Peleas opositoras
Elisa Carrió aparte, el dirigente político más perjudicado por los resultados de las llamadas elecciones primarias fue el radical Ricardo Alfonsín. Aunque el hijo de Raúl Alfonsín logró llegar segundo, a gran distancia de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, apenas superó al peronista bonaerense Eduardo Duhalde e incluso se vio incomodado por la cercanía del socialista Hermes Binner, que cree que sus acciones subirán sustancialmente en las semanas próximas en desmedro de las de su rival. Así lo entienden muchos correligionarios de Alfonsín, sobre todo los de Mendoza, donde el candidato a gobernador Roberto Iglesias ha aconsejado a los votantes cortar boleta a su favor, dando por descontado que le sería inútil perder el tiempo pensando en las elecciones presidenciales. Mientras tanto, otros radicales han llegado a la conclusión de que, tal como están las cosas, les convendría concentrarse en la amenaza que en su opinión plantea Binner por tratarse de un hombre que espera apropiarse del mismo “espacio”, el del progresismo respetuoso de las instituciones, en el escenario político nacional. Si bien lo más lógico sería que buscaran la forma de hacer un frente común con fuerzas afines, a esta altura tanto los radicales como los socialistas parecen más interesados en subrayar las supuestas diferencias que los separan que en enfrentar un gobierno cuya “hegemonía” se debe menos a su propia popularidad que a la fragmentación opositora. Al fin y al cabo, en el mundo democrático muchos mandatarios inician un período en el poder con el apoyo de más de la mitad del electorado, pero por lo general saben que las agrupaciones opositoras están en condiciones de crecer lo bastante como para desplazarlos y por lo tanto se sienten obligados a manejarse con cierta cautela. En nuestro país, en cambio, la debilidad opositora a menudo hace suponer al oficialismo de turno que el electorado acaba de entregarle un cheque en blanco, de ahí el triste fin de tantos gobiernos pasajeramente “hegemónicos”. Cuatro candidatos opositores –Alfonsín, Duhalde, Binner y el peronista puntano Alberto Rodríguez Saá– se afirman resueltos a seguir en la carrera con la esperanza no de derrotar a Cristina o de hacer necesaria la celebración de una segunda vuelta en noviembre sino de conseguir una cantidad suficiente de votos como para erigirse en el líder de la oposición en los cuatro años próximos. La experiencia de otros que, sin ganar, hicieron lo que pudo calificarse de una muy buena elección, como Ricardo López Murphy, José Octavio Bordón y Carrió, debería servirles de advertencia. A menos que un político represente mucho más que su propias ambiciones, los beneficios proporcionados por los éxitos electorales relativos pueden agotarse muy pronto. Asimismo, por mucho que las disputas internas fascinen a los políticos profesionales, su actitud no se ve compartida por los votantes que, con razón, son reacios a confiar en personas que brindan la impresión de privilegiar las reyertas de comité por encima de asuntos más importantes. La deficiencia principal de nuestro sistema político consiste en la incapacidad al parecer congénita de quienes se creen destinados a desempeñar papeles significantes para formar partidos que sean equiparables con los existentes en las democracias maduras. Toda vez que un dirigente logra descollar, se siente constreñido a formar su propio partido. Huelga decir que la presidenta Cristina no es una excepción a esta regla deprimente, ya que el Frente para la Victoria depende por completo de su poder de convocatoria; si por algún motivo Cristina tuviera que dar un paso al costado, no tardaría en desintegrarse. Sería de esperar, pues, que a raíz de la debacle que les supusieron los resultados de las primarias –en verdad una gran encuesta de opinión, porque las cúpulas de las facciones que participaron ya habían seleccionado sus candidatos– los demás dirigentes aceptaran que a menos que hagan un esfuerzo denodado por agruparse en a lo sumo dos frentes, uno de centroderecha y otro de centroizquierda, al país no le será dado poner fin a la alternancia de períodos dominados por caudillos supuestamente “carismáticos” en que todo parece andar viento en popa con otros caracterizados por gobiernos precarios en que nada parece funcionar como es debido.
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