Prisioneros del relato

Redacción

Por Redacción

Que a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no le guste la palabra “cepo” porque, como nos explicó, corresponde a un instrumento de tortura decimonónico puede entenderse, pero acaso no le convendría continuar negando la existencia de restricciones si para conseguir divisas extranjeras para viajar es necesario cumplir una serie de trámites engorrosos bajo la mirada nada amable de la AFIP, afirmar que cuando de comprar dólares estadounidenses se trata todos “tienen una libertad absoluta” porque en Nueva York vio “un montón de argentinos” y comparar la situación actual con la de épocas de “jauja cambiaria” cuando “una persona podía comprar dos millones de dólares por mes sin tener que decir para qué los quería”, lo que podría tomarse por una alusión involuntaria a la compra oportuna, en opinión de muchos escandalosa, de dicho monto por Néstor Kirchner en octubre del 2008, días después del terremoto financiero internacional desatado por el colapso del banco de inversiones Lehman Brothers. Mal que le pese a la presidenta, el cepo no existente está por celebrar su primer año de vida y las consecuencias están a la vista. Casi se ha paralizado el negocio inmobiliario, el dólar blue se ha alejado del oficial, los deseosos de ahorrar temen ser víctimas de un nuevo despojo y el clima de incertidumbre que se ha difundido por el país está incidiendo en el nivel de empleo. Asimismo, la tasa de inversión ha caído tanto que, aun cuando las circunstancias internacionales obren en nuestro favor al mantenerse alto el precio de la soja y reanudarse pronto el crecimiento de la economía brasileña, será virtualmente imposible que el país disfrute nuevamente de una etapa de crecimiento “a tasas chinas”. Según los expertos en la materia, el cepo cambiario sobrevivirá por mucho tiempo más, ya que la alternativa sería una devaluación que con toda seguridad tendría un impacto inflacionario muy fuerte. Si bien la presidenta jura confiar en los números confeccionados por el Indec y por lo tanto supondrá que la tasa de inflación anual, inferior al 10%, no es alarmante, extrañaría que tomara en serio las teorías de funcionarios como el viceministro de Economía Axel Kicillof que dicen que, con la excepción de algunos especuladores ricos, nadie se siente preocupado por el tema. Sucede que, para los financistas, la inflación es buena porque saben aprovecharla en beneficio propio. En cambio, para los sectores de ingresos muy bajos, como el conformado por el grueso de los habitantes de La Matanza, es un desastre sin atenuantes puesto que día tras día atenta contra su ya magro poder adquisitivo. Es una cosa defender ideas heterodoxas, pero es otra muy distinta tratar con desdén datos que son fácilmente averiguables. Mientras que en las fases iniciales de la gestión kirchnerista los voceros gubernamentales podían limitarse a descalificar los planteos teóricos de sus adversarios ideológicos, imputándolos a su compromiso con intereses espurios o a prejuicios inconfesables, andando el tiempo se vieron constreñidos a tomar en cuenta los resultados concretos de sus propios esfuerzos por reconstruir el orden socioeconómico para adaptarlo al “modelo” o “proyecto” oficialista. Por un rato, hacerlo no era difícil ya que, merced al ajuste draconiano, si bien desordenado, que se llevó a cabo después del desplome de la convertibilidad y, desde luego, el fuerte “viento de cola” procedente de China, el país estaba en condiciones de aprovechar una coyuntura muy favorable, pero el período así supuesto llegó a su fin hace mucho tiempo, de ahí la puesta en marcha tardía de “la sintonía fina”. De todos modos, parecería que tanto la presidenta como sus colaboradores más influyentes siempre han estado más interesados en “el relato” que en lo que sucede en el país real, de ahí su indiferencia frente a la divergencia cada vez más notoria entre las estadísticas del Indec por un lado y aquellas de las consultoras privadas y algunos gobiernos provinciales por el otro. Por desgracia, la brecha ya es tan amplia que a la presidenta y los integrantes de su círculo áulico les sería sumamente difícil superarla. Atrapados en el mundo ficticio del “relato”, se sienten obligados a reivindicar su propia versión de la realidad aun cuando las declaraciones en tal sentido motiven estupor.


Que a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no le guste la palabra “cepo” porque, como nos explicó, corresponde a un instrumento de tortura decimonónico puede entenderse, pero acaso no le convendría continuar negando la existencia de restricciones si para conseguir divisas extranjeras para viajar es necesario cumplir una serie de trámites engorrosos bajo la mirada nada amable de la AFIP, afirmar que cuando de comprar dólares estadounidenses se trata todos “tienen una libertad absoluta” porque en Nueva York vio “un montón de argentinos” y comparar la situación actual con la de épocas de “jauja cambiaria” cuando “una persona podía comprar dos millones de dólares por mes sin tener que decir para qué los quería”, lo que podría tomarse por una alusión involuntaria a la compra oportuna, en opinión de muchos escandalosa, de dicho monto por Néstor Kirchner en octubre del 2008, días después del terremoto financiero internacional desatado por el colapso del banco de inversiones Lehman Brothers. Mal que le pese a la presidenta, el cepo no existente está por celebrar su primer año de vida y las consecuencias están a la vista. Casi se ha paralizado el negocio inmobiliario, el dólar blue se ha alejado del oficial, los deseosos de ahorrar temen ser víctimas de un nuevo despojo y el clima de incertidumbre que se ha difundido por el país está incidiendo en el nivel de empleo. Asimismo, la tasa de inversión ha caído tanto que, aun cuando las circunstancias internacionales obren en nuestro favor al mantenerse alto el precio de la soja y reanudarse pronto el crecimiento de la economía brasileña, será virtualmente imposible que el país disfrute nuevamente de una etapa de crecimiento “a tasas chinas”. Según los expertos en la materia, el cepo cambiario sobrevivirá por mucho tiempo más, ya que la alternativa sería una devaluación que con toda seguridad tendría un impacto inflacionario muy fuerte. Si bien la presidenta jura confiar en los números confeccionados por el Indec y por lo tanto supondrá que la tasa de inflación anual, inferior al 10%, no es alarmante, extrañaría que tomara en serio las teorías de funcionarios como el viceministro de Economía Axel Kicillof que dicen que, con la excepción de algunos especuladores ricos, nadie se siente preocupado por el tema. Sucede que, para los financistas, la inflación es buena porque saben aprovecharla en beneficio propio. En cambio, para los sectores de ingresos muy bajos, como el conformado por el grueso de los habitantes de La Matanza, es un desastre sin atenuantes puesto que día tras día atenta contra su ya magro poder adquisitivo. Es una cosa defender ideas heterodoxas, pero es otra muy distinta tratar con desdén datos que son fácilmente averiguables. Mientras que en las fases iniciales de la gestión kirchnerista los voceros gubernamentales podían limitarse a descalificar los planteos teóricos de sus adversarios ideológicos, imputándolos a su compromiso con intereses espurios o a prejuicios inconfesables, andando el tiempo se vieron constreñidos a tomar en cuenta los resultados concretos de sus propios esfuerzos por reconstruir el orden socioeconómico para adaptarlo al “modelo” o “proyecto” oficialista. Por un rato, hacerlo no era difícil ya que, merced al ajuste draconiano, si bien desordenado, que se llevó a cabo después del desplome de la convertibilidad y, desde luego, el fuerte “viento de cola” procedente de China, el país estaba en condiciones de aprovechar una coyuntura muy favorable, pero el período así supuesto llegó a su fin hace mucho tiempo, de ahí la puesta en marcha tardía de “la sintonía fina”. De todos modos, parecería que tanto la presidenta como sus colaboradores más influyentes siempre han estado más interesados en “el relato” que en lo que sucede en el país real, de ahí su indiferencia frente a la divergencia cada vez más notoria entre las estadísticas del Indec por un lado y aquellas de las consultoras privadas y algunos gobiernos provinciales por el otro. Por desgracia, la brecha ya es tan amplia que a la presidenta y los integrantes de su círculo áulico les sería sumamente difícil superarla. Atrapados en el mundo ficticio del “relato”, se sienten obligados a reivindicar su propia versión de la realidad aun cuando las declaraciones en tal sentido motiven estupor.

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