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Potenciar las exportaciones para la salida del confinamiento



Ernesto A. O’Connor*

El impacto de la crisis del covid-19 sobre las economías del mundo es elocuente. El FMI ha confirmado estimaciones de recesión para 2020 muy elevadas, de -4.9% para la economía global, con una buena noticia, que es la previsión de una recuperación de 5.4% en 2021. De todos modos, esta recuperación no es lineal por países. Para 2020 se espera que la economía de EE.UU. caiga -8% anual, y la zona del euro -10.2%. China, en cambio, crecería 1%. En América Latina, Brasil caería -9.1%.


La Argentina no será la excepción, sino que el FMI prevé que su economía caiga -9.9% anual en 2020, estimando sólo un rebote para el año siguiente de 3.9%.


En este sentido, cabe preguntarse si el consumo y la inversión podrán ser motores del crecimiento argentino en 2021, y la respuesta es dudosa. El salario perderá contra la inflación en 2020, y el empleo caerá a la par de la destrucción de empresas privadas por el largo confinamiento establecido, con lo cual, la satisfacción de demanda insatisfecha y el mayor consumo de población bajo la línea de pobreza por mayores transferencias no auguran una suba total del consumo. La inversión, en un escenario de alta incertidumbre, tampoco se vislumbra como una apuesta segura para crecer fuerte, más allá de la eventual obra pública, si tiene financiamiento.


La situación económica previa al covid-19, con una recesión de dos años, estancamiento del PIB desde 2012, alta inflación del orden de 50% anual, en un proceso de estanflación y un default parcial de parte de la deuda pública, a resolverse, según se renegoció recientemente el 24 de julio próximo, ya arrojaba desafíos importantes.


Entonces, una de las mayores fortalezas, entre pocas, de la macroeconomía argentina hoy es el superávit comercial, que debería ser un objetivo central de la política económica para apuntalar el crecimiento post pandemia, manteniendo el crecimiento de las exportaciones como locomotora del PIB, para sostener un superávit comercial del orden de USD 15.000 M.


Con una ralentización del comercio mundial desde la crisis de las hipotecas de 2008/09, una evidente desaceleración del comercio desde 2014/15, y una guerra comercial EE.UU.-China de difícil impacto de predicción, apuntalar las exportaciones en un país con una historia y presente de restricción externa elevada y falta recurrente de divisas, parece decisivo.


En Argentina, en 2011 se habían exportado USD 82.980 M, con mejores precios de commodities y mayores volúmenes de cantidades vendidas, en un contexto de mayor comercio global, en comparación con la actualidad. En cambio, el total exportado en 2019, fue de USD 65.115 M, mostrando los efectos de los menores precios, menores volúmenes y menor comercio global. En tanto, el saldo comercial fue de USD 15.990.


El activo que representa el superávit comercial como fuente genuina de divisa es un aliciente a la hora de repensar políticas sectoriales de salida de la crisis sanitaria post covid-19, porque el mundo seguirá demandando bienes y servicios, en economías que se recuperarán, probablemente, antes que la de la Argentina.


La política comercial es importante. La suba de alícuotas del 30 al 33% en las retenciones a la soja y subproductos abre interrogantes acerca de la estabilidad de estos tributos, sobre todo para otros granos, que son necesarios para el superávit comercial.  La actual brecha cambiaria del orden de 70%, entre el dólar oficial y el tipo de cambio blue, es un desestímulo para las exportaciones, y un aliento para la sobrefacturación de importaciones.


Con todo, la agroindustria, las economías regionales y los servicios son los puntales de las exportaciones del país, por su alta competitividad, junto a algunas industrias como la automotriz, la siderúrgica y la actividad minera.
De los 10 principales complejos exportadores, los cuatro primeros concentran el 55% del total, siendo el oleaginoso, cerealero, servicios empresariales y del conocimiento, y automotriz.  Es clave potenciar a los complejos sojero y cerealero, por su capacidad de generar divisas, en un contexto de restricción externa severo.


Las economías regionales son una vasta gama de producciones localizadas territorialmente en todo el país, y abarcan una gran diversidad: citrícola, limones, jugos, arrocero, peras y manzanas, olivícola, lácteos, algodonero, ajo y cebolla, avícola, porcina, caprina, yerbatero-tealero, vitivinícola, arándanos, cañero, hortícola, nogalero y frutos secos, frutilla y frutas rojas, apícola, orgánico, forestal, tabacalero, legumbres, maní y florícola, entre otras. Representan el 10% de las exportaciones totales de bienes, y un alto porcentaje del empleo regional, tanto formal como informal a veces, siendo decisivas, pues, junto al empleo provincial y municipal, son fuente muy relevante de empleo en muchas provincias. Potenciar su producción será decisivo en términos de regenerar empleo a nivel local post-pandemia.


Una de las mayores fortalezas, entre pocas, de la macroeconomía argentina hoy es el superávit comercial, que debería ser un objetivo central de la política económica.



Si de exportaciones dinámicas se trata, los servicios exportables de alto valor agregado, como las consultorías, servicios profesionales y empresariales, y software, son más que relevantes. Las exportaciones de servicios en 2019 totalizaron USD 14.183 M, vs el record de USD 15.506 M en 2017. En 2019, las exportaciones de Servicios Empresariales fueron de USD 3.874 M, y las de Servicios de telecomunicaciones, informática y de información llegaron a USD 1.949 M, a los que se suman otros servicios profesionales. No sólo se trata de algunos unicornios multinacionales argentinas, sino también de todo un entramando de otras empresas de software y de servicios profesionales, que, además, generan  alto empleo de capital humano, en muchas provincias del país.


Para el mediano plazo queda el potencial aún mayor de la minería, que, a partir de nuevos yacimientos de cobre, puede ser otra estrella en dos o tres años, mucho más que el litio.


Dado el contexto macroeconómico, estas cadenas exportadoras deberían ser objeto de la política económica, por su aparente rápida respuesta posterior a la pandemia, y su capacidad para generar divisas y empleo en muchas localidades del país, en un contexto que se presenta más difícil para lograr la reactivación a partir del consumo y la inversión.


* Economista UCA.   Ex Subsecretario de Planificación Económica Regional y Sectorial


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