Profundizar o hundir
Los líderes cubanos y venezolanos suelen hablar como si creyeran que la revolución que aún están protagonizando es tan maravillosa que, antes de abandonarla, dejarían que sus países respectivos, con todos sus habitantes a bordo, se hundieran en el Caribe. Para ellos, lo único que realmente importa es la meta que se fijaron cuando eran mucho más jóvenes. A juzgar por lo que dijo al volver “recargada” a la Casa Rosada, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está igualmente convencida del valor superior de su “modelo”, razón por la que se comprometió a seguir “profundizándolo”. Si bien a esta altura nadie parece saber muy bien en qué consiste dicho “modelo”, las exhortaciones presidenciales en tal sentido han motivado mucha preocupación. ¿Quiere que haya más inflación, una brecha aún mayor entre el país floreciente del Indec y el país decididamente más problemático habitado por seres de carne y hueso, una huida de capitales todavía más estrepitosa que la registrada hasta ahora? Puede que sí, ya que aprovechó la oportunidad para ensalzar las dotes administrativas de los gerentes actuales de Aerolíneas Argentinas y las mejoras que, según ella, ha experimentado el sistema ferroviario, pasando por alto la impresión generalizada de que se encuentran entre los ejemplos más bochornosos de la desidia oficial. De todos modos, los mercados tomaron sus palabras en serio: las reservas cayeron por debajo de los 32.000 millones de dólares. No es necesario ser un economista para entender que un “modelo” que para funcionar precisa más ingresos de los que el país está en condiciones de suministrar tiene los días contados. Parecería que lo comprenden el jefe de Gabinete Jorge Capitanich y el ministro de Economía Axel Kicillof, de ahí las alusiones de aquél a medidas destinadas a impulsar las exportaciones y conseguir más financiamiento externo y de éste a la necesidad de reducir los subsidios que han adquirido dimensiones gigantescas. Pero sólo se trata de palabras, de esperanzas. Es muy fácil hablar de lo bueno que sería que el país exportara más, gastara menos y se endeudara con inteligencia, pero hacerlo no lo será en absoluto. Una estrategia que sirviera para estimular las exportaciones, sobre todo las procedentes del campo, en el corto plazo significaría menos ingresos para un gobierno voraz, mientras que en el caso de la industria requeriría un aumento sustancial de la competitividad. Asimismo, los acostumbrados a recibir subsidios no se resignarán a verse privados de lo que consideran como un derecho adquirido. En cuanto a la idea de endeudarse a fin de recomponer las reservas, dependería de la capacidad de un gobierno llamativamente pendenciero para reconciliarse con una comunidad internacional que no quiere saber nada del “modelo” reivindicado por Cristina. La actitud asumida por la presidenta luego de casi siete semanas de ausencia no ha contribuido a restaurar confianza en el futuro inmediato del país. Por supuesto, es factible que haya hablado de “profundizar el modelo” sólo porque quería tranquilizar a los militantes kirchneristas para que no protesten demasiado cuando se hagan sentir los ajustes draconianos que ya parecen inevitables. Con todo, muchos tomaron sus palabras al pie de la letra –creen que lo que nos aguarda es más de lo mismo–, mientras que algunos sospechan que, si Cristina se ve constreñida a optar entre ajustar “el modelo” y permitir que la realidad económica la aplaste, elegirá la segunda alternativa por suponerla más épica, apostando a que la crisis resultante sea tan destructiva que, luego de una etapa que sería denunciada como “neoliberal”, la ciudadanía reclame que vuelvan los kirchneristas. Es que los problemas provocados por la expansión extraordinaria del gasto público en los años últimos, por la inflación, por la virtual abolición de las estadísticas y muchos otros errores imputables al voluntarismo ciego de Cristina y sus subordinados obsecuentes son tan graves que superarlos sería sumamente difícil aun cuando el país contara con un gobierno insólitamente razonable y eficaz. Puesto que dista de ser coherente el que surgió de los cambios que acaban de concretarse, puede entenderse la falta de confianza que tantos sienten cuando oyen hablar a Cristina de “profundizar” un esquema que parece destinado a fracasar antes de diciembre del 2015.
Los líderes cubanos y venezolanos suelen hablar como si creyeran que la revolución que aún están protagonizando es tan maravillosa que, antes de abandonarla, dejarían que sus países respectivos, con todos sus habitantes a bordo, se hundieran en el Caribe. Para ellos, lo único que realmente importa es la meta que se fijaron cuando eran mucho más jóvenes. A juzgar por lo que dijo al volver “recargada” a la Casa Rosada, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está igualmente convencida del valor superior de su “modelo”, razón por la que se comprometió a seguir “profundizándolo”. Si bien a esta altura nadie parece saber muy bien en qué consiste dicho “modelo”, las exhortaciones presidenciales en tal sentido han motivado mucha preocupación. ¿Quiere que haya más inflación, una brecha aún mayor entre el país floreciente del Indec y el país decididamente más problemático habitado por seres de carne y hueso, una huida de capitales todavía más estrepitosa que la registrada hasta ahora? Puede que sí, ya que aprovechó la oportunidad para ensalzar las dotes administrativas de los gerentes actuales de Aerolíneas Argentinas y las mejoras que, según ella, ha experimentado el sistema ferroviario, pasando por alto la impresión generalizada de que se encuentran entre los ejemplos más bochornosos de la desidia oficial. De todos modos, los mercados tomaron sus palabras en serio: las reservas cayeron por debajo de los 32.000 millones de dólares. No es necesario ser un economista para entender que un “modelo” que para funcionar precisa más ingresos de los que el país está en condiciones de suministrar tiene los días contados. Parecería que lo comprenden el jefe de Gabinete Jorge Capitanich y el ministro de Economía Axel Kicillof, de ahí las alusiones de aquél a medidas destinadas a impulsar las exportaciones y conseguir más financiamiento externo y de éste a la necesidad de reducir los subsidios que han adquirido dimensiones gigantescas. Pero sólo se trata de palabras, de esperanzas. Es muy fácil hablar de lo bueno que sería que el país exportara más, gastara menos y se endeudara con inteligencia, pero hacerlo no lo será en absoluto. Una estrategia que sirviera para estimular las exportaciones, sobre todo las procedentes del campo, en el corto plazo significaría menos ingresos para un gobierno voraz, mientras que en el caso de la industria requeriría un aumento sustancial de la competitividad. Asimismo, los acostumbrados a recibir subsidios no se resignarán a verse privados de lo que consideran como un derecho adquirido. En cuanto a la idea de endeudarse a fin de recomponer las reservas, dependería de la capacidad de un gobierno llamativamente pendenciero para reconciliarse con una comunidad internacional que no quiere saber nada del “modelo” reivindicado por Cristina. La actitud asumida por la presidenta luego de casi siete semanas de ausencia no ha contribuido a restaurar confianza en el futuro inmediato del país. Por supuesto, es factible que haya hablado de “profundizar el modelo” sólo porque quería tranquilizar a los militantes kirchneristas para que no protesten demasiado cuando se hagan sentir los ajustes draconianos que ya parecen inevitables. Con todo, muchos tomaron sus palabras al pie de la letra –creen que lo que nos aguarda es más de lo mismo–, mientras que algunos sospechan que, si Cristina se ve constreñida a optar entre ajustar “el modelo” y permitir que la realidad económica la aplaste, elegirá la segunda alternativa por suponerla más épica, apostando a que la crisis resultante sea tan destructiva que, luego de una etapa que sería denunciada como “neoliberal”, la ciudadanía reclame que vuelvan los kirchneristas. Es que los problemas provocados por la expansión extraordinaria del gasto público en los años últimos, por la inflación, por la virtual abolición de las estadísticas y muchos otros errores imputables al voluntarismo ciego de Cristina y sus subordinados obsecuentes son tan graves que superarlos sería sumamente difícil aun cuando el país contara con un gobierno insólitamente razonable y eficaz. Puesto que dista de ser coherente el que surgió de los cambios que acaban de concretarse, puede entenderse la falta de confianza que tantos sienten cuando oyen hablar a Cristina de “profundizar” un esquema que parece destinado a fracasar antes de diciembre del 2015.
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