadrar aquellos conflictos que no requieren mayor esfuerzo para lograr el triunfo. Pivoteando en esa realidad, Julian Thompson arremete en ese entonces contra planos políticos que no identifica. Los somete a cierto dejo de ironía (“gente empinada que he escuchado”) y descalificando sus opiniones de que los “argentinos huirán despavoridos no bien lleguemos a las islas”. Decisiones a 8.000 millas El militar inglés denuncia, además, la ausencia de criterio que a lo largo de la contienda tuvieron los máximos mandos militares británicos en relación con los problemas que sus fuerzas enfrentaban en el Atlántico Sur. Dificultades de logística, fundamentalmente. A ellos y sus estados mayores, y respaldado en sólidas argumentaciones, les imputa sufrir “invalidez operativa por su falta de comprensión de las realidades logísticas” que plantea una guerra convencional. Desliza incluso que no entendían que Malvinas no era luchar contra el IRA en Irlanda del Norte, enfrentamiento que dio “pocos problemas logísticos”. Y acota: “La mayoría de los ejercicios de tiempos de paz, con su énfasis en los movimientos tácticos, deja falsas enseñanzas logísticas. Estas ejercitaciones pocas veces ponen a los comandantes ante la disyuntiva de transportar hombres o transportar porotos, balas y combustible”. Sucede también que en línea con esto Julian Thompson encuentra un déficit en la conducción de las operaciones británicas en el Atlántico Sur: la ausencia de un mando superior único a la hora de la decisión en el teatro bélico. Un mando que, por caso, zanjara diferencias en el entrevero para la asignación de prioridades. En otros términos: los mandos que condujeron lo táctico en el teatro de operaciones tenían excesiva dependencia de Londres. Por caso, escribe Thompson en “La savia de la guerra”: “A partir del día D (desembarco inglés en San Carlos, 25 de mayo) se disputaban dos batallas diferentes en forma simultánea, que serían tres cuando el Grupo de Desembarco (N. de la R.: la Tercera Brigada que él lideraba) se alejara de la zona inmediata a la cabecera de playa. Volcar en una misma carta las amenazas operacionales y logísticas de estas batallas, que se desarrollaban a millas de distancia entre sí y normalmente con prioridades contrapuestas, no podía ser, y de hecho no lo fue, una tarea bien conducida desde un cuartel general (Gran Bretaña) distante a 8.000 millas, por parte de un comandante y su estado mayor cuya información era habitualmente atrasada al momento de recibirla”. Tras la Guerra de Malvinas, el Ministerio de Defensa del Reino Unido elevó al Parlamento un denso documento sobre la experiencia militar que se cosechaba del conflicto. En síntesis, reduce esa experiencia a tres conclusiones: • Hubo gran consumo de munición, incluyendo misiles y armas antisubmarinas. • Relacionado con lo anterior, debería ser revisado el nivel de apoyo logístico para operaciones fuera de la OTAN. • La importante experiencia que deja el reabastecimiento aire-aire (recordemos que en la madrugada del 1 de mayo, mediante una operación que demandó 17 horas de vuelo, un veterano bombardero estratégico Vulcan atacó la pista de Puerto Argentino tras levantar de la isla de Ascensión, situada 3.300 millas al norte del archipiélago. El vuelo requirió una cadena de reabastecimiento aire-aire por medio de siete aviones tanque). Al pasar su lupa sobre el informe de la cartera de Defensa, Julian Thompson sostiene: “Con respecto a la primera y segunda conclusión, el único comentario que se nos ocurre es que son absolutamente obvias; son lecciones que no debieron necesitar ser ‘aprendidas’, sobran los ejemplos en el pasado a los cuales recurrir, pero como dijo Hegel: ‘Lo que la experiencia y la historia nos enseñan es esto: que los pueblos y los gobiernos nunca han aprendido nada de la historia ni actuado en base a principios deducidos de ella’. De la tercera lección el comentario puede ser ‘está bien’, pero le caben las mismas consideraciones que a las anteriores”. En fin, reflexiones de un general inglés sobre la guerra de Malvinas. Esa guerra que, como definió un talentoso periodista español –Manuel Leguineche– a la de Vietnam, fue “la guerra de todos nosotros”.

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