Pozo

Columna semanal

Por Redacción

EL DISPARADOR

Hay un pozo en el jardín. Pero ahí, antes, recién, había un jazmín que empezaba a crecer. Estaba plantado desde hace meses. Tras unos días de calor y lluvia, de pronto, le habían explotado brotes por todos lados. Pero, ahora, no está más. Hay un pozo, tierra negra. ¿Cómo puede ser?, le pregunta Isidoro Reyes a Latana Buendía.

Reyes no entiende. Al costado ve que los lirios están enormes. Los mismos que venían luchando por crecer hace años. Los que estaban débiles pero igual, poco antes de la primavera, habían dado flores por primera vez en su vida. Ahora miden como dos metros, están firmes, por encima de todo. “¡Están en su mejor momento! Les faltaba agua”, comenta Isidoro, que se siente ante una revelación que no comprende. Le repiquetea la idea de un desequilibrio de fuerzas.

En medio de la bruma, vuelve al pozo, a los pozos. No está el jazmín. ¿Y el resto? Se preocupa. Un poco más adelante debería estar la lechuga. Esa que empezó como semilla y que al pasar a una maceta grande creció todo lo que no había podido antes. Había estado contenida, demasiados límites. Pero Reyes no ve la lechuga. Latana le dice que la busque.

Isidoro da unos pasos, y encuentra lo que temía: la lechuga había sido arrancada, la tierra está movida. Se encoje de hombros, entrecierra los ojos, baja la mirada, se le afloja el rostro, le tiemblan los labios, una gota cae por su mejilla, y se recrimina: “No puede ser… ¿Cómo y cuándo pasó esto? ¿Cómo no me di cuenta?”.

Latana no le presta atención. Arranca unos yuyos, sonríe al ver hojas nuevas en la menta, riega otras macetas. Es como si flotara, hasta que le pregunta: “¿Qué te pasa?”. Isidoro se incomoda, como si estuviera preocupado por demás por algo que no merecería tanto dramatismo.

Al despertar, contrariado, Reyes piensa en la ironía. Llevaba unos días hablando con Latana sobre si ella a veces dramatizaba por demás. Le describe el sueño. Charlan.

Reyes le cuenta que hubo una época en la que hizo muchos pozos en el campo de un amigo, que lo bautizó como “El pocero oficial de la comarca”.

Era un modo de descargar y convertir energía. Latana pregunta qué puede haber en un pozo, cuánto se puede esconder, dónde está el fondo, cuán profundo pueden enterrarse los sueños, los miedos, los deseos… Se acumulan las dudas: ¿Se puede transformar un pozo? ¿O es imposible no tener un pozo negro al que vayan los residuos de nuestra existencia?

“Se me ocurre -dice Latana-, que en medio de la vida que brota, no deja de haber un pozo, ese lugar donde escondemos los temores desde niños. Debajo de un hermoso jardín aún siguen, por lo menos, las cicatrices de los pozos. Volver a cavar, mover esa tierra, dará espacio a algo nuevo. Arrancar o aceptar que algunas plantas ya no estén puede darnos la posibilidad de renacer y volver a crecer. En vez de huir, podemos ver adentro. Ver que entre los residuos, también hay lombrices que hacen su trabajo para que haya una mejor vida. En esa tierra negra, ellas dan lugar al humus que representa la vida, pero antes tiene que haber descomposición”.

Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)


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