Piloto automático

Por Redacción

Tanto Néstor Kirchner como Roberto Lavagna están empeñados en hacer creer que la economía nacional está recuperándose con rapidez, opinión que esporádicamente se ve respaldada por declaraciones formuladas por instituciones como el FMI y consultoras extranjeras en las que se manifiesta cierta sorpresa por las buenas señales que se han detectado. El optimismo cauto así supuesto es positivo, porque de difundirse la impresión de que la Argentina está por ingresar en una etapa signada por el crecimiento llegarán más inversiones que, con suerte, servirán para estimular la actividad, pero de por sí no puede considerarse un sustituto de una estrategia global encaminada a permitir que por fin el país supere los muchos obstáculos «estructurales» que lo tienen acorralado desde hace varias décadas. Sin embargo, hasta ahora no se dan motivos para suponer que el gobierno está aprovechando el período de gracia que le han brindado la luna de miel poselectoral y un contexto económico internacional muy favorable para elaborar un plan de largo plazo. Antes bien, parece haber decidido que, ya efectuadas las «reformas» que fueron impulsadas por Eduardo Duhalde, lo único que le es necesario hacer es esperar a que la economía, liberada de las cadenas neoliberales que la habían mantenido postrada, empiece a asombrar a los demás por su productividad, razón por la que ha hecho de la defensa del dólar «recontraalto» una prioridad absoluta. A juzgar por su propia retórica, Kirchner realmente cree que es una «mentira neoliberal» suponer que sin cambios profundos la economía argentina continuará siendo intrínsecamente incapaz de prosperar en el mundo actual, de suerte que desde su punto de vista la forma más eficaz de «reactivarla» consistirá en luchar con tesón contra las reformas reclamadas por quienes quisieran impedirle avanzar y continuar dependiendo de su propia versión del piloto automático, porque a su entender los cambios básicos ya se habrán visto concretados. Como decía Duhalde, el nuevo «modelo» ya está, de manera que lo único que tendría que hacer el gobierno es defenderlo contra sus enemigos.

Desgraciadamente para quienes piensan de este modo, y parecería que son muchos, últimamente han asomado algunas nubes sobre el horizonte. El miniboom en ciertos sectores que fue desatado por la sustitución de importaciones en los meses que siguieron al default, la devaluación y la pesificación asimétrica está agotándose y las ventajas de una tasa de cambio distorsionada ya no son tan decisivas. El empleo ha aumentado, pero muy poco, y los salarios siguen en el subsuelo. Así, pues, luego de varios meses de registrar mejoras en sectores determinados, los índices volvieron a deprimirse, motivo por el que después de guardar un silencio respetuoso durante más de un año los escépticos están insistiendo en que a menos que el gobierno se anime pronto a tomar medidas más firmes el país no tardará en empantanarse nuevamente, si bien lo haría a un nivel mucho más bajo que el alcanzado sólo dos años antes.

Entre las causas del pesimismo incipiente está la sospecha de que el gobierno del presidente Kirchner no cuenta con ningún «plan» o «proyecto» salvo el supuesto por su negativa a hacer concesiones al FMI, a las empresas privatizadas o a cualquier otro que en su opinión resultó privilegiado por el tan denostado «modelo menemista».  Asimismo, en el caso de Lavagna, el que su gestión haya sido festejada como un éxito porque el país no se ha precipitado en la hiperinflación ni el caos parece haberlo convencido de que ya tiene la fórmula más apropiada que consistirá en intentar solucionar los problemas puntuales sin dejarse preocupar por los reparos de quienes hablan de «coherencia» y de «programas sustentables». Dicho de otro modo, ya son muchos los que creen que Lavagna ha tomado el cortoplacismo sistemático por una estrategia viable a largo plazo, actitud ésta que reflejaría la convicción de los teóricos del ala progresista del peronismo de que antes del arribo de Carlos Menem -o, quizás, de Isabel Perón-, la economía argentina era en verdad un organismo muy sano y que por lo tanto su recuperación será consecuencia de la eliminación del veneno que le fue inyectado por una larga serie de gobernantes «ortodoxos» o «neoliberales».


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