Primavera amarga

Redacción

Por Redacción

Si bien algunos occidentales aún confían en que la ola de revueltas que ha sacudido a todos los países árabes salvo Irak sirva para que por fin las tiranías autocráticas que los han dominado durante tantos años se vean reemplazadas por gobiernos democráticos, acaso imperfectos pero así y todo mejores que los anteriores, lo que está sucediendo en Siria, donde el dictador Bashar al-Assad no ha vacilado en asesinar a miles de manifestantes pacíficos sin que la “comunidad internacional” haya pensado en intervenir por temor a las eventuales consecuencias geopolíticas, y en Egipto, donde una turba de exaltados acaba de saquear la embajada israelí, obligando a los diplomáticos a huir del país, no justifica demasiado optimismo. Por el contrario, ya abundan motivos para prever que la llamada “primavera árabe” desembocará en un período signado por guerras atroces y por crisis económicas mucho más dolorosas que las que están por experimentar Grecia y otros países europeos excesivamente endeudados. Desgraciadamente para los muchos árabes que quisieran disfrutar de más libertad política e intelectual, para conseguirla tendrían que superar la resistencia tanto de los comprometidos con regímenes autoritarios como de islamistas que están decididos a aprovechar una oportunidad largamente esperada para tomar el poder e instalar un orden teocrático. Nunca fue realista suponer que los primeros se resignarían dócilmente a ser privados de sus cuantiosos bienes, de sus privilegios y en muchos casos de su vida; para ellos, el destino humillante del ex dictador egipcio Hosni Mubarak y sus hijos, el que es de suponer tarde o temprano enfrentarán el libio Muammar Gaddafi y los suyos, además de lo que con toda seguridad les sucedería al sirio Al-Assad y sus cómplices de la secta alauita en el caso de que perdieran el poder, han sido advertencias terribles de lo que les esperaría si optaran por darse por vencidos. En cuanto a los islamistas, a diferencia de los demócratas, se encuentran bien organizados: en Egipto, están llenando poco a poco el vacío dejado por el colapso de una dictadura unipersonal, negociando con el régimen militar que teme verse aislado del resto de la población, reclamando una reanudación de las hostilidades contra Israel y persiguiendo con saña a miembros de la minoría cristiana. Para hacer todavía más difícil una eventual transición hacia la democracia, las pasiones nacionalistas y religiosas que siempre propenden a intensificarse cuando reina la confusión amenazan con desatar una nueva guerra entre Israel y sus vecinos, que tendría un impacto devastador en países que ya corren peligro de precipitarse a un abismo económico. Los dictadores Zine El Abidine Ben Ali, de Túnez, y Mubarak, de Egipto, cayeron a causa no sólo del odio generado por décadas de represión brutal sino también de la frustración que sentían decenas de miles de jóvenes urbanos que no pudieron encontrar empleos que estuvieran a la altura de sus expectativas mínimas. Tales jóvenes protagonizaron las primeras revueltas de la “primavera árabe” pero, con la presunta excepción de los que logren emigrar, no se verán beneficiados por el proceso de cambio que pusieron en marcha, ya que, debido a la inestabilidad resultante, a la mayoría de los países del Oriente Medio y el Norte de África les aguardan largos años de, a lo mejor, estancamiento económico. Es factible que, una vez consolidado el poder de los rebeldes, Libia se recupere con rapidez porque posee amplias reservas petroleras, pero las perspectivas frente a Egipto difícilmente podrían ser peores. Obligado a importar la mitad de los alimentos que consume, Egipto sencillamente no cuenta con los recursos financieros que necesitaría para seguir comprándolos en cantidades suficientes. La industria turística se ha desplomado, otros sectores están virtualmente paralizados y, para colmo, los precios de los commodities agrícolas parecen destinados a permanecer muy altos merced a las compras masivas de países como China. No sorprendería, pues, que en los meses próximos estallara una emergencia humanitaria en Egipto que, desde luego, haría todavía menos probable la democratización del país árabe más importante que, a comienzos del año, tantos optimistas parecían creer sería virtualmente inevitable.


Si bien algunos occidentales aún confían en que la ola de revueltas que ha sacudido a todos los países árabes salvo Irak sirva para que por fin las tiranías autocráticas que los han dominado durante tantos años se vean reemplazadas por gobiernos democráticos, acaso imperfectos pero así y todo mejores que los anteriores, lo que está sucediendo en Siria, donde el dictador Bashar al-Assad no ha vacilado en asesinar a miles de manifestantes pacíficos sin que la “comunidad internacional” haya pensado en intervenir por temor a las eventuales consecuencias geopolíticas, y en Egipto, donde una turba de exaltados acaba de saquear la embajada israelí, obligando a los diplomáticos a huir del país, no justifica demasiado optimismo. Por el contrario, ya abundan motivos para prever que la llamada “primavera árabe” desembocará en un período signado por guerras atroces y por crisis económicas mucho más dolorosas que las que están por experimentar Grecia y otros países europeos excesivamente endeudados. Desgraciadamente para los muchos árabes que quisieran disfrutar de más libertad política e intelectual, para conseguirla tendrían que superar la resistencia tanto de los comprometidos con regímenes autoritarios como de islamistas que están decididos a aprovechar una oportunidad largamente esperada para tomar el poder e instalar un orden teocrático. Nunca fue realista suponer que los primeros se resignarían dócilmente a ser privados de sus cuantiosos bienes, de sus privilegios y en muchos casos de su vida; para ellos, el destino humillante del ex dictador egipcio Hosni Mubarak y sus hijos, el que es de suponer tarde o temprano enfrentarán el libio Muammar Gaddafi y los suyos, además de lo que con toda seguridad les sucedería al sirio Al-Assad y sus cómplices de la secta alauita en el caso de que perdieran el poder, han sido advertencias terribles de lo que les esperaría si optaran por darse por vencidos. En cuanto a los islamistas, a diferencia de los demócratas, se encuentran bien organizados: en Egipto, están llenando poco a poco el vacío dejado por el colapso de una dictadura unipersonal, negociando con el régimen militar que teme verse aislado del resto de la población, reclamando una reanudación de las hostilidades contra Israel y persiguiendo con saña a miembros de la minoría cristiana. Para hacer todavía más difícil una eventual transición hacia la democracia, las pasiones nacionalistas y religiosas que siempre propenden a intensificarse cuando reina la confusión amenazan con desatar una nueva guerra entre Israel y sus vecinos, que tendría un impacto devastador en países que ya corren peligro de precipitarse a un abismo económico. Los dictadores Zine El Abidine Ben Ali, de Túnez, y Mubarak, de Egipto, cayeron a causa no sólo del odio generado por décadas de represión brutal sino también de la frustración que sentían decenas de miles de jóvenes urbanos que no pudieron encontrar empleos que estuvieran a la altura de sus expectativas mínimas. Tales jóvenes protagonizaron las primeras revueltas de la “primavera árabe” pero, con la presunta excepción de los que logren emigrar, no se verán beneficiados por el proceso de cambio que pusieron en marcha, ya que, debido a la inestabilidad resultante, a la mayoría de los países del Oriente Medio y el Norte de África les aguardan largos años de, a lo mejor, estancamiento económico. Es factible que, una vez consolidado el poder de los rebeldes, Libia se recupere con rapidez porque posee amplias reservas petroleras, pero las perspectivas frente a Egipto difícilmente podrían ser peores. Obligado a importar la mitad de los alimentos que consume, Egipto sencillamente no cuenta con los recursos financieros que necesitaría para seguir comprándolos en cantidades suficientes. La industria turística se ha desplomado, otros sectores están virtualmente paralizados y, para colmo, los precios de los commodities agrícolas parecen destinados a permanecer muy altos merced a las compras masivas de países como China. No sorprendería, pues, que en los meses próximos estallara una emergencia humanitaria en Egipto que, desde luego, haría todavía menos probable la democratización del país árabe más importante que, a comienzos del año, tantos optimistas parecían creer sería virtualmente inevitable.

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