Por un puñado de dólares
JAMES NEILSON
SEGÚN LO VEO
Fracasado el primer intento de recuperar la fragata “Libertad” per saltum, llevando el asunto al Consejo de Seguridad de la ONU con la esperanza de que el secretario general del máximo organismo mundial, Ban Ki-moon, les explicara a los ghaneses que lo de la autonomía de la Justicia es una patraña neocolonialista, Cristina optó por dejar el buque insignia de la Armada en manos –mejor dicho, en las garras– de los buitres “mientras yo sea presidenta”. Puesto que los simpatizantes más fervorosos de Cristina quieren que se eternice en el poder, parecería que el gobierno se ha resignado a la pérdida definitiva del velero espléndido, un navío de hermosura impresionante que durante medio siglo ha representado al país en el exterior. Para justificar la negativa a pagar una fianza de 20 millones de dólares yanquis a las autoridades ghanesas, de tal modo liberando la nave, la presidenta ha hecho hincapié en lo terrible que en su opinión sería ceder, aunque fuera de manera indirecta, ante sujetos tan viles que tratan de enriquecerse cobrando deudas morosas. A su entender, están en juego “la libertad, la dignidad y la soberanía del país”. Merced a su tamaño imponente y su costumbre de volar sobre la cordillera a una altitud de más de siete kilómetros por encima del nivel del mar, los cóndores poseen un título de nobleza, pero todos los demás buitres tienen mala prensa. De acuerdo común, son aves asquerosas, carroñeras, que viven de las desgracias ajenas. Así, pues, gracias al ingenio verbal de quien calificó de “buitres” a ciertos fondos especulativos, a Cristina y otros voceros gubernamentales les ha resultado agradablemente fácil satanizar a aquellos acreedores que siguen resistiéndose a aceptar el arreglo que en su momento les fue propuesto por el presidente Néstor Kirchner, tratándolos como buitres inmundos, tan malignos como las harpías que se ensañaron con los argonautas, que salen esporádicamente de sus guaridas fiscales caribeñas para atormentar a la gente honesta. Puede que algunos acreedores obstinados sean personas tan inenarrablemente miserables como dan a entender la presidenta, el canciller Héctor Timerman y otros, pero en sus filas también se encuentran jubilados de países como Italia, el Japón y Alemania que, por perverso que parezca, se creen perjudicados por la conducta de nuestros gobernantes. Muchos comparten la opinión de Cristina acerca de los “fondos buitre”: suponen que por ser “ilegítima” la parte externa de la deuda pública, sería igualmente “ilegítimo” intentar abonarla tratando de negociar con los abogados de los acreedores. Aunque rebelarse nuevamente contra el sistema financiero internacional existente podría tener consecuencias concretas decididamente feas para millones de personas ya muy pobres, tal eventualidad no les preocupa. Viven en un mundo de abstracciones en que sólo importan las ideas. Según ellos, reivindicar el default sobre la base de criterios morales es patriótico, en cambio sugerir que acaso sería mejor procurar reconciliarse con los mercados de capitales es propio de traidores miserables. Es perfectamente posible que los responsables de acumular deudas excesivas hayan cometido un sinfín de delitos que deberían castigarse –al fin y al cabo la clase política nacional siempre ha sido considerada muy pero muy corrupta–, pero se trata de un asunto mayormente interno, detalle éste que la mayoría prefiere pasar por alto. Hace diez años, para rehabilitarse ante la ciudadanía, dirigentes de todas las facciones se las arreglaron para hacer del drama de la deuda pública un conflicto internacional, con la Argentina en el papel de víctima inocente de una horda de capitalistas salvajes foráneos resueltos a depauperar todavía más a la población. Fue en buena medida gracias a la popularidad de esta forma de enfocar el problema que los Kirchner lograron restaurar la autoridad presidencial culpando a los inversores extranjeros y sus socios locales por las penurias del país, pero a la larga la estrategia así supuesta sólo serviría para frenar el desarrollo. A pesar del alivio que proporcionó el boom de los precios de productos agrícolas, en especial de la soja, que fue posibilitado por el crecimiento fenomenal de China, la economía argentina sigue siendo poco competitiva, el reparto de la riqueza disponible se ha hecho aún menos equitativo que en la segunda mitad del siglo pasado, las inversiones se han desplomado, la inflación crónica ha regresado y, como un juez africano acaba de recordarnos, el país dista de haber solucionado los problemas ocasionados por el default festivo. Por un rato, la Argentina estuvo en condiciones de completar el proceso de “desendeudamiento” que puso en marcha el primer presidente Kirchner, pero el gobierno “nacional y popular” tenía otras prioridades y por lo tanto dejó pasar la oportunidad. En la actualidad, no cuenta ni siquiera con los dólares necesarios para que provincias como Chaco paguen sumas que apenas alcanzarían para comprar un departamento modesto en Puerto Madero, el barrio porteño favorito de los políticos oficialistas, de suerte que es comprensible que Cristina no haya querido entregar 20 millones a los ghaneses para asegurar la devolución de un buque emblemático que vale muchísimo más. Fronteras afueras, pocos sienten simpatía por la postura de Cristina. Aunque en el 2002 casi todos reconocían que, dadas las circunstancias, no serviría para nada insistir en que el gobierno argentino abonara lo debido hasta el último centavo, desde entonces mucho ha cambiado al disfrutar el país de años de crecimiento “a tasas chinas”. Por lo demás, nadie ignora que, según las pautas internacionales, la Argentina no es un país indigente. Antes bien, forma parte de la clase media alta mundial, con un ingreso per cápita que es al menos dos veces superior a aquel de China, la “superpotencia” económica emergente, razón por la que la resistencia del gobierno a pagar las pocas deudas que aún siguen pendientes, o a prestar atención alguna a los fallos de los tribunales internacionales, sin por eso desistir de sermonear a los demás criticándolos por sus deficiencias morales, sólo sirve para ampliar cada vez más la brecha que la separa del resto del planeta. Puede que Cristina haya logrado aprovechar políticamente el aislamiento resultante, pero a menos que tomemos en serio las estadísticas producidas por el Indec, el grueso de la población no se ha visto beneficiado por su voluntad de luchar contra “el mundo”.
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