Pesca con mosca en otoño: las claves de Pablo Saracco

¿Estás pensando en una escapada de pesca para Semana Santa? Aquí uno de los referentes de la actividad aporta sus consejos para probar suerte, en especial en los ríos Limay Medio y Chimehuin, los santuarios de las truchas marrones migratorias.   

 

 

 



EL río Chimehuin.

Escapadas para Semana Santa. Uno de los referentes de la pesca más seguidos en la región aporta sus consejos para ir por la trucha soñada en otoño, en especial en los ríos Limay Medio y Chimehuin. Qué conviene hacer en los días otoñales soleados y cuál es la estrategia en los días más fríos.  

“El otoño es un momento de transición. Los días se acortan, la luz incide de otra manera en los ambientes, la temperatura por una cuestión de ángulo y de duración del día va disminuyendo. Y como aún no empieza la temporada de lluvias los ríos están bajos, el agua se enfría y la actividad de los peces resurge. Con mañanas y tardes frescas, el período de más actividad es a partir de 10.30, 11 de la mañana hasta las tres, cuatro o cinco de la tarde, dependiendo del lugar, esto más que nada en los ríos de cordillera”, describe Pablo Saracco.

Con moscas secas y ninfas


“La pesca que se puede hacer es con moscas secas y ninfas: en abril y mayo en los días lindos y soleados hay mucha actividad de efímeras o mayflies y las truchas empiezan a comer en superficie ni bien los rayos de sol comienzan a calentar a eso de las 10.30”, continúa Pablo.

Les comparto un video que si bien está filmado en mayo del 2018 describe lo que es la pesca a partir de ahora. 


“También es un momento en que las truchas marrones todavía no desovan pero empiezan a ocupar los lugares y sectores de desove. Las truchas residentes dentro del mismo río o en algún tributario menor. Y los grandes reproductores de marrones que viven en el lago y se mandan a los ríos, por ejemplo el Limay o el Chimehuin. Ocurre en todos los ríos pero acaso en estos dos están las truchas más grandes, las poblaciones de marrones más significativas”, amplía.

A medida que se va cerrando la temporada, ya con más frío, hay mucha más presencia de esas marrones. “No se sacan con mosca seca como las residentes en este momento sino con streamers, moscas que imitan pececitos cubriendo mucha agua. Las migratorias son el incentivo más grande: al vivir en el lago, tienen un desarrollo mayor”, dice Pablo.

Dos opciones

Y concluye: “De modo que tenemos un poco de las dos cosas en este momento: en los días lindos de otoño con poco viento, actividad con insectos entre las 10.30 y las 16, aproximadamente. Se puede pescar muy bien con secas y ninfas que imiten mayflies y algún caddis (tricópteros). O bien durante todo el día (esto se potencia en los días de mal clima) la pesca de las marrones migratorias que se pescan de otra manera. Para estas marrones, el Limay es un poco la meca y el Chimehuin está un poco olvidado, porque hace mucho que no ven las grandes marrones de otros años. Pero hay marrones de muy buen tamaño y se puede hacer esa pesca también”.

Más info: FB Pablo Saracco – Pesca Explícita

Pablo está por volver al Limay superior en pocos días. “Y eso me recordó algo que escribí temporadas atrás, muy apropiado a la ocasión. Como para no olvidar dónde y a que voy”, afirma. En las líneas que siguen, un texto de su puño y letra, de esos que sus seguidores comparten y comentan en las redes.

"La mitad de la historia"


Ir tras un gran pez, es una empresa en la que casi siempre, hay que invertir todo. Cuando digo “invertir todo”, no me refiero solo a dinero. Casi podría decir que el vil metal, en estos casos, no resuelve casi nada. Lo que es mi deseo señalar, es mas precisamente lo que no se compra con papeles de colores.

Pablo Saracco en el Limay

En primer lugar, se trata de actitud mental, a la cual quedará absolutamente subordinado, el rendimiento físico. Si la mente es fuerte, el físico la seguirá sin dudar; como un soldado que confía ciegamente en un superior. Porque hay que entender que la pesca de grandes peces migratorios, casi en todos los casos, nos va a pasar una factura muy abultada en estos dos rubros. Nos va a dejar “heridas” físicas y mentales. Muchas veces va a sepultar nuestro ego en los mas oscuros sótanos de la humillación haliéutica. Pero con eso tampoco alcanza. 


En segundo lugar, consiste en entender, que las chances de poder lograr lo que pretendemos, se basan en haber acumulado años de experiencia con una caña en la mano. Haber pasado por los tormentos mas denigrantes que la naturaleza de esta pesca tiene preparados para nosotros, mil veces. Y tener claro que esas son las reglas de este juego. Cuando refiero al Limay superior, pretendo que quede claro que es uno de los lugares mas emblemáticos en cuanto a lo que quiero significar.

Hace años atrás, cuando la era digital aún no había colonizado las vidas humanas, tomar fotos de pesca no era tan simple. Las cámaras eran enormes y pesadas como para llevarlas en un bolsillo. Los rollos valiosos y limitados en exposiciones, el revelado lento y perezoso, además de costoso. No era posible saber si la toma había sido correctamente ejecutada. Solo uno, a lo sumo dos disparos, eran las chances de volverse con una buena foto. Por si eso fuera poco, hasta que otros pudieran ver el testimonio de nuestro éxito, pasaban días, o semanas. Si la impaciencia nos ganaba, llevábamos el rollo a revelar a poco de llegar del viaje. Luego, en unos dos o tres días…a veces mas, estaban las fotos reveladas. Luego, encontrar el momento para juntar a los amigos en el club y mostrarles por fin las imágenes.

Se estarán preguntando, que tiene que ver mi primer párrafo, en el que hablo de la mente y el físico, y el siguiente, en el que cuento anécdotas sobre los viejos tiempos de la fotografía. 
Sigan leyendo.

En aquellos viejos tiempos, la fotografía contaba una parte de la experiencia, al igual que hoy. Eso no ha cambiado. Pero por entonces, la otra parte, la contábamos nosotros en el momento en que exhibíamos las mismas, impresas en papel, ante los ojos de nuestros compañeros de pesca, asado de por medio. 

En los tiempos modernos, la imagen se comparte a la velocidad de la luz. La foto de nuestro pez, ya la han visto miles de personas, muchos de los cuales no conocemos o hemos visto jamás, antes siquiera de que se nos sequen las manos, luego de perdonarle la vida al escamado y resbaladizo ser. 


Foto. Punto. Eso es todo. No hay historia. Falta la otra parte.

Y en estos casos, una imagen no solo NO vale ni mil palabras, ni diez. No vale casi nada. Es una foto mas en un océano de fotos todas iguales. Muchas veces de gente ajena a nuestros afectos y confianza. Sin historias. Sin relatos. Sin la experiencia.


El relato de lo vivido, es justamente lo que hace que quien pretenda ir tras un pez grande (o cualquier pez), entienda en que consiste este juego, que es el que describo en el párrafo primero, y que de no hacerlo, la foto no lo transmitirá nunca. 

Creo que hoy día, es muy importante que la experiencia trascienda de manera hablada o escrita, para que quienes la ignoran, sepan qué se esconde detrás de un montón de píxeles de colores que representan un pez. 
Simplemente, para que tengan claro en toda su dimensión, que es lo que están deseando. 

Esta foto, en la que aparezco sonriente con esa trucha, cuenta una historia de horas y horas de lanzamientos largos, muy largos, Frecuentes enredos de la línea. Lidiar con el viento demencial y las corrientes. Vadear en terreno irregular, a veces peligroso. Revisar todo el tiempo si la mosca y el anzuelo están bien. Si no hemos hecho nudos de viento que terminen en cortes. Ser asaltado por las dudas constantemente: “están y no abren la boca? o no están?”. “Pican en el strip o en el swing”. “Habrán entrado al río con esta rosca?” “La mosca? Será que cuando quieren agarran cualquier cosa?” “Voy del lado de Río Negro o Neuquén?”. “Cuantos botes se largaron hoy?”. Y la lista sigue, interminable. 

Por eso, ese pez que se ve en la foto, es el testimonio de una gema en un mar de esperas, vacilaciones y desengaños, pero también de aprendizajes, y muy de vez en cuando, de “finales felices” Un testimonio de fe, de pasión. De décadas, de mil “batallas”. De historias contadas en una mesa con amigos. Una mesa real, de madera, con platos reales, de madera, y carne humeando en la parrilla, a metros de nosotros.



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