Procrastinador
Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com
La definición de procrastinar es “diferir, aplazar”. Pero para mí es más complejo y me pregunto qué fuerza invisible opera de forma subterránea para dejar para mañana lo que puedo hacer hoy. ¿Por qué lo hacés, Isidoro?, me repito. Cuando tengo muchos pendientes, a veces pasa algo –de pronto, es un segundo– que me desvía: empiezo a zigzaguear entre distracciones que eluden lo planeado. El otro día me levanté, fui hasta la cocina para desayunar pero antes pasé por el jardín, a ver si había caído un meteorito. Frustrado, me puse a recoger unas hojas que estaban desparramadas en el pasto. Se me ocurrió que podía cortar el pasto pero me obligué a retomar el camino. Antes de hacer el café se me dio por lavar, secar y guardar todo. Me urgía la cocina limpia. Después descubrí que no había mermelada. Así no podía desayunar. Fui al supermercado y ya que estaba hice compras para varias semanas. De paso aproveché para cruzar a la verdulería. Logré desayunar tres horas después de despertarme. En perspectiva, la cadena me resulta ridícula. Lo curioso es que cuando no tengo un pendiente urgente voy postergando todas esas otras cosas que parecían tan necesarias –ir al súper, a la verdulería…–. ¿Que significa tener tiempo libre si siempre hay algo pendiente? “Nos vamos a morir y el trabajo va a seguir”, me decía mi amigo Juanca. ¿Cómo se puede estar sin culpa o tensión cuando hay cosas pendientes? En el secundario, una profesora explicó: “¿Vieron cuando antes de hacer la tarea se inventan mil excusas? Le sacan punta al lápiz, limpian la cartuchera, ordenan la carpeta, hacen cualquier cosa menos la tarea. Bueno, eso es procrastinar, acuérdense”. Lo que no hizo fue dar la fórmula para no caer en la tentación: lo dejó para otra clase (que nunca dio). Mi viejo también era así: los domingos guardaba un suplemento del diario para leerlo cuando tuviera tiempo. Se apilaron durante años y nunca los volvió a tocar. Me puse a buscar información en internet, la panacea de los procrastinadores. Los test de diagnóstico inmediato me parecen, al menos, poco serios. Igual, por primera vez, hice uno para saber mi grado de procrastinación: “No queremos agobiarte pero si no tomás cartas en el asunto, las cosas que dependan de vos no se van a resolver solas. Sin caer en la angustia, intentá organizarte sin dejar pasar demasiado tiempo para resolver los asuntos pendientes. Ponerte unos días límite te ayudará”. Con mi tendencia a la denostada “autoayuda”, seguí buscando una luz al final del túnel. Pasé horas leyendo artículos. Uno decía que postergar está vinculado con el miedo a la muerte, porque al cumplir con lo que tenemos que hacer aparece el fin. Un psicoanalista y psiquiatra dice, para mi alivio, que de alguna manera “todos padecemos esta patología”. Para otros es el síntoma del perfeccionismo, la vulnerabilidad y el miedo al fracaso. En su libro “El manual del procrastinador”, Rita Emmett afirma que “el temor a realizar una tarea consume más tiempo y energía que hacer la tarea en sí. La evasión del deber no sólo aumenta la preocupación y procrastinación, sino que produce sentimientos de culpa que impiden un verdadero disfrute del tiempo libre”. A lo mejor –me dice un amigo– es parte de tener un espíritu creativo e inquieto. Una forma de tener respiro. Como sea, me voy a ordenar la casa. Aunque antes creo que necesito una siesta.
Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora