Pasar el invierno

Redacción

Por Redacción

Santos Pallao, del establecimiento “El Loro”, tiene 65 años y un rostro trabajado por la aridez del clima que se ablanda de golpe cuando una sonrisa le alumbra la mirada. Su madre, Luisa, que bordea los 92 años, viajó a Valcheta obligada por otro de sus hijos radicado en la ciudad, que la convenció para que se realizara un chequeo médico, aunque ni Dios mismo mantiene a la mujer fuera de la Meseta y quieran o no, por más que el invierno amenace con tapizar de nieve los caminos, ella volverá a su rancho tan rápido como pueda. Santos, que vive junto a ella, quedó al cuidado de la punta de chivos que poseen, esos que según cuenta “no dan ningún descanso”. El hombre nació cerca del puesto, y llegó con su madre de muy chico al lugar en que construyeron la vivienda que ocupan. Nunca estuvo en pareja ni tiene hijos, y jamás imaginó vivir en otro sitio. “Estoy aclimatado acá, y ahora con más razón que mi pobre mamá está a gatas. Yo estoy como si fuera una hija más que un hijo, le hago todos los gustos”, cuenta. La avanzada edad de Luisa lo tiene a maltraer, porque no concibe su vida sin la compañía materna. “Yo mientras pueda yugar, aguantar el frío, me voy a quedar. Tengo un sobrino que tiene tropilla acá y tiene animalitos también. Ahora no vive acá, pero capaz que se quiera quedar”, aventura Santos. Como cada año, el invierno se perfila complicado. “Leña nunca suben, la dejan en Treneta, y yo… ¿cómo la voy a ir a buscar?, no tengo con qué. He pedido y siempre queda allá. Nos arreglamos con la leña de campo, pero acá en la Meseta hay poco y nada, y con la nieve, se hace peor buscar algo para poder quemar”, relata el hombre. A kilómetros de allí, Gerónimo Aguilar, que vive solo en otro puesto, repasa sus 58 años y reconoce que fuera de la Meseta “no hay caso, no me hallo”. Enviudó hace tiempo y tiene un hijo que vive en la ciudad. A él tampoco le suben leña desde la comisión de fomento cercana, y recuerda, como también lo hizo Santos Pallao, que “hace poco un vecino quedó ‘agarrotao’ de frío”. El episodio que evoca es el que involucró a Martín Carrihual, un viejo poblador que inviernos atrás murió congelado en su rancho. “Recién después de eso aparecieron con leña, pero no subieron nunca más, será que para que se acuerden, eso nos tiene que pasar”.


Santos Pallao, del establecimiento “El Loro”, tiene 65 años y un rostro trabajado por la aridez del clima que se ablanda de golpe cuando una sonrisa le alumbra la mirada. Su madre, Luisa, que bordea los 92 años, viajó a Valcheta obligada por otro de sus hijos radicado en la ciudad, que la convenció para que se realizara un chequeo médico, aunque ni Dios mismo mantiene a la mujer fuera de la Meseta y quieran o no, por más que el invierno amenace con tapizar de nieve los caminos, ella volverá a su rancho tan rápido como pueda. Santos, que vive junto a ella, quedó al cuidado de la punta de chivos que poseen, esos que según cuenta “no dan ningún descanso”. El hombre nació cerca del puesto, y llegó con su madre de muy chico al lugar en que construyeron la vivienda que ocupan. Nunca estuvo en pareja ni tiene hijos, y jamás imaginó vivir en otro sitio. “Estoy aclimatado acá, y ahora con más razón que mi pobre mamá está a gatas. Yo estoy como si fuera una hija más que un hijo, le hago todos los gustos”, cuenta. La avanzada edad de Luisa lo tiene a maltraer, porque no concibe su vida sin la compañía materna. “Yo mientras pueda yugar, aguantar el frío, me voy a quedar. Tengo un sobrino que tiene tropilla acá y tiene animalitos también. Ahora no vive acá, pero capaz que se quiera quedar”, aventura Santos. Como cada año, el invierno se perfila complicado. “Leña nunca suben, la dejan en Treneta, y yo... ¿cómo la voy a ir a buscar?, no tengo con qué. He pedido y siempre queda allá. Nos arreglamos con la leña de campo, pero acá en la Meseta hay poco y nada, y con la nieve, se hace peor buscar algo para poder quemar”, relata el hombre. A kilómetros de allí, Gerónimo Aguilar, que vive solo en otro puesto, repasa sus 58 años y reconoce que fuera de la Meseta “no hay caso, no me hallo”. Enviudó hace tiempo y tiene un hijo que vive en la ciudad. A él tampoco le suben leña desde la comisión de fomento cercana, y recuerda, como también lo hizo Santos Pallao, que “hace poco un vecino quedó ‘agarrotao’ de frío”. El episodio que evoca es el que involucró a Martín Carrihual, un viejo poblador que inviernos atrás murió congelado en su rancho. “Recién después de eso aparecieron con leña, pero no subieron nunca más, será que para que se acuerden, eso nos tiene que pasar”.

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