Piensa mejor
Francisquí está rodeada por el transparente Mar Caribe. En media hora a pie se recorre toda la isla, donde viven dos personas que no se hablan. Allí, tres perros feroces ladran. Pueden comerse lo que se les cruce. Don Elis los tiene para que no se acerque nadie. A 700 metros de Don Elis está ahora el otro habitante. Se llama Jesús. Toma ron y charla con una pareja que acampará en la playa de la isla. Les habla de sus seis hermanos que viven en Caracas, a una hora de avión, y de su papá, que es imposible sacar del campo. Jesús también les cuenta su vida. Hace dos décadas que maneja una lancha taxi. Trabajó para pagar las deudas de la noche anterior. Se encaminó. Ganó mucho dinero. Compró una lancha. Construyó una casa en el Gran Roque, otra isla a 15 minutos de Francisquí. Planeó establecerse ahí. Le prestó su lancha a dos amigos y se la devolvieron partida en dos. “Un tipo los pasó por encima. Los dos chamitos se salvaron. Eran menores y no cobré nada. Pude ir preso”, recuerda Jesús y añade: “Perdí el trabajo, a mi mujer y mi casa. Pero la ruina no fue total: uno siempre se puede levantar otra vez”. Volvió a una lancha y sigue siendo empleado. Gana menos pero ahorra si se queda en Francisquí: “Cuido una casa que los dueños no terminaron de construir. En el Gran Roque están los amigos, el ron, el baile, las drogas… cada uno con su broma”. Al principio sufrió con los puri puri, una suerte de pulga con alas. Enloquecido, una noche intentó dormir en la lancha, en medio del mar. Llovió, le dieron ganas de llorar y se cuestionó: “¿Qué hago acá? ¿Para qué?”. Consiguió un mosquitero. Ya no sufre las picaduras. Duerme tranquilo después de un trago de ron. Para Jesús hubiera sido mejor terminar la escuela que abandonó a los 11 años. Hace unos días se devoró un libro que le dejó una turista y aún se sorprende: puede elaborar frases enteras. Hasta le cuesta creer que le está contando su vida a la pareja de turistas. En unos días Jesús gastará sus ahorros con su mujer y sus dos hijos, que viven en Caracas. “Cambié pero no me arrepiento de nada, me divertí mucho. Mi hermanito pinta cuadros y gasta de más, como hacía yo. Pero Jesús ahora piensa más. En realidad no piensa más, piensa mejor”, reflexiona sentado en la arena. Antes de despedirse le cuenta a la pareja que un día quiso conocer al otro habitante de la isla: “Intenté ir hasta su casa y me ladraron unos perros. Pensé que me iban a comer. No voy más por ahí”.
Juan ignacio pereyra