Postales de la nueva inmigración

La Argentina es aún ungran polo de atracción para Latinoamérica, aunque en la última década cambiaron los países de origen. Mientras migrantes tradicionales como chilenos, uruguayoso brasileños estabilizan y “amesetan” su presencia, paraguayos, bolivianos y peruanos ganan fuerte protagonismo tanto en las estadísticas como en la visibilidad cotidiana.

Por Redacción

Los paraguayos se hacen fuertes en la construcción. También en la carpintería. Eficientes. Prolijos. Cumplidores. “Menos cuando a Paraguay le va bien en un mundial de fútbol… ahí, bueno, siempre nos pegamos algún faltazo”, comenta y sonríe Espirión Ibáñez, de 40 años.

Los bolivianos, en la tierra. Familias enteras de cinturas quebradas, azada en mano. Liberando surcos de agua para la verdura. “Por eso somos petisos los bolivianos: tanto doblarnos nos olvidamos de crecer”, reflexiona Julio Humaca –37– mientras acomoda lechuga en cajones de su verdulería de la avenida Centenario a la altura de Olivos.

Los peruanos, comerciantes. Manteros. Custodios. “Y siempre sospechados de que estamos en la droga… que estamos, estamos, pero no estamos todos”, señala Luisa Urquidi. Limeña, con algo más de 50, sigue cosiendo en plaza Lorea un bolso con el que lleva sus cosas de mantera. La plaza en la cual Alfredo Palacios se trepaba a un carro para lanzar sus campañas políticas. Como aquella del 60, cuando logró una banca de senador bajo la épica consigna “En Cuba el barbudo, en Argentina el bigotudo”.

Espirión Ibáñez es uno de los 550.713 paraguayos que viven en la Argentina. Julio Humaca, uno de los 347.272 bolivianos llegados a este suelo. Luisa Urquidi integra el lote de 157.514 peruanos.

El grueso de ese mosaico vive en el 1% del territorio nacional que conforman el conurbano y Capital Federal: algo más de 2.800 kilómetros cuadrados.

Y están integrados a su cotidianidad.

–Yo soy paraguaya, sí, y muy paraguaya. Paraguaya de Nuestra Señora de Caacupé. ¿Sabe quién es? Ella salvó a uno de los nuestros, a un guaraní al que querían matar. Le apareció entre los árboles y le dijo: “Ka’aguy kupe” (escóndase detrás de la yerba). Él se escondió y se salvó –reflexiona “Cuña” Benítez mientras besa una estampa plastificada con la esfinge de la virgen. Rostro regordete, fresco y alegre el de esta paraguaya de 60 años que vende chipá en Arribeños y Juramento –en el barrio de Belgrano– vestida con un delantal inmaculadamente blanco.

–Vine hace 20 años y despacito me traje a mis hermanos. Ahora somos un familión, pero nuestros hijos son todos argentinos.

“Cuña” da forma aquí a la paraguayidad.

–Es la reconstrucción del Paraguay en la Argentina. Con su cultura, sus tradiciones, su historia, expresadas sin buscar diferenciarse de nosotros sino estando entre nosotros con lo suyo pero también cada paraguayo con su individualidad, sus dimensiones personales. Y así los debemos reflexionar, no desde la categoría de “lo nacional” sino desde todo ese bagaje –reflexiona Gerardo Halpern, doctor en Antropología y autor de “Etnicidad, inmigración y política”.

–¿Y con Pombero cómo anda? –le pregunta “Río Negro” a “Cuña”. Su rostro se pone rígido.

–¡Ah no, no, no! Con Pomberito no me meto. Si me pide algo, lo ayudo. No quiero que se enoje –responde.

Pombero. Personaje mítico del planeta guaraní, especialmente entre la gente de campo. Bajo. Greñudo. Malhumorado. Necesario en los momentos difíciles, según la creencia. Mortal cuando lo olvidan. O se burlan de él.

–Ya al momento de hacerse el primer censo, en 1869, fueron censados algo más de 1.000 paraguayos. Con el correr de la historia creció en la Argentina un convencimiento que nada tuvo nunca que ver con la realidad: aquí los paraguayos sumaban dos millones. El censo del 2010 ratificó lo ajena a la realidad que está esa valoración.

(Continúa en la página 24)

(Viene de la página 23)

–Lo que pasa es que cuando un paraguayo tiene hijos en la Argentina los inscribe como argentinos. Para los argentinos del barrio esa familia sigue siendo paraguaya… “los paraguayos de la esquina” –comenta el antropólogo Halpern.

El boliviano Edmundo Morales y el peruano José Zorraquín se sientan a tomar un café en un bar de la terminal de Re-tiro.

Historias de vida

El primero nació en Teoponte, zona de monte cerrado situada al norte de La Paz. Aún recuerda cuando en 1970, siendo él pibe, de la mano de uno de los famosos hermanos Peredo –comprometidos con la aventura del Che Guevara en el sur boliviano– resurgió la guerrilla. “Duró poco”, dice Edmundo.

El segundo migró a mediados de los 80 de Huancavélica a Lima. Luego, a la Argentina.

–Yo hice de todo hasta que un viejito de José C. Paz, donde debo ser el único boliviano porque ésa es tierra de paraguayos, me regaló una Singer vieja y me enseñó tapicería. Trabajo en un taller por Boedo. Me las rebusco. Sufrí mucho hasta que me reconocieran como un alguien que lo que quiere es trabajar. ¿Sabe lo que me dolió durante muchos años? Las colas para un trámite, cualquier trámite. Me llegó a pasar que dijeran: “El que sigue detrás del boliviano”. Soy “bolita”, sí, pero estoy aquí, tengo pibes argentinos… ¿Sabe lo que costaba que lo atendieran a uno en un hospital? –comenta Edmundo.

Y este diario recuerda un hecho que tres años atrás denunció Juan Carr, de Red Solidaria. En visita oficial, llegó a Ezeiza la ministra de Turismo de Bolivia. Desde ausencia de protocolo, con sencillez, formó cola en Migraciones. Luego, un empleado le gritó: “A ver esa boliviana, que se aparte”.

El peruano Zorraquín es mantero. “Ambulante”, se define. Y aclara:

–Ando solo, me instalo donde veo que hay mucho movimiento de gente. A veces, en un día cambio dos o tres veces de lugar.

Vive en Monserrat, zona de okupas.

–Siempre tenemos problemas con la policía, pero aguanto. Yo estoy lustroso, no tengo antecedentes. Y como soy medio solitario, eso me facilita no meterme en líos. Hace un tiempo lo conocí a Edmundo y por eso estoy aquí con usted. Él me quiere enseñar su oficio, pero yo prefiero lo mío. Voy a misa a la iglesia de Constitución. Una vez fui a la catedral, un sábado. Quería conocerla. Un policía se me pegó, yo me arrodillé en un banco y él también, detrás. Yo recé y él también. Yo fui a la tumba de San Martín, me hice la señal de la cruz y él también. Cuando salimos, nos miramos y él me dijo: “¡Qué querés, macho, ustedes tienen una fama!”.

Carlos torrengo

carlostorrengo@hotmail.com