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¿Podemos vivir juntos?




Hace 35 años la posmodernidad era la última moda intelectual. Ha pasado mucha agua bajo el puente desde entonces (entre otras cosas, cayó el comunismo, resurge el nazismo en Europa, los sociedades se han partido en bandos irreconciliables), pero mucho de lo que se discutió entonces puede ayudarnos a pensar nuestro mundo: ¿podremos vivir juntos?


¿Qué plantearon los teóricos de la posmodernidad? Ellos sostenían (en especial Jean-Francois Lyotard) que se debía desmantelar la idea de una historia universal del progreso humano. Frente a la violencia ejercida por las naciones occidentales contra los pueblos no europeos no se puede seguir rescatando la racionalidad moderna, nacida de la Ilustración, como el colmo de la inteligencia humana. La filosofía moderna era vista como cómplice del exterminio nazi, del etnocentrismo y del racismo.


Jürgen Habermas, sin dejar de reconocer que el legado del pensamiento occidental es problemático, considera que Deleuze, Foucault y Lyotard (los grandes posmodernos) son neoconservadores, por no ofrecer ninguna razón teórica para tomar una dirección social mejor que otra. Les critica que su pensamiento no permita transformar positivamente la realidad. Habermas sostiene que hay conservar al menos un eje básico para no abandonar la “crítica racional de las instituciones existentes”. Abandonar esta perspectiva “universalista” es, para el filósofo alemán, traicionar las esperanzas sociales. No puede haber democracia que se sustente en el punto de vista posmoderno.


Abandonar esta perspectiva “universalista” es, para el filósofo alemán, traicionar las esperanzas sociales. No puede haber democracia que se sustente en el punto de vista posmoderno.



Entre ambas posiciones terció Richard Rorty. Al igual que Lyotard, Rorty desecha los “grandes relatos” que explican todo desde la tradición metafísica. Pero, a diferencia de Lyotard, Rorty cree que es necesario conservar algunas narrativas que nos estimulen a mejorar el mundo en un sentido que nos parezca positivo (por ejemplo, porque elimina la pobreza u ofrece más libertad a los individuos).


Rorty se inspira en John Dewey al pensar que podemos tener una narrativa histórica moralmente edificante sin aceptar un fundamento metafísico: es decir; podemos creer que es positivo luchar contra la discriminación racial sin apoyar esa lucha en la verdad o en una ética superior. La democracia liberal, para Rorty, no necesita de la creencia en la verdad.
Rorty cree que los posmodernos están filosóficamente en lo cierto pero que su política es insensata. Y que los filósofos “ortodoxos” además de estar filosóficamente errados son peligrosos desde el punto de vista político porque terminan siendo etnocéntricos (ya que creen que la razón occidental y “la verdad” son éticamente superiores a las demás culturas).


Rorty debate también con el antropólogo Clifford Geertz (que propicia “un relativismo cultural moderado para resolver los problemas que surgen de las diferencias culturales”). Rorty cree que el instrumento de nuestra sociedad para resolver lo que Geertz denomina “cuestiones sociales críticas, centradas alrededor de la diversidad cultural” consiste en tener a mano en la democracia liberal muchos especialistas del amor y especialistas de la diversidad.


Habría que pensar la democracia liberal como ese gran bazar árabe en el que todos vivimos, pero que, a la vez, permite que cada uno se refugie en su propio club.



¿Quiénes son estos estos especialistas del amor y la diversidad? Los periodistas, los antropólogos, los historiadores, los divulgadores de la diversidad. Gracias a documentales y relatos que nos muestran el lado positivo de otras culturas mucha gente de occidente está ahora más abierta a aceptar otros puntos de vistas culturales y convivir con las diferencias en vez de pensar en arrasar como “atrasados” con aquellos que tienen otras normas.


Rorty propone, para la democracia liberal respetuosa de las diferencias culturales lo que él llama “la construcción de un mercado árabe que incluya al club inglés”. El mercado árabe es la sociedad liberal: para convivir todos deberemos respetar normas universales (pocas y claras; por ejemplo, que en los espacios públicos no impondremos normas que solo le interesan a unos pocos) y todos tendremos también derecho de crear lugares (“el club inglés”) en los que nuestras creencias más personales -y quizá más enfrentadas a otros grupos- pueden manifestarse sin que nadie nos imponga otro límite el del respeto a los derechos humanos declarados por la ONU: no se puede torturar a otro aunque alguien crea que eso es una característica cultural de su grupo, pero si se puede prohibir el ingreso a ese “club” a gente que piense distinto.


¿Podremos vivir juntos en un mundo que cada día hace del odio al otro el combustible con el que funcionan las sociedades? Creo que la posición filosófica y política de Rorty ofrece un principio de solución.


Habría que pensar la democracia liberal como ese gran bazar árabe en el que todos vivimos, pero que, a la vez, permite que cada uno se refugie en su propio club inglés para vivir sus particularidades culturales sin que el otro se sienta molesto (ni moralmente superior).


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