¿Por qué fracasan las naciones?

Redacción

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Las desigualdades en el mundo, y particularmente la existencia de países miserables en un contexto de países prósperos, ocupan a estudiosos cada vez con mayor dramatismo y urgencia. Como es de esperar, no hay respuestas indiscutibles sobre la pobreza o empobrecimiento de las naciones. Históricamente reinaron teorías como la que propuso Montesquieu con lo geográfico como decisivo (el clima tropical, la facilidad del territorio y la resultante lasitud de los habitantes) o la hipótesis cultural que planteó Max Weber (valores negativos en africanos o latinoamericano frente a la ética del trabajo en países protestantes europeos). Existió, y existe, al compás de “soluciones” específicas que plantean organismos financieros internacionales, una hipótesis de ignorancia por parte de los dirigentes de países atrasados (los gobernantes ignoran cómo hacer y necesitan asistencia técnica). En un libro que es ahora best seller en Estados Unidos se presenta una opinión disidente. Ninguno de esos factores sería un determinante o configuraría un destino. Muestra que son las instituciones políticas y económicas hechas por los hombres las que subyacen al éxito económico de las naciones o a su fracaso. “Why Nations Fail” (el título de esta nota) tiene por subtítulo “The Origins of Power, Prosperity and Poverty” y como autores a Daron Acemoglu y James Robinson. El primero es un joven economista turco-norteamericano que es investigador en el MIT. El segundo es un cientista político, profesor en Harvard. El libro que han presentado hace pocas semanas es fruto de una tarea de investigación que les insumió quince años y ha sido recibido con dianas suscriptas por varios economistas que lucen el Nobel. Destacan sus coincidencias con el contenido del libro. Kenneth Arrow dice que sus ejemplos muestran “cómo los desarrollos institucionales han tenido enormes consecuencias; la apertura de la sociedad y el dominio de la ley son decisivos para el desarrollo económico”. Peter Diamond expresa que “las instituciones políticas han determinado si un país es rico o es pobre”. Y el profesor de la New York University Dani Rodick, elogiando la “simple pero irrefutable explicación” que dan los autores acerca de los países que fracasan, reclama: “It’s the politics, stupid!” . En un capítulo sobre los orígenes históricos de la prosperidad y la pobreza de las naciones, los autores presentan su teoría sobre por qué algunas son prósperas mientras otras fracasan y son pobres. Según ellos, los países exitosos son los que han desarrollado instituciones económicas y políticas “inclusivas”. Éstas refuerzan los derechos de propiedad, crean un nivel de intercambios y alientan inversiones en nuevas tecnologías y habilidades. Las instituciones políticas distribuyen el poder de manera pluralista, al mismo tiempo que gozan de la centralización necesaria para garantizar la ley y el orden. Opuestamente, los países fracasan porque mantienen instituciones económicas “extractivas”, sinérgicamente ligadas a instituciones políticas concentradoras de poder en manos de pocos, que así tienen incentivo para mantener el statu quo en la economía. No es posible más que mostrar lo básico en un enciclopédico volumen (529 páginas) que trae referencias que van desde el Imperio Romano a las ciudades-Estado de los mayas, Venecia medieval, la Unión Soviética, América Latina, Inglaterra, Europa, Estados Unidos y África. Una idea clave es la que se refiere a los “turning points”, cambios abruptos en la historia de los países, algunos para bien, otros para mal. El más trascendente fue la revolución política de 1688 (la “Glorious Revolution”), que cambió las instituciones en Inglaterra y condujo a la Revolución Industrial que desencadenó el progreso en Occidente. La descripción, contrariamente, de “barreras para el desarrollo” muestra cómo los grupos políticamente poderosos en muchas naciones se opusieron a los cambios abiertos por la Revolución Industrial. Este pantallazo nos sirve como marco para dar cuenta de aquello que puede ser de mayor interés para los lectores, esto es lo que atañe a la historia y la situación argentinas, que es comentado en varios títulos del libro. Abundan las referencias sobre nuestro país. Un dato significativo es la comparación del actual PBI argentino (8.620 dólares) con el de Estados Unidos (47.390 dólares), Canadá (43.270 dólares), Uruguay (10.590 dólares) y Chile (10.120 dólares). Los comentarios más concentrados ocupan cinco páginas y comienzan con una cita clásica de Simon Kuznets, quien remarcó una vez que “ha habido cuatro clases de países: desarrollados, subdesarrollados, Japón y Argentina”. Lo dijo, comenta el libro, porque en el tiempo de la Primera Guerra la Argentina era uno de los países más ricos del mundo. Tenía la población más educada de Latinoamérica, ascenso social y clase media pujante, pero su democracia y pluralismo no fueron tan exitosos. Comenzó desde entonces una declinación relativa respecto de los otros países ricos de Europa y Norteamérica que se convirtió en las décadas de 1970 y 80 en una declinación absoluta. Antes de 1914 había experimentado casi cincuenta años de crecimiento económico, pero éste fue un caso clásico de crecimiento bajo instituciones extractivas, con una elite orientada a la exportación. No involucró destrucción económica creativa (la fórmula de Schumpeter) ni innovación. No era sostenible. Cuando las elites abrieron el sistema político ocurrieron movilizaciones negativas para ellas y comenzó desde entonces una alternancia entre gobiernos democráticos y dictatoriales, inaugurados éstos en 1930, año del “turning point” regresivo. Se lee en el libro una reseña histórica sobre la Justicia en nuestro país. En 1853 la Constitución argentina creó una Suprema Corte con atribuciones similares a la de Estados Unidos. A partir de 1887 a la argentina se le confirió el mismo papel de la norteamericana en decidir la constitucionalidad de una ley. Con estas garantías, la Corte argentina podría haber sido un elemento fundamental para el engrandecimiento del país a través de instituciones inclusivas. Pero esto fue impedido por el resto del sistema político y económico, que permaneció extractivo, sin sociedad amplia ni pluralismo. Como consecuencia, la identidad y las funciones de la Corte argentina han sufrido degradaciones históricas (la de Perón en 1946 y la de Menem en 1989 son los ejemplos del libro) que la alejaron de sus posibilidades de garantía superior de la sociedad. La Argentina ha sufrido política y económicamente, al par de la mayoría de los países de Latinoamérica, un recurrente déficit de legalidad. El caso de la Justicia ilustra sobre la importancia de las instituciones para el éxito o el fracaso de una nación. Los autores remarcan que el “círculo virtuoso” ejemplar protagonizado por la institución norteamericana tiene como ejemplo de contrapartida el “círculo vicioso” que se configuró históricamente en el escenario argentino. (*) Doctor en Filosofía


HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

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