Palabras huecas

Redacción

Por Redacción

Con frecuencia creciente, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se siente constreñida a descalificar, con su vehemencia habitual, a aquellos exfuncionarios que se animan a criticar la manera en que el gobierno que encabeza está manejando la economía nacional, acusándolos de haber cometido errores a su entender muy graves en el pasado o, lo que a su juicio es todavía peor, de comulgar con idearios que no son de su agrado. Los blancos más recientes de tales dardos presidenciales han sido los extitulares del Banco Central, Alfonso Prat Gay y Martín Redrado, los que, agradecidos por la oportunidad que les fue brindada por la intervención de Cristina en una polémica que fue iniciada por el locuaz viceministro de Economía, Axel Kicillof, se defendieron con solvencia de los cargos no muy serios en su contra. Con todo, si bien los cruces mediáticos de este tipo suelen resultar entretenidos, a esta altura nadie supone que podrían incidir en la marcha de la economía nacional o en las medidas que tomen quienes están tratando de administrarla. Es que, como subrayaron ambos economistas, la presidenta y sus acompañantes brindan la impresión de estar mucho más interesados en procurar corregir la realidad histórica que en hacer frente a los problemas actuales, sobre todo los planteados, como señaló Prat Gay, por la inflación, la inseguridad y el empleo. El famoso “relato” de la presidenta Cristina nos dice mucho sobre su forma “revisionista”, típica de la década de los setenta del siglo pasado, de interpretar la historia nacional, pero por desgracia no contiene muchos indicios sobre lo que se habrá propuesto para los meses y años próximos a fin de hacer frente a problemas que preocupan decididamente más al grueso de los habitantes del país que los detalles de lo que ocurrió en otros tiempos. Por cierto, estrategias que, según los revisionistas que rodean a Cristina, pudieron haber resultado adecuadas hace cuarenta o cincuenta años ya no servirían, porque las circunstancias son distintas y también lo serán las de mañana, puesto que el mundo entero está pasando por una época de cambios estructurales profundos. Sin embargo, a veces parecería que incluso los integrantes más jóvenes del gobierno de Cristina, los militantes de La Cámpora, la agrupación formada por su hijo, sienten tanta nostalgia por etapas ya irremediablemente idas que fantasean con recrearlas con el presunto propósito de reivindicar así el accionar de sus padres o abuelos, objetivo éste que les convendría dejar a los historiadores o panfletistas. Asimismo, continuar embistiendo, como hacen los comprometidos con el “proyecto” kirchnerista, contra los protagonistas de los años noventa, dando a entender que fueron responsables de todos los males del país y que por lo tanto no tienen derecho a opinar, es propio de polemistas estudiantiles, no de dirigentes serios preocupados por temas más inmediatos que el eventual lugar en la historia de quienes desempeñan papeles en el escenario político actual. Mal que les pese a los kirchneristas, no es posible eliminar la inflación minimizando su importancia o negándose a medirla con honestidad para que quepa en el “relato” que están improvisando. Tampoco es posible atenuar el impacto en la economía del aumento llamativo del gasto público aludiendo a los hipotéticos beneficios sociales resultantes. Sin embargo, parecería que ha sido a base de argumentos supuestamente éticos que Cristina ha permitido que el superávit fiscal de más del 3% del producto bruto interno que heredó de su marido se transformara en un déficit proporcionalmente aún mayor. Si bien en nuestro país es tradicional la negligencia principista, la que reivindicó a su modo el entonces presidente saliente Raúl Alfonsín cuando hablaba de lo que “no pudo, no supo o no quiso” hacer cuando estaba en el poder, les guste o no a los mandatarios a veces tienen que tomar medidas ingratas para ahorrarle a la población males mayores. Es comprensible que Cristina, acostumbrada como está a repartir recursos como si procedieran de su propio patrimonio, no quiera que su gobierno maneje la economía con más rigor, pero a menos que lo haga el período recesivo de estanflación, que ya ha comenzado, resultará ser mucho más largo y mucho más penoso de lo que prevén hasta sus críticos más filosos.


Con frecuencia creciente, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se siente constreñida a descalificar, con su vehemencia habitual, a aquellos exfuncionarios que se animan a criticar la manera en que el gobierno que encabeza está manejando la economía nacional, acusándolos de haber cometido errores a su entender muy graves en el pasado o, lo que a su juicio es todavía peor, de comulgar con idearios que no son de su agrado. Los blancos más recientes de tales dardos presidenciales han sido los extitulares del Banco Central, Alfonso Prat Gay y Martín Redrado, los que, agradecidos por la oportunidad que les fue brindada por la intervención de Cristina en una polémica que fue iniciada por el locuaz viceministro de Economía, Axel Kicillof, se defendieron con solvencia de los cargos no muy serios en su contra. Con todo, si bien los cruces mediáticos de este tipo suelen resultar entretenidos, a esta altura nadie supone que podrían incidir en la marcha de la economía nacional o en las medidas que tomen quienes están tratando de administrarla. Es que, como subrayaron ambos economistas, la presidenta y sus acompañantes brindan la impresión de estar mucho más interesados en procurar corregir la realidad histórica que en hacer frente a los problemas actuales, sobre todo los planteados, como señaló Prat Gay, por la inflación, la inseguridad y el empleo. El famoso “relato” de la presidenta Cristina nos dice mucho sobre su forma “revisionista”, típica de la década de los setenta del siglo pasado, de interpretar la historia nacional, pero por desgracia no contiene muchos indicios sobre lo que se habrá propuesto para los meses y años próximos a fin de hacer frente a problemas que preocupan decididamente más al grueso de los habitantes del país que los detalles de lo que ocurrió en otros tiempos. Por cierto, estrategias que, según los revisionistas que rodean a Cristina, pudieron haber resultado adecuadas hace cuarenta o cincuenta años ya no servirían, porque las circunstancias son distintas y también lo serán las de mañana, puesto que el mundo entero está pasando por una época de cambios estructurales profundos. Sin embargo, a veces parecería que incluso los integrantes más jóvenes del gobierno de Cristina, los militantes de La Cámpora, la agrupación formada por su hijo, sienten tanta nostalgia por etapas ya irremediablemente idas que fantasean con recrearlas con el presunto propósito de reivindicar así el accionar de sus padres o abuelos, objetivo éste que les convendría dejar a los historiadores o panfletistas. Asimismo, continuar embistiendo, como hacen los comprometidos con el “proyecto” kirchnerista, contra los protagonistas de los años noventa, dando a entender que fueron responsables de todos los males del país y que por lo tanto no tienen derecho a opinar, es propio de polemistas estudiantiles, no de dirigentes serios preocupados por temas más inmediatos que el eventual lugar en la historia de quienes desempeñan papeles en el escenario político actual. Mal que les pese a los kirchneristas, no es posible eliminar la inflación minimizando su importancia o negándose a medirla con honestidad para que quepa en el “relato” que están improvisando. Tampoco es posible atenuar el impacto en la economía del aumento llamativo del gasto público aludiendo a los hipotéticos beneficios sociales resultantes. Sin embargo, parecería que ha sido a base de argumentos supuestamente éticos que Cristina ha permitido que el superávit fiscal de más del 3% del producto bruto interno que heredó de su marido se transformara en un déficit proporcionalmente aún mayor. Si bien en nuestro país es tradicional la negligencia principista, la que reivindicó a su modo el entonces presidente saliente Raúl Alfonsín cuando hablaba de lo que “no pudo, no supo o no quiso” hacer cuando estaba en el poder, les guste o no a los mandatarios a veces tienen que tomar medidas ingratas para ahorrarle a la población males mayores. Es comprensible que Cristina, acostumbrada como está a repartir recursos como si procedieran de su propio patrimonio, no quiera que su gobierno maneje la economía con más rigor, pero a menos que lo haga el período recesivo de estanflación, que ya ha comenzado, resultará ser mucho más largo y mucho más penoso de lo que prevén hasta sus críticos más filosos.

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