Poder y polarización



Al iniciar su gestión como presidente, Néstor Kirchner entendía muy bien que la mejor forma de “construir poder” consistiría en polarizar el país, dividiéndolo en dos para que, con la ayuda que le brindarían el control de los recursos financieros del Estado y la voluntad generalizada de dejar atrás una crisis económica y política sumamente confusa, pudiera erigirse en el jefe indiscutido de la parte mayor. Desde su punto de vista, el esquema, que había perfeccionado como gobernador de Santa Cruz, funcionó muy bien. Antes de la elección presidencial del 2003, la ideología o, si se prefiere, relato que el matrimonio Kirchner haría suyo disfrutaba del apoyo de una minoría reducida, pero no bien optó el expresidente Carlos Menem por borrarse del escenario, Kirchner, que había conseguido menos del 23% de los votos a pesar de contar con el respaldo del entonces presidente interino Eduardo Duhalde y de tener a su lado como compañero de fórmula al ya popular Daniel Scioli, vio subir vertiginosamente su índice de aprobación, lo que, combinado con las esperanzas que depositaron en él muchos que, días antes, habían respaldado a Menem o al radical Ricardo López Murphy, le permitió imponer su propia agenda, la de un mandatario provincial avezado, de instintos más conservadores que progresistas, que se adaptaba con facilidad a las circunstancias para incorporar a su movimiento creciente sectores diversos que a su juicio podrían resultarle útiles. Con todo, aunque la polarización lo ayudó a consolidar su poder, la necesidad de mantenerla provocando más conflictos significó que, andando el tiempo, el kirchnerismo haría de la confrontación un fin en sí mismo, lo que tendría consecuencias muy negativas para el país y, es de prever, para muchos militantes. Una proporción sustancial de los errores cometidos por el gobierno kirchnerista en el transcurso de “la década ganada” se debe a nada más que la costumbre de hacer de cualquier diferencia de opinión el pretexto para una batalla supuestamente épica que tendría que ganar costare lo que costare. El gobierno destruyó el Indec por no querer brindar la impresión de retroceder ante quienes sugerían que le convendría intentar frenar la inflación. Muchas medidas económicas que a la larga resultarían contraproducentes se inspiraron en la voluntad de Néstor Kirchner y su esposa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, de figurar como paladines de la heterodoxia en guerra con el FMI, el “neoliberalismo” y los líderes de los países desarrollados. Los Kirchner se ensañaron con el grupo Clarín, y con muchos otros medios periodísticos, por haberse habituado a embestir contra cualquiera que en su opinión procuraba limitar su poder. Más tarde, se verían agregados a la lista de enemigos mortales la Corte Suprema y el resto del Poder Judicial por no prestarse a la cruzada contra los medios. Los ataques no son la consecuencia previsible de la adhesión de la presidenta a una ideología determinada sino de la convicción, compartida con sus partidarios incondicionales, de que el poder nace de la confrontación y que por lo tanto nunca podrá arriesgarse batiéndose en retirada. La lógica así supuesta no ha cambiado. Para los kirchneristas, la campaña electoral que está en marcha tendrá que ser un mano a mano entre Cristina y su competidor mejor ubicado que, según las encuestas, es el intendente de Tigre, Sergio Massa, de ahí los esfuerzos por pintarlo como un opositor frontal. Aunque Massa no podrá desconocer la participación de Cristina en la campaña, parece más interesado en incomodar a rivales como Scioli y Francisco de Narváez. Por supuesto, si logra que los bonaerenses se polaricen entre su propio movimiento incipiente y el de Scioli –por ahora cuando menos, De Narváez se ve marginado–, la gran perdedora sería Cristina, ya que no le es dado resignarse a desempeñar el papel de observadora de una lucha entre terceros. Es de prever, pues, que en las semanas venideras redoble los esfuerzos por reconfirmar su propio protagonismo aun cuando sólo consiga debilitar a su delegado, el intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde y, huelga decirlo, hacer todavía más difícil el equilibrismo de Scioli que está procurando compatibilizar su hipotético compromiso con el “modelo” con su aspiración de suceder a Cristina en la Casa Rosada.


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