«Por fin Argentina haciendo punta en algo»
Si la realidad no fuera tan dramática la cosa daría para el humorismo. «Pan y circo», decían en la antigua Roma; el devenir de los siglos nos ha dejado el circo pero sin el pan.
Cuando muchos niños argentinos -al igual que los de Kenia- buscan su alimento en los basurales el gobierno destina seiscientos millones anuales (¡seiscientos millones!) para garantizar el derecho a la diversión.
¿Qué se trae este caballo de Troya? Creo que el Estado está para garantizar la satisfacción de necesidades básicas y que el «divertimento» se lo debe procurar cada uno en la medida en que su bolsillo se lo permita.
Parece que el gobierno no se entera de que hay niños desnutridos ni de que la educación pública es un desastre nacional, según los informes de especialistas en el tema. Pero claro, los niños no votan.
Indudablemente el poder de convocatoria que tiene el fútbol en el país es muy grande; no obstante no todos somos futboleros, y como estamos viviendo en democracia se impone la igualdad ante la ley, en función de lo cual reclamo mi derecho a la diversión, que es el cine.
Don Kristensen, un viejo vecino de Cipolletti fallecido hace años y que me honrara con su amistad, siempre decía «Criticar es fácil, cualquier tonto lo hace». A pesar de ello, me arriesgo y digo que el Estado, en su función redistributiva del «ingreso público», debería tener especial cuidado en el «gasto público» y evitar el derroche. Visto que las necesidades básicas están lejos de ser satisfechas, no encuentro la necesidad de satisfacer la diversión.
Doscientos veinte años pasaron desde la Revolución Francesa, que tuvo lugar invocando los principios de libertad, igualdad y fraternidad. ¿Y aquí qué tenemos? Libertad para -al igual que los perros de la calle- hurgar en las bolsas de residuos buscando un desecho para comer e igualdad -se entiende de oportunidades- que sólo estaría dada por una buena, pública y gratuita educación, actualmente inexistente. Conozco gente de clase media baja que con esfuerzo paga la cuota de un colegio privado a fin de garantizar como mínimo los 180 días de clase para sus hijos. De la «fratenité» ni hablar; es una utopía de todos los tiempos y de todos los lugares.
Ante este panorama, el gobierno se permite distraer alegremente seiscientos millones para garantizar el derecho a la diversión cuando, según Unicef y dicho por Adolfo Pérez Esquivel, en la Argentina mueren 25 niños por día a raíz de una pobreza estructural a la cual el Papa tildó de «escándalo». Espero que Dios y la Patria demanden en algún momento.
Lucía Bedin, DNI 16.407.296
Neuquén