Querida Marita
Querida Marita: Quiera Dios que al recibir la presente estés bien de salud, al igual que nosotros… No, no. Qué desubicada, escribirte en este estilo de mi infancia, cuando no había correo electrónico ni facebook ni celular. En realidad, qué desubicado desearte que estés bien de salud, si estás desaparecida, es decir, ya estás con la pléyade de familiares y amistades y lealtades, en ese lugar que llamamos Cielo. ¿Te estás riendo? No es para menos, porque te das cuenta, lo desubicado es escribirte, sin embargo, decía doña Margarita que todas las palabras buenas llegan al Cielo, así que ¡más respeto, que es tu madre! Y la mía. Te escribo para agradecerte, hermanita. Porque en tu corta vida, ¡otra que “veinte años no es nada!”, tengo mucho que agradecerte. Por ejemplo, que hayas tratado de llegar a Buenos Aires ese 25 de mayo de 1973, cuando ya era un hecho que salíamos de Villa Devoto, el hogar, bueno, es un decir, de las presas políticas de todo el país en esos turbulentos años que precedieron al fusilamiento en Trelew. Me cuenta Nina, tu hermana compinche, que el tío Cholo les prestó su auto, y que ahí fueron los hermanos menores –porque ya estaban en Buenos Aires los mayores, con mami– y el auto dijo basta en Pergamino, y siguieron los acontecimientos desde una radio: tu hermana mayor, yo, salía, y que todos se iban a la casa de la Juventud Peronista. Gracias por ese viaje, hermanita, a pesar de no haber llegado, de la frustración que cargaban, la vuelta a Cipolletti en tren; ¡había tren! Y no es casual que te escriba hoy, aunque la leas luego, porque es “nuestro” 25 de mayo, el del 73, y se superpone a este feriado largo y al locro y danzas patrias con el que quedó en la memoria oficial, el de 1810. Pero vos y yo y mucha gente tenemos nuestro propio día de la libertad, y es éste, y permitime dejar todo mi respeto a Esteban Righi, el ministro del Interior del Dr. Héctor Cámpora, que apuró el decreto para que saliéramos ese día. Te das cuenta, el tren es importante entre vos y yo, porque, nena, acordate que luego del desastre de Ezeiza, meses después, (la balacera que marcaría un punto de no retorno en la escalada de violencia, y que impidió, mirá la ironía, el retorno de Juan Domingo Perón a ese aeropuerto) habíamos ido desde la Patagonia, un tren lleno de juventud maravillosa, y en el lío las perdí a vos y Nina, y nos encontramos en la estación de Retiro, desgarrada el alma y la ropa, sucios los vaqueros estilo elefante, y la alegría cuando vi tu carita y la de Nina… ¡Mirá si no las encontraba!, ustedes estaban bajo mi responsabilidad, chiquita, y de alguna muy concreta manera, siempre fueron mi responsabilidad porque las dos empezaron la política en el secundario y su tarea comprometida alfabetizando en Costa Norte y Sur, porque siguieron el ejemplo de su hermana mayor, ya presa. Y cuando estaba oculta en Bahía Blanca, en 1975, me fuiste a visitar desde Córdoba, y nos encontramos en el andén del tren del Norte, y ya éramos dos compañeras. ¡Compañeras hermanas, qué lindo, linda! Sabés, a veces, igual que mami se preguntaba como madre biológica, yo me pregunto como madre política (perdón por el atrevimiento, Margarita, que estás en los cielos con tu hijo Rudy y tu hija Marita), qué podría haber hecho para evitar tu desaparición en 1976… Esa descabellada resistencia, siguiendo órdenes también descabelladas, en esa Córdoba feroz del general Menéndez, el Chacal. Y hay días que me perdono, y días que me condeno, hermana. Vos me dirías que no hay nada que perdonar, que cada vida es dueña de su alma y de ninguna más y que… como se me caen las lágrimas, no puedo seguir escribiéndote, ¡mirá si se mancha la hoja con la tinta mojada! Deseándote que sigas bien, y nos veamos pronto, te deja tu hermana que te quiere.
Maria emilia salto bebasalto@hotmail.com
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Querida Marita: Quiera Dios que al recibir la presente estés bien de salud, al igual que nosotros… No, no. Qué desubicada, escribirte en este estilo de mi infancia, cuando no había correo electrónico ni facebook ni celular. En realidad, qué desubicado desearte que estés bien de salud, si estás desaparecida, es decir, ya estás con la pléyade de familiares y amistades y lealtades, en ese lugar que llamamos Cielo. ¿Te estás riendo? No es para menos, porque te das cuenta, lo desubicado es escribirte, sin embargo, decía doña Margarita que todas las palabras buenas llegan al Cielo, así que ¡más respeto, que es tu madre! Y la mía. Te escribo para agradecerte, hermanita. Porque en tu corta vida, ¡otra que “veinte años no es nada!”, tengo mucho que agradecerte. Por ejemplo, que hayas tratado de llegar a Buenos Aires ese 25 de mayo de 1973, cuando ya era un hecho que salíamos de Villa Devoto, el hogar, bueno, es un decir, de las presas políticas de todo el país en esos turbulentos años que precedieron al fusilamiento en Trelew. Me cuenta Nina, tu hermana compinche, que el tío Cholo les prestó su auto, y que ahí fueron los hermanos menores –porque ya estaban en Buenos Aires los mayores, con mami– y el auto dijo basta en Pergamino, y siguieron los acontecimientos desde una radio: tu hermana mayor, yo, salía, y que todos se iban a la casa de la Juventud Peronista. Gracias por ese viaje, hermanita, a pesar de no haber llegado, de la frustración que cargaban, la vuelta a Cipolletti en tren; ¡había tren! Y no es casual que te escriba hoy, aunque la leas luego, porque es “nuestro” 25 de mayo, el del 73, y se superpone a este feriado largo y al locro y danzas patrias con el que quedó en la memoria oficial, el de 1810. Pero vos y yo y mucha gente tenemos nuestro propio día de la libertad, y es éste, y permitime dejar todo mi respeto a Esteban Righi, el ministro del Interior del Dr. Héctor Cámpora, que apuró el decreto para que saliéramos ese día. Te das cuenta, el tren es importante entre vos y yo, porque, nena, acordate que luego del desastre de Ezeiza, meses después, (la balacera que marcaría un punto de no retorno en la escalada de violencia, y que impidió, mirá la ironía, el retorno de Juan Domingo Perón a ese aeropuerto) habíamos ido desde la Patagonia, un tren lleno de juventud maravillosa, y en el lío las perdí a vos y Nina, y nos encontramos en la estación de Retiro, desgarrada el alma y la ropa, sucios los vaqueros estilo elefante, y la alegría cuando vi tu carita y la de Nina… ¡Mirá si no las encontraba!, ustedes estaban bajo mi responsabilidad, chiquita, y de alguna muy concreta manera, siempre fueron mi responsabilidad porque las dos empezaron la política en el secundario y su tarea comprometida alfabetizando en Costa Norte y Sur, porque siguieron el ejemplo de su hermana mayor, ya presa. Y cuando estaba oculta en Bahía Blanca, en 1975, me fuiste a visitar desde Córdoba, y nos encontramos en el andén del tren del Norte, y ya éramos dos compañeras. ¡Compañeras hermanas, qué lindo, linda! Sabés, a veces, igual que mami se preguntaba como madre biológica, yo me pregunto como madre política (perdón por el atrevimiento, Margarita, que estás en los cielos con tu hijo Rudy y tu hija Marita), qué podría haber hecho para evitar tu desaparición en 1976… Esa descabellada resistencia, siguiendo órdenes también descabelladas, en esa Córdoba feroz del general Menéndez, el Chacal. Y hay días que me perdono, y días que me condeno, hermana. Vos me dirías que no hay nada que perdonar, que cada vida es dueña de su alma y de ninguna más y que… como se me caen las lágrimas, no puedo seguir escribiéndote, ¡mirá si se mancha la hoja con la tinta mojada! Deseándote que sigas bien, y nos veamos pronto, te deja tu hermana que te quiere.
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