Que inventen ellos…

La indiferencia hacia la investigación en el país es síntoma de una actitud reñida con las exigencias del mundo moderno.

Por Redacción

Si bien muchos se afirman convencidos de que a pesar de los problemas económicos y políticos de las décadas últimas la Argentina aún cuenta con el pueblo mejor preparado de América Latina, sólo se trata de un artículo de fe. A juzgar por la evidencia, en este ámbito es posible que ya nos hayan aventajado países como México, Brasil y Chile. Por ejemplo, según el informe más reciente de la Red Iberoamericana de Indicadores de Ciencia y Tecnología, aquí la inversión en dichos rubros es una pequeña fracción de la realizada por el Brasil y es inferior a aquélla de México, mientras que los chilenos invierten más por investigador. Así, pues, aunque el esfuerzo científico latinoamericano es minúsculo en comparación con el norteamericano, el europeo y el japonés -apenas supera el africano-, el aporte argentino al conjunto regional propende a disminuir. A menos que esta tendencia sea revertida muy pronto, el porvenir nacional será decididamente peor que el presente. La ciencia y la tecnología son fundamentales para el desarrollo y la investigación constituye una apuesta al futuro. Sería fácil atribuir esta realidad deprimente a la pobreza hipotéticamente coyuntural, pero ocurre que nuestro producto per cápita es netamente superior al brasileño, desventaja que no ha sido óbice para que el vecino haya invertido 108.000 dólares anuales por investigador frente a los 46.000 dólares que se gasta por cada investigador argentino.

No se puede achacar el deterioro económico y social del país a nada más que a su resistencia a tomar en serio la ciencia -al fin y al cabo, no es una cuestión de causa y efecto-, pero es evidente que los dos fenómenos están íntimamente relacionados. Aunque de por sí la pasión por la investigación no es suficiente como para garantizar la prosperidad -de lo contrario, Rusia sería un país rico-, sí constituye una precondición imprescindible. De haber sido la Argentina una nación comprometida con el saber científico que en consecuencia estuviera dispuesta a asegurar que incluso en momentos de crisis los investigadores gozaran de los recursos precisos, sería poco probable que se hubiera alejado tanto del Primer Mundo, porque el respeto por la ciencia supone una escala de valores muy diferente de la reivindicada por los gobiernos populistas y regímenes castrenses cuyos esfuerzos combinados terminarían precipitándola en el subdesarrollo. La indiferencia hacia la investigación es síntoma de una actitud reñida con las exigencias del mundo moderno, que está en la raíz tanto de la depauperación material como de la sucesión al parecer interminable de debacles políticas que hemos experimentado. Desgraciadamente, aquí predominan los consumidores de los logros ajenos, mientras que en virtualmente todos los ámbitos los productores ya se han visto relegados a un oscuro segundo plano o ya se han sentido obligados a emigrar en busca de oportunidades. Son demasiados los que se conforman con las apariencias, sin preocuparse por lo que se encuentra detrás de ellas. Es un problema cultural, en el sentido amplio de la palabra, que se manifiesta a través de la falta de interés de la clase dirigente en mejorar su propio desempeño o aquél de los demás.

Andando el tiempo, una proporción cada vez menor de los recursos no sólo financieros sino también anímicos, por decirlo así, del país está siendo invertida en la educación o en la investigación. No se trata tanto de los montos registrados en los presupuestos, los cuales a menudo parecen razonables, cuanto de la forma de utilizarlos. Como se sabe, buena parte del dinero que se reparte es empleada para mantener burocracias parasitarias, las que, por lo común, están al servicio de alguno que otro cacique político o sindical. Además, el sistema es sumamente confuso: se da una abundancia realmente extraordinaria de entidades que supuestamente sirven para asegurar el buen uso del gasto educativo, científico o social, pero que en realidad sólo aseguran que el despilfarro sea incontrolable. Huelga decir que la proliferación de tales organismos se debe menos a la ineficiencia según parece congénita de los encargados de lo que queda del sector público, que a la voluntad generalizada de conservar un orden corrupto, enfermo de politización, del cual vive una multitud de individuos.