Realismo chileno

Los chilenos han optado por apostar al Primer Mundo, no al Tercero, por creer que cualquier otra alternativa sólo serviría para frenar el desarrollo de su economía.

Por Redacción

La razón por la cual al gobierno del presidente chileno Ricardo Lagos no le interesa demasiado la idea de que su país deba integrarse plenamente al Mercosur es sencilla: sabe muy bien que a la larga a Chile le conviene mucho más seguir bajando los aranceles externos, que hacerlos subir por “solidaridad” regional, reduciendo así su propia competitividad y que, de todos modos, sería absurdo comparar las posibilidades que brindaría un tratado de libre comercio con los Estados Unidos con las que podrían suponerle cualquier arreglo con el Brasil, un país atrasado y de dimensiones económicas tan modestas que su producto bruto apenas supera la mitad del italiano. En otras palabras, los chilenos han optado por apostar al Primer Mundo, no al Tercero, por entender que cualquier otra alternativa sólo serviría para frenar el desarrollo de su economía. En la actualidad, sus aranceles externos son, por promedio, del nueve por ciento, pero pronto serán reducidos al cinco por ciento, mientras que en el Mercosur son del doce por ciento y no sorprendería a nadie que aumentaran en los próximos años.

Por supuesto que la decisión de Lagos de dar prioridad a la relación económica con los Estados Unidos y de ampliar la apertura comercial no ha sido bien recibida en el Brasil, donde se ha llegado al extremo de calificarla de “traición”, como si fuera deber de los chilenos sacrificar sus propias perspectivas económicas en aras de un proyecto geopolítico brasileño de futuro incierto. En nuestro país, la reacción ha sido menos violenta. Si bien algunos integrantes del gobierno del presidente Fernando de la Rúa parecen creer que el Mercosur, o sea, la voluntad de participar en el esquema brasileño, nos ayudaría a avanzar, otros tienen sus dudas. Por ahora, los primeros parecen llevar la voz cantante, aunque sus declaraciones en torno de lo profundo que es el compromiso de la Argentina con el bloque y a que la solución para los problemas puntuales que se dan consistiría en “más Mercosur” son meros eslóganes voluntaristas.

En efecto, este “mercado común” embrionario no es sino la versión más reciente de una larga serie de instituciones improvisadas a fin de subrayar la sinceridad de la pasión que los políticos de la región dicen sentir por la unidad latinoamericana. Todas las iniciativas de este tipo resultaron decepcionantes, porque lo único que realmente lograron fue producir más burocracia y no existen motivos para creer que será distinto el destino del Mercosur. Si bien en el corto plazo el bloque regional ha resultado ventajoso desde el punto de vista de algunos sectores determinados, los beneficios coyunturales que disfrutó la industria automotriz, por ejemplo, no han sido suficientes como para compensar las consecuencias negativas globales de lo que es un pacto proteccionista redactado a la medida de un empresariado, el brasileño, que es notoriamente reacio a permitir que rivales más avanzados tengan acceso a sus mercados cautivos.

Aunque Chile sigue siendo más pobre que la Argentina, su clase gobernante confía mucho más que la nuestra en el futuro de su país. He aquí la causa fundamental de su resistencia a dejarse engañar por el espejismo mercosureño. Para que su economía continúe creciendo, tendrá que integrarse lo más posible con los países más avanzados y más vigorosos. Se trata de un desafío muy duro ¿qué duda hay?, pero el gobierno chileno comprende que en el fondo optar por la alternativa regional equivaldría a resignarse a la mediocridad, protegiendo a los incapaces, a los que siempre piden más tiempo para “prepararse” para competir, a costa de las perspectivas de los demás. Sería bueno que el presidente De la Rúa y sus colaboradores más influyentes se contagiaran tanto del optimismo chileno como de su negativa a elegir las opciones más fáciles o de prestar atención a las tesis interesadas de lobbistas sectoriales, pero en vista del estado de ánimo derrotista que impera en el gobierno es poco probable que esto ocurra. Por el contrario, es de prever que sigan intentando convencerse de que por sus dimensiones geográficas y demográficas el Mercosur no es el enano económico que reflejan las estadísticas, sino un mercado gigantesco que es equiparable con aquellos de la Unión Europea o del Nafta dominado por los Estados Unidos.