Oveja descarriada
Si Moneta realmente fuera tan "ferviente" como jura ser, haría un esfuerzo por impresionar a los demás por la ejemplaridad de su conducta.
El célebre escritor Samuel Johnson dijo hace más de doscientos años que «el patriotismo es el último refugio del canalla», aludiendo así a la costumbre de maleantes en apuros de atribuir sus problemas a la envidia de traidores, pero pudo haber dicho lo mismo sobre la piedad. Es que en todas partes abundan los que al verse acusados de cometer algún error o delito tratan de escudarse tras su condición de miembro de una confesión religiosa particular, afirmándose víctimas heroicas de la saña de los enemigos de la verdadera fe, como en efecto acaba de hacer el archiconocido ex banquero y ex prófugo de la Justicia Raúl Moneta. Según este personaje, sus dolores de cabeza no tuvieron nada que ver con sus maniobras poco ortodoxas como mandamás de los bancos Mendoza y República, ambos quebrados. Se debieron exclusivamente a su militancia católica, razón por la cual lo ha atacado sin misericordia «gente que profesa otras religiones». Dicho de otro modo, a Moneta le gustaría creerse representante cabal de una minoría, la de los «católicos practicantes, fervientes», vilmente perseguida por fanáticos es de suponer judíos.
Demás está decir que Moneta no es el único personaje local que ha procurado hacer pensar que, mirándolo bien, sus propias dificultades personales forman parte de una lucha universal entre el bien y el mal, con él mismo firmemente alineado con los comprometidos con el primero. Escasean los políticos o sindicalistas que, luego de ser filmados exigiendo una coima, puedan resistirse a declararse víctimas de una «campaña» urdida por sus enemigos ideológicos. Asimismo, en tiempos del «proceso», los militares se las ingeniaron para convencer a muchos de que era «antiargentino» preocuparse por los derechos fundamentales de los argentinos. Con todo, si bien no cabe duda de que el fanatismo religioso sigue incidiendo en la vida nacional, por lo común lo hace de manera subrepticia, implícita, porque a esta altura la mayoría entiende que en este ámbito como en tantos otros es mejor expresarse mediante eufemismos.
Si Moneta no formara parte del elenco constituido por aquellos individuos que, nos guste o no, han sido durante mucho tiempo protagonistas de la vida nacional, su voluntad de proclamarse mártir de la fe católica sólo interesaría a los párrocos y a los psicólogos, pero por ser quien es puede suponerse que en los círculos que frecuenta actitudes como la suya no llaman la atención. Es probable que éste sea el caso: por estar evolucionando la Argentina en una sociedad más pluralista y por lo tanto más laica, los integristas católicos sí tienen motivos para lamentar la pérdida de su poder de veto tradicional. Por supuesto, hay una diferencia muy grande entre no tener privilegios especiales a raíz de la militancia confesional por un lado y, por el otro, ser miembro de una minoría acosada por sus presuntas particularidades, pero acaso sea comprensible que haya personas que sean reacias a entenderlo.
De todos modos, los que, como Moneta, insinúan que por su condición de católicos supuestamente «fervientes» deberían permitírseles manejar bancos a su antojo, sin inquietarse por las reglas que han de respetar mortales menos piadosos, están haciendo un flaco favor a la «comunidad católica» por la cual dicen estar trabajando con ahínco. Por cierto, si Moneta realmente fuera tan «ferviente» como jura ser y fuera consciente, como alardea, de que «todo el mundo lo sabe», haría un esfuerzo muy especial por impresionar a los demás por la ejemplaridad de su conducta, tratando de figurar en todo momento como un dechado de honestidad, de solidaridad cristiana, y de respeto por las leyes tanto de Dios como de los hombres. Al fin y al cabo, Moneta sabrá que uno de los críticos más virulentos de los banqueros actuales, sobre todo de aquellos que por su codicia sin límites contribuyen a depauperar a la gente común, es precisamente el papa Juan Pablo II, de suerte que sorprendería que los jefes de su culto se sintieran muy contentos al oír a un personaje tan emblemático como él insinuar que las jugadas financieras que tantos perjuicios provocaron se inspiraran no en la «salvaje» moral capitalista sino en las enseñanzas de la mismísima Iglesia Católica.