Personaje: Pedro, el tallador de piedras del Norte Neuquino

Recorrió el país como trabajador en perforaciones. Una lesión en la columna lo dejó afuera del mundo laboral, pero no lo detuvo. Se transformó en artesano.

De las rudas tareas en una empresa de perforaciones a la artesanía en piedra. Ese es el camino que hizo Pedro Tejerina. O mejor dicho “Pedro Picapiedra”, como se autodefine de modo risueño este hombre de 60 años, que dicta clases en su taller de Andacollo, la cuna minera del norte neuquino.

Pedro dejó su casa en San Martín de los Andes a los 16 años. Allí se crió con 14 hermanos y recuerda las tardes de pesca y chapuzones en los lagos con sus amigos, hasta que caía la noche.

Se vino al Alto Valle en busca de un futuro. Y trabajó en las cosechas. Anduvo por la costa del Valle Azul, Chichinales y Chimpay. Después de hacer “la colimba” se empleó en Neuquén, en una empresa de perforaciones.

Mesita ratona de piedras y madera. Entre las diferentes clases de artesanías que realiza Pedro. También produce "utilitarias como mesadas, panquequeras de piedra y hasta un juego de damas con fichas.

La represa de Piedra del Águila, los puentes del Collón Cura y Villa la Angostura, oleoductos, el montaje de líneas de alta tensión y muchos edificios grandes de la región figuran entre las obras donde hizo perforaciones. Luego viajó con la empresa por todo el país.

"Me crié en San Martín de los Andes, antes del impacto del turismo, cuando la gente podía recoger leña en los faldeos. Hoy disfruto de la belleza del norte neuquino y de su gente".

Pedro Tejerina, artesano

El trabajo, con cambio continuo de lugares, le permitieron conocer, experimentar y profundizar su mirada en la composición de los paisajes. Vida en lugares desolados, pero con casillas rodantes bien equipadas.

Así fue hasta que la columna vertebral le dijo basta y se la fijaron con dos operaciones y ocho tornillos.

El mensaje del médico fue terminante: no podía volver a trabajar. “Culpa de hacerlo a lo bruto”, explica ahora Pedro.

Tierra de amor y familia

Pedro Tejerina (izq) junto a toda su familia. La que formaron con Martha en Andacollo. Aquí se los ve en la cantina "La Piedra", que construyeron en Manzano Amargo.

Su andar se detuvo en Andacollo, donde formó una familia con Martha Albornoz en los `90 y criaron cuatro hijos. Ella se convirtió en el verdadero sostén. Siempre con bajo perfil y trabajando como docente, ceramista y luego en turismo, tras estudiar la carrera.

Sin poder tener un empleo formal, Pedro hizo de chofer, trabajo en una metalúrgica e hizo changas para ayudar a subsistir.

“La cabeza te trabaja un montón cuando no podés hacer lo que sabés. Y como siempre me relacioné con las piedras, tenía unas grandes de mármol en el patio. Agarré una punta y una maza. Me senté y les di durante cuatro horas. Me saqué la bronca y descargué la impotencia de no poder trabajar. Y así fue como le encontré una figura a la piedra. Así fue como me hice artesano”, relató lleno orgullo Pedro.

Aquí en un momento de juego con su nieto, al que iba a visitar a Manzano Amargo, pero el coronavirus complicó los contactos. Todos los veranos trabajan y distrutan en familia en la cantina "La Piedra". (Foto Viviana Portnoy)

Compró herramientas y se terminó de formar como tallador de piedras con Juan Ceballos .

En el 2000 fue contratado por el CFP de Andacollo para dar clases. También las dictó en Las Ovejas y en El Huecú. Le asombró que fueran todas mujeres las que asistieron. Y explicó que en el oficio la paciencia y la inspiración son fundamentales.

Soy un privilegiado por haber conocido el norte neuquino. Es un lugar de inspiración, al igual que mi familia. Es lo que me motiva a hacer las artesanías"

Pedro Tejerina

Anduvo de gira con toda su familia por las fiestas de los pueblos de la región, visitando ferias, para vender sus artesanías. Ahora ya no sale más.

Trabaja con piedras de la zona: mármol blanco, auque, toba, alabastro y pizarra
La comunidad mapuche de Junín de los Andes, Namuncurá, distinguió a Pedro Tejerina por su obra con las puntas de flecha. Los asesoró para que hicieran réplicas y no vendieran las originales.

Con sus hijos y consuegro construyeron una cantina en Manzano Amargo. El material que usaron no podía ser otro que las piedras redondas que pule el río Neuquén. Todos los veranos se instalan allí para atender a los lugareños y turistas con un servicio de comidas rápidas

Dice que todos tenemos un don. Que quizás no nos damos cuenta que está o aún no despertó. “A esa potencialidad que guardamos, si le ponemos voluntad, la podemos transformar en objetos, en arte”, concluyó.


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