Plan
Columna semanal
EL DISPARADOR
En un arrebato entre filosófico y psicológico, Isidoro Reyes decreta para sus adentros que en la vida siempre hay que tener un plan. Las metas le parecen importantes, pero valora más el concentrarse en construir un camino que no sea un desperdicio.
Tener un plan no es lo mismo que tener una obligación. Es querer hacer cosas con un sentido. Es, cuando la derrota o el desánimo nos invaden, tener una excusa para no derrumbarnos. Es, como herramienta y no como imposición, tener ganas de tener ganas. Es tender puentes, no dinamitarlos. Es urdir estrategias para detenernos en las cosas pequeñas, indispensables para lo grande.
Como dice el médico y psicoanalista Luis Chiozza, no vivir una vida que no es vida, porque -argumenta- “la angustia, el desgano y la vida que se siente desperdiciada son precondiciones fundamentales de la enfermedad”.
Esto del plan, piensa Reyes, contempla que durante el recorrido se pueda cambiar. Ofrece la flexibilidad de que si no es el que queremos, se puede alterar sin importar que ya estemos a mitad de camino. Incluso, mejor estar a mitad de camino que cerca de llegar a un destino que no queremos.
Dice Chiozza que se debe reparar en que vivir sin sufrir es una utopía y en que ni la filosofía ni la psicoterapia pueden prometernos la felicidad, sino que podrán, a lo sumo, ayudarnos a sustituir el sufrimiento neurótico por el sufrimiento que es normal en la vida. “Frente a los sufrimientos que no valen la pena que ocasionan, existen otros que, como el proceso de duelo, valen más que esa pena, porque retribuyen el dolor sufrido generando a la postre un bienestar genuino”, señala.
A Reyes lo obsesiona la idea de que vivir no tiene que ser en vano ni desaprovechado. Más aun cuando escucha a alguien decir cosas como: “Si un día me enfermara, dejaría todo, cambiaría mi vida y me iría a viajar”, “El día que me divorcie, voy a estar feliz, es mucho mejor estar solo”. Más allá de la fantasía de esas frases, lo que inquieta a Isidoro es la necesidad de los que anteponen un condicionante al supuesto deseo; esa cosa de “el día qué…”, “si alguna vez…”, “cuando tal cosa…”.
Al contrario, Reyes se emociona cuando escucha a un amigo celebrar una experiencia. Como uno que al volver de un largo viaje por Asia le contó que por fin había conocido Mongolia, lugar al que siempre había soñado con ir: “Chango, si en ese momento explotaba todo y me moría, ya está, yo estaba feliz. Ahora, claro, surgen otros sueños. Siempre es así”.
A Isidoro lo entusiasma la idea de que vivir tiene que ser eso que cuando te llegue la muerte, uno diga: ‘Bueno, esto es lo que realmente quería hacer’. O al menos, que te encuentre caminando en esa dirección, hacia donde uno cree que sale el sol. Y no en el sentido contrario. Por eso, se propuso, tener -a mayor o menor plazo- un plan, aunque a veces tal vez solo sea para no cumplirlo.
Juan Ignacio Pereyra
EL DISPARADOR
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