Palabras desvalorizadas

Por Redacción

TOMÁS BUCH (*)

Hay palabras –y conceptos– que, de tanto repetirlas, se integran en el vocabulario diario y dejan de tener sentido. Muchas de esas palabras se relacionan con la política: democracia, desigualdad, pobreza… Muchas otras se relacionan con la crisis ambiental y climática que estamos enfrentando: nos acostumbramos a oír hablar del “cambio climático”, la “ecología” y su presunta protección, el “calentamiento global”, los “gases de efecto invernadero”, el “derretimiento de los glaciares”, las “extinciones masivas de especies”, la “contaminación” –para la que, además, se nos ha impuesto el anglicismo “polución”, que en nuestro idioma significa otra cosa–. A este vocabulario se agregan términos como “hambre”, “miles de millones de seres humanos”, “recursos no renovables”, “biocombustibles”, “soja”, “pueblos originarios” (que antes eran, simplemente “indios”, apenas humanos), “basura”, “pobreza”, y varios más. Palabras, que de tanto repetirse han perdido su sentido, se transforman en meros significantes y ya no se asocian con la amenazante realidad. Este acostumbramiento nos hace olvidar de que, en todos los casos, se trata de fenómenos reales, altamente peligrosos, que amenazan a la humanidad entera y tal vez a la Tierra como planeta habitable. Se puede opinar que se trata de un mero efecto lingüístico, o es una campaña deliberada para hacernos trasladar a un futuro indefinido y abstracto, unos peligros que, en el fondo, son exagerados, se producirán en un siglo, cuando estemos todos muertos, y se tratan como otros términos desvalorizados, como “amor” y aun “Dios” del que nos olvidamos – si creemos en la existencia de algo tan etéreo – salvo en las ceremonias en las que pedimos perdón, y se arregla todo con unas cuantas frases, tan repetidas que tampoco significan nada. Vaya este ejemplo como homenaje al nuevo papa. No tenemos conciencia, o nos olvidamos, o sólo conocemos las versiones tantas veces repetidas por los medios –justo de eso se trata– de que un calentamiento global de dos grados –teniendo en cuenta un promedio mundial difícil de entender, porque hoy hace frío y mañana calor y hoy brilla el sol y mañana lloverá, y aquí hace 36° y allá, 10 bajo cero y nieva– se transformará en un mecanismo fuera de control. ¿Qué quiere decir “un mecanismo fuera de control”? Quiere decir que alcanzaremos el límite de la resiliencia del planeta, el límite más allá del cual la continuación y el agravamiento del deterioro ambiental se hacen autónomos y cada vez más veloces, hasta llegar a condiciones insoportables para nosotros –aún para los grandes monopolios responsables de desencadenar toda la catástrofe–. Siempre hubo cambios de clima: en una época, la Antártida estaba cubierta de selvas. Pero se trataba de fenómenos cuya escala de tiempo era de millones años. Ahora cambios similares están ocurriendo en décadas. Esto no quiere decir que en diez años la Antártida se confundirá con el Amazonas –aunque en todo caso, éste habrá desaparecido, primero bajo un océano de soja y después bajo un enorme desierto de arena– dejándonos con un solo pulmón. Sin embargo, el otro pulmón –que son los océanos y las algas microscópicas fotosintéticas– estará afectado por la acidificación y el aumento de temperatura de los mares. Al fin, podrán extinguirse casi todas las especies marinas, como ya ocurrió una vez, hace 200 millones años. Pero –repitámoslo porque se trata de un argumento de los que viven del “aquí no pasa nada grave”– ahora está demorando décadas lo que en esa oportunidad demoró millones años. Aún somos muchos los que pensamos alcanzar el nivel de vida de los estadounidenses o, por lo menos, el de los europeos. Pero no nos imaginamos que, para que todo el mundo alcanzase ese nivel, harían falta los recursos de varias Tierras. Ya se están produciendo monstruosos embotellamientos –de cientos de kilómetros de longitud y muchos días de duración– en China. Sin hablar de la contaminación ambiental producida por el exceso de basura, que es exportada a los países más pobres de la Tierra, ensuciando los mares y las costas de los países africanos –creando enormes islas de basura flotante en alta mar– de las que casi nadie tiene noticia, de millones de kilómetros cuadrados. Es hora de que entendamos que el tipo de cultura del desperdicio, del “compre y tire” que nos están proponiendo a diario con insistencia hipnótica, no es compatible con la supervivencia de nuestra especie y de muchas otras. Por las ganancias absurdamente injustas de unas pocas empresas, estamos condenando a la muerte o a la miseria a nuestros nietos –porque la catástrofe no esperará más de un siglo, al ritmo que vamos–. Sabemos que el uso de los hidrocarburos contamina la atmósfera, pero igual nos alegramos de poder seguir quemándolos, encontrando nuevas reservas, de uso cada vez más peligroso, en vez de fomentar otras fuentes de energía y –sobre todo– crear una civilización que consuma menos, mucho menos, recursos no renovables, y que hace no renovables los que deberían ser renovables a través de un uso irracional –para la humanidad, aunque racional para obtener beneficios monetarios– de nuestros recursos. Apenas nos queda tiempo de tomar conciencia –pero todo indica que no lo haremos–. Sabemos el precipicio al que nos encaminamos, pero nuestros bisnietos no nos interesan. Y la mayoría de nuestros contemporáneos, tampoco. (*) Físico y químico