Paros contraproducentes

Si Moyano consigue paralizar la Argentina durante 36 horas, lo único que logrará será un nuevo "paquete" de medidas.

Redacción

Por Redacción

Era de prever que la CGT rebelde del sindicalista «disidente» Hugo Moyano, acompañado como siempre por la Central de Trabajadores Argentinos del estatal Víctor de Gennaro y las huestes de la «Corriente Clasista y Combativa, reaccionaría frente al nuevo paquete gubernamental declarando otro paro nacional. Por razones evidentes, al camionero Moyano y sus compañeros no les gustan en absoluto ni las medidas encaminadas a reducir el gasto público ni el «modelo» que a su juicio las hace necesarias y, por tratarse de dirigentes, se sienten obligados a hacer gala de su voluntad de encabezar una lucha que, de resultar exitosa, frenarían los cambios en marcha. Con todo, aunque dadas las circunstancias su actitud parece comprensible, es razonable suponer que los sindicalistas, los cuales distan de ser estúpidos, entienden muy bien que sus esfuerzos sólo servirán para agravar todavía más la situación en la cual se encuentran los sectores que dicen querer defender contra las embestidas de «los mercados» o de «la globalización».

Si la Argentina fuera una isla totalmente desvinculada del resto del mundo con una economía muy rudimentaria, sería factible que una lucha tradicional emprendida a fin de trasladar recursos desde el empresariado y la banca hacia los obreros no calificados y los empleados estatales tuviera las consecuencias deseadas. Sin embargo, ocurre que la Argentina que efectivamente existe no tiene nada que ver con el país imaginario de Moyano y compañía. Depende directamente de la actitud de los inversores tanto nacionales como extranjeros, realidad que por humillante que les parezca a algunos no está por modificarse. Por este motivo, la combatividad sindical y las actividades de los piqueteros que se especializan en cortar rutas no pueden sino socavar la confianza de los mercados en las perspectivas del conjunto, lo cual, obvio es decirlo, obliga al gobierno a probar suerte con medidas aún más «neoliberales» que las anteriores. Así, pues, si Moyano consigue paralizar la Argentina durante 36 ó 48 horas, lo único que logrará será un nuevo «paquete». Y si, como quisiera, se las arreglara para desatar un estallido social de proporciones, la consecuencia a mediano plazo sería con toda seguridad un programa económico incomparablemente más «derechista» que el de José Luis Machinea.

A esta altura, el estilo sindical tradicional parece tan desactualizado como el modelo inflacionario que estalló a fines de los años ochenta. Esto no quiere decir que los perjudicados por los cambios vertiginosos que están produciéndose tendrán que resignarse a su suerte, sino que les es peor que inútil dejarse convencer de que las medidas de fuerza colectivas les brindarán resultados positivos. Pase lo que pasare en el país en el curso de los próximos años, la única solución para los «excluidos» o para sus hijos consistirá en la educación, de modo que, en buena lógica, los resueltos a ayudarlos deberían estar organizando campañas masivas destinadas a asegurar que todos sin excepción hagan lo necesario para prepararse para los tiempos que sin duda alguna vendrán. Claro, desde el punto de vista de personas como Moyano un planteo de este tipo ya será absurdo, ya reflejará la voluntad de culpar a las «víctimas de la injusticia» por sus propias penurias, pero les convendría recordar que hace cien años, cuando en los países más avanzados de la época las condiciones en que vivían millones de campesinos y obreros eran tan dramáticas como las imperantes en la Argentina de inicios del siglo XXI, los socialistas hicieron de la preparación de los pobres una prioridad casi absoluta, fundando escuelas e institutos en los cuales el nivel académico era por lo menos equiparable con el habitual en las universidades públicas actuales. ¿A qué se ha debido esta diferencia? Acaso a que los socialistas decimonónicos hayan sentido un profundo respeto por las personas cuyos intereses procuraban defender, mientras que en opinión de Moyano y otros militantes en guerra con el «modelo» sólo sirven de carne de cañón para conflictos que, en el caso de que un paro ordenado por ellos resulte «exitoso» al obstaculizar los intentos del gobierno de sanear las finanzas nacionales, los dejarán peor parados aún que antes.


Era de prever que la CGT rebelde del sindicalista "disidente" Hugo Moyano, acompañado como siempre por la Central de Trabajadores Argentinos del estatal Víctor de Gennaro y las huestes de la "Corriente Clasista y Combativa, reaccionaría frente al nuevo paquete gubernamental declarando otro paro nacional. Por razones evidentes, al camionero Moyano y sus compañeros no les gustan en absoluto ni las medidas encaminadas a reducir el gasto público ni el "modelo" que a su juicio las hace necesarias y, por tratarse de dirigentes, se sienten obligados a hacer gala de su voluntad de encabezar una lucha que, de resultar exitosa, frenarían los cambios en marcha. Con todo, aunque dadas las circunstancias su actitud parece comprensible, es razonable suponer que los sindicalistas, los cuales distan de ser estúpidos, entienden muy bien que sus esfuerzos sólo servirán para agravar todavía más la situación en la cual se encuentran los sectores que dicen querer defender contra las embestidas de "los mercados" o de "la globalización".

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