Paul y la verdad
MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com
EN CLAVE DE Y
Es increíble. Paul es el único asesor que acertó absolutamente todos los pronósticos, borrando de un plumazo –diré mejor, de un tentaculazo– agencias, pitonisas, chamanes y cualquier ser de la historia. ¿Qué diría mi amado Isaac Asimov, creador, en la saga “Fundación” de la Psicohistoria, ciencia que predice con certeza el futuro de la humanidad? El mérito del pulpo más famoso del mundo, es haber tenido siempre sólo dos opciones, haber dicho la verdad… y acertado. El mérito no es solo éste: Paul estaba (¿está?) residiendo en Alemania, y tuvo el coraje de pronosticar su derrota. Quisiera saber, desde los consejeros de emperadores, reyes, jefes bizarros de ignotas culturas, candidatos del siglo XXI, lanzadores de productos al mercado, si hubo, en la pléyade de consejeros, alguien que se animara a pronosticar a quien le mantenía, un rumbo que no fuera la victoria… Quizás sea porque Paul tiene tres corazones. En verdad, ahora haciendo memoria, hubo uno, claro que hablaba desde la total libertad, e igual le costó caro: la cabeza de Juan, el Bautista, fue servida en bandeja al sumo sacerdote Herodes, harto de escuchar el pronóstico del Mesías que lo desbancaría sin dudarlo, y es justo acompañar a su hartazgo el baile de Salomé. Eso explicaría por qué todos los consejeros de la historia, ya sea auscultando las estrellas, o las entrañas de una paloma, o la borra del café o encuestando a ciudadanos y ciudadanas con todos los requisitos de la ciencia estadística, les auguran a sus patrones lo mejor, aunque crean que en honor a la verdad, no podrían asegurarlo. Serían despedidos de maneras más o menos civilizadas. Esta gente enfrenta un desagradable dilema: si dice la verdad, suponiendo que la tal verdad perjudicaría a su cliente, después rodarán cabezas. Si miente, pronosticando lo que su cliente quiere oír, o leer, y después falla, también rodarán cabezas. ¿Qué hacer? Supongo que por eso los informes son harto complejos, llenos de “si se da esta condición”… y extrapolando años, gentes y números con figuras muy atractivas, por cierto. Pero no quiero ser tan dura con ellos. A cualquier ser humano le gusta escuchar lo que quiere oír, y cuando le exige el otro “decime la verdad”, en realidad, quiere que la verdad de ese otro coincida con la suya, porque si no, arde Troya. A pesar de tanta historia cultural sobre este crucial tema, todavía creemos que existe “la verdad” como un todo, cuando toda verdad es relativa y cuando ese otro nos dice la suya, está aportando, enriqueciéndonos. Dada la característica excluyente de los partidos, Paul sólo tenía delante dos piscinas, con alimentos diferentes, y debía elegir una, a pesar de sobrarle tentáculos para generar maniobras de desconcierto. ¿Qué habrá sido de él? Desde que terminó el mundial de fútbol, ha sido barrido por el torrente de otras informaciones, y quizás integró una sabrosa paella, o está superescondido porque lo busca la CIA, el FBI, Al Qaeda, varios gobiernos, cárteles de la droga… Un momento. ¿Habrá existido Paul? Y no me diga “¡pero si lo vimos por televisión!”, porque por televisión vemos muchas cosas que son selecciones de la realidad, cuando no inventos de la maravillosa tecnología, que si puede hacer películas como si fueran protagonizadas por personas o animales reales, puede hacer un pulpo. Sin tanto despliegue, usted caza (¿o pesca?) un pulpo, y monta todo el espectáculo. Prefiero creer que sí, que Paul elegía bien por alguna misteriosa razón que enaltece a los cefalópodos, y más si tiene nueve cerebros. Que es un pulpo valiente, que dijo la verdad y por si esto fuera poco mérito, ¡acertó! Sí. Decididamente, prefiero creer que alguien que depende de otros, dice la verdad. Su verdad.