Prejuicios
Columna semanal
EL DISPARADOR
“Toda esa gente es vaga, no quiere laburar”. El comentario, al pasar, lo escupe Roberto, desde su BMW. Va por la autopista y mira unos asentamientos en los suburbios de Buenos Aires. A su lado, Isidoro Reyes se fastidia, pero no es algo personal con su amigo: sabe que, al final, es una idea tan común como repetida. No dice nada.
Unos días después, hojeando Página/12, encuentra una entrevista a Patricia González López. La joven escribió el poema “La patrona te ama”, donde dice: “¡Que se vayan todos los paraguayos, que nos sacan el trabajo, ocupan los hospitales y no pagan impuestos!”. “Que se vayan todos, ¡menos mi mucama, no sabés cómo limpia! En todos estos años, nunca me robó”. “Eso que vive en una villa…”. “¡Es una en un millón! Honesta, limpita”. “Se viste feo, pobre, pero, como yo soy muy generosa, desprendida, algo de ropa le doy”. “Es tan buena que no me pide obra social, ni jubilación”.
Para Reyes, esas líneas exponen, de modo preciso y conciso, el triste prejuicio de un pensamiento habitual. Sigue leyendo la entrevista, donde la poeta, cuya madre es empleada doméstica, denuncia: “Ella padeció todo lo que dice la voz hipócrita de esa clase social empleadora”.
Esa misma tarde, Reyes se junta con Iván Paperdán y habla del asunto con su amigo.
-El tema es complejo -comenta Iván-. Pero no estoy de acuerdo en que la clase media sea la que tiene esa mirada. Creo que la tenemos todos, el genero humano. Acordate del Parque Indoamericano.
-Uh, sí, eso fue un desastre, la gente peleando por un pedazo de tierra…
-Sí, pobres contra pobres, demostrando un nivel de xenofobia y violencia tremendos.
-¡Es verdad! -dice Isidoro- Me acuerdo de uno, diciendo: “Esos negros de mierda vinieron acá a arruinarnos el barrio”. Y estaban todos en la misma…
-Creo -plantea Iván- que lo que suele hacer la clase media alta y alta es tener una visión condescendiente, de patrón de estancia, con aquello que tiene cerca: su empleado, el cuidador, el plomero, la empleada doméstica…
-Claro, pero si no es alguien cercano, ya todo cambia.
-Sí. Lo que no tiene cerca le sirve para justificar los males del país. Hay una mirada estigmatizante, pero que es la que tenemos todos cuando no somos educados en lo distinto. Nacemos, crecemos y nos desarrollamos pensando que la diferencia es subversiva, disruptiva, un escollo. Y, por lo general, nos movemos en clanes, ya sea por el barrio, cerrado, o por la pequeña comunidad que integramos, el colegio o el club.
-Y está todo bien -acota Isidoro- hasta que aparece alguien nuevo, que como mínimo provoca tensión inicial.
-Bueno, al elemento exógeno lo tomamos como peligroso y, de inmediato, es el chivo expiatorio. Lo cuenta Gus van Sant en Dogville.
-¿Esa película no era de Lars von Trier? Que la nueva mujer en la aldea es la culpable de todos los males…
-Ah, sí, tenés razón -dice Iván-. A la mina la repudian, hasta esclavizarla. Eso, llevado a una escala mayor, sucede con nuestros males. Es el miedo a perder lo que tenemos lo que motoriza el odio. Por usar una expresión que está de moda, aquello de que el hombre cuando ve amenazada su zona de confort, reacciona.
Por Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)