Perdidos en el desierto

Redacción

Por Redacción

Abrumados por los resultados de las elecciones primarias que se celebraron el domingo, los distintos líderes opositores se dieron cuenta tardíamente de lo inútil que les fue aferrarse a la esperanza de que los votantes solucionaran sus problemas internos eligiendo a uno de ellos como alternativa al kirchnerismo. Ni siquiera hubo un segundo indiscutido, puesto que Ricardo Alfonsín y Eduardo Duhalde en efecto empataron y Hermes Binner les pisó los talones. Pero ni ellos ni los demás perdedores de la jornada pueden optar por borrarse; no les es dado abandonar a su suerte a quienes figuran en sus listas respectivas, porque lo impide la ley electoral. Así, pues, como ganado que va camino al matadero, Alfonsín, Duhalde, Binner, Alberto Rodríguez Saá, Elisa Carrió y Jorge Altamira estarán resignados a sufrir una derrota humillante en octubre. A este último no le importará demasiado, ya que siempre ha entendido que su candidatura es meramente testimonial –para el paladín de la izquierda dura, el 2,48% de los votos que obtuvo representó un “milagro”–, pero parecería que los otros cinco realmente se habían creído destinados a suceder a Cristina en la Casa Rosada. Desgraciadamente para ellos, la mitad –casi– del electorado que votó en contra de Cristina se negó a ratificar sus pretensiones. Mientras tanto, el 50,7% cosechado por la presidenta se debió no sólo a su propio poder de convocatoria sino también a la conciencia generalizada de que ningún opositor estaba en condiciones de conseguir más que una fracción de los votos que necesitaría para formar un gobierno viable. El desequilibrio escandaloso que se vio reflejado por los resultados de las primarias sería menos preocupante si fuera posible atribuirlo a insalvables discrepancias ideológicas entre los contrincantes, pero las diferencias en tal sentido entre Alfonsín, Binner y Carrió no son mayores que las habituales entre los integrantes de los partidos de otros países democráticos, mientras que Duhalde es un pragmático que ya está acostumbrado a colaborar con los radicales alfonsinistas, como hizo con el propósito de desensillar al entonces presidente Fernando de la Rúa. Dicho de otro modo, el candidato de una coalición opositora centrista comparable con aquellas que suelen gobernar en los países desarrollados hubiera tenido una posibilidad –escasa, tal vez, pero así y todo auténtica– de conseguir una cantidad respetable de votos, para que el país contara con una alternativa al gobierno actual, pero a causa de las ambiciones incompatibles de los dirigentes fracasaron por completo los esfuerzos por consolidar, para entonces ampliar, la alianza que hace apenas dos años festejaba su triunfo. Otro motivo de la debacle protagonizada por la oposición consiste en la propensión de los líderes de las distintas agrupaciones a concentrarse en sus diferencias personales, atribuyéndose mutuamente posturas ideológicas supuestamente inaceptables por razones éticas, ahorrándose así la necesidad de elaborar propuestas convincentes. Por cierto, fue llamativa la ausencia de debates serios en las semanas previas a las primarias, mientras que la propaganda electoral de todos –incluyendo al Frente para la Victoria oficialista– fue pueril, como si los publicistas contratados trataran de vender distintas marcas de jabón. El único líder opositor que salvó la ropa el domingo fue Mauricio Macri que, felizmente para él, se bajó a tiempo de la carrera por suponer que le convendría esperar hasta las elecciones presidenciales previstas para el 2015. Desde el punto de vista del jefe del gobierno porteño, el que Alfonsín, luego de un comienzo al parecer promisorio en las internas radicales en que se vio beneficiado por su apellido, haya alcanzado pronto su techo y que la candidatura Duhalde no haya podido tomar vuelo ha sido una muy buena noticia. Y si bien el desempeño de Binner no fue tan malo por tratarse de un virtual desconocido en buena parte del país, es poco probable que el socialista santafesino logre avanzar mucho más. En cuanto a Carrió, el fallo del electorado le fue devastador; el escuálido 3,24% de los votos que logró la elimina del elenco de referentes políticos significantes, aunque es de suponer que continuará figurando como una comentarista aguda de la realidad nacional.


Abrumados por los resultados de las elecciones primarias que se celebraron el domingo, los distintos líderes opositores se dieron cuenta tardíamente de lo inútil que les fue aferrarse a la esperanza de que los votantes solucionaran sus problemas internos eligiendo a uno de ellos como alternativa al kirchnerismo. Ni siquiera hubo un segundo indiscutido, puesto que Ricardo Alfonsín y Eduardo Duhalde en efecto empataron y Hermes Binner les pisó los talones. Pero ni ellos ni los demás perdedores de la jornada pueden optar por borrarse; no les es dado abandonar a su suerte a quienes figuran en sus listas respectivas, porque lo impide la ley electoral. Así, pues, como ganado que va camino al matadero, Alfonsín, Duhalde, Binner, Alberto Rodríguez Saá, Elisa Carrió y Jorge Altamira estarán resignados a sufrir una derrota humillante en octubre. A este último no le importará demasiado, ya que siempre ha entendido que su candidatura es meramente testimonial –para el paladín de la izquierda dura, el 2,48% de los votos que obtuvo representó un “milagro”–, pero parecería que los otros cinco realmente se habían creído destinados a suceder a Cristina en la Casa Rosada. Desgraciadamente para ellos, la mitad –casi– del electorado que votó en contra de Cristina se negó a ratificar sus pretensiones. Mientras tanto, el 50,7% cosechado por la presidenta se debió no sólo a su propio poder de convocatoria sino también a la conciencia generalizada de que ningún opositor estaba en condiciones de conseguir más que una fracción de los votos que necesitaría para formar un gobierno viable. El desequilibrio escandaloso que se vio reflejado por los resultados de las primarias sería menos preocupante si fuera posible atribuirlo a insalvables discrepancias ideológicas entre los contrincantes, pero las diferencias en tal sentido entre Alfonsín, Binner y Carrió no son mayores que las habituales entre los integrantes de los partidos de otros países democráticos, mientras que Duhalde es un pragmático que ya está acostumbrado a colaborar con los radicales alfonsinistas, como hizo con el propósito de desensillar al entonces presidente Fernando de la Rúa. Dicho de otro modo, el candidato de una coalición opositora centrista comparable con aquellas que suelen gobernar en los países desarrollados hubiera tenido una posibilidad –escasa, tal vez, pero así y todo auténtica– de conseguir una cantidad respetable de votos, para que el país contara con una alternativa al gobierno actual, pero a causa de las ambiciones incompatibles de los dirigentes fracasaron por completo los esfuerzos por consolidar, para entonces ampliar, la alianza que hace apenas dos años festejaba su triunfo. Otro motivo de la debacle protagonizada por la oposición consiste en la propensión de los líderes de las distintas agrupaciones a concentrarse en sus diferencias personales, atribuyéndose mutuamente posturas ideológicas supuestamente inaceptables por razones éticas, ahorrándose así la necesidad de elaborar propuestas convincentes. Por cierto, fue llamativa la ausencia de debates serios en las semanas previas a las primarias, mientras que la propaganda electoral de todos –incluyendo al Frente para la Victoria oficialista– fue pueril, como si los publicistas contratados trataran de vender distintas marcas de jabón. El único líder opositor que salvó la ropa el domingo fue Mauricio Macri que, felizmente para él, se bajó a tiempo de la carrera por suponer que le convendría esperar hasta las elecciones presidenciales previstas para el 2015. Desde el punto de vista del jefe del gobierno porteño, el que Alfonsín, luego de un comienzo al parecer promisorio en las internas radicales en que se vio beneficiado por su apellido, haya alcanzado pronto su techo y que la candidatura Duhalde no haya podido tomar vuelo ha sido una muy buena noticia. Y si bien el desempeño de Binner no fue tan malo por tratarse de un virtual desconocido en buena parte del país, es poco probable que el socialista santafesino logre avanzar mucho más. En cuanto a Carrió, el fallo del electorado le fue devastador; el escuálido 3,24% de los votos que logró la elimina del elenco de referentes políticos significantes, aunque es de suponer que continuará figurando como una comentarista aguda de la realidad nacional.

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