Reformas frenadas
Pese al derrumbe de la economía y la inoperancia del Estado, "los políticos" se aferran a sus privilegios.
Aunque muchos dirigentes políticos están más que dispuestos a afirmarse en favor de reformas destinadas a asegurar que nuestro sistema institucional sea más transparente y más representativo, ya no cabe duda de que la mayoría está procurando limitar los cambios al mínimo absoluto. Tal reacción tiene su lógica -los beneficiados por un esquema determinado siempre lo creen inmejorable-, pero su terquedad en defensa de un statu quo que buena parte de la población del país considera intolerable y que, de todos modos, ha incidido de manera espectacularmente catastrófica en la evolución del país, no contribuirá a reducir el abismo peligroso que separa a la «clase política» de los demás ciudadanos. Por el contrario, la sensación de que a pesar del derrumbe de la economía y de la inoperancia llamativa del Estado frente a una crisis que muchos creen terminal «los políticos» siguen decididos a aferrarse a sus privilegios corporativos, no puede sino ampliar la brecha existente, intensificando de este modo el riesgo de que el país se vuelva ingobernable.
El mecanismo más cuestionado del sistema actual consiste en la tristemente célebre «lista sábana» que sirve para afianzar el poder de los caciques, al permitirles seleccionar a dedo a sus acompañantes que, como es notorio, suelen destacarse por su extrema mediocridad, lo cual es natural porque a ningún jefe partidario que se precie le gustaría verse rodeado de personas talentosas que pudieran hacerle sombra. Los interesados en conservar esta modalidad insisten en que la alternativa de circunscripciones uninominales, según la cual cada distrito elegiría a su propio representante que, a diferencia de los incorporados a las listas sábanas, tendría que ser una persona adecuadamente conocida por los votantes, sería injusta porque discriminaría contra «las minorías». ¿De cuáles «minorías» están hablando? De las ideológicas, claro está, o sea, a su juicio el Parlamento debería reflejar con cierta precisión la variedad ideológica del país que se da el día de las elecciones. Se trata de una forma un tanto abstracta de entender la política que está muy difundida en las democracias relativamente nuevas, en las que es frecuente anteponer los temas teóricos o principistas a los meramente concretos. En cambio, en las democracias que se consolidaron antes de los febrilmente ideológicos siglos XIX y XX, sobre todo en las anglosajonas, se prefieren las circunscripciones uninominales porque no cabe duda de que los elegidos no representan una idea sino un conjunto de personas de carne y hueso. Por «injusto» que les pueda parecer dicho sistema a los obsesionados por las presuntas distinciones ideológicas, no sólo ha posibilitado muchos años de estabilidad política, sino que también ha mantenido a raya enfermedades políticas tan graves como el fascismo y el comunismo. Asimismo, es evidente que en los países históricamente comprometidos con las circunscripciones uninominales, las «minorías» -que, es innecesario decirlo, no tienen forzosamente que ser ideológicas- han podido hacerse oír con tanta facilidad como en cualquier otro. De todos modos, puesto que en nuestro país el rigor principista de los distintos partidos y «movimientos» es desde hace décadas una ilusión, la preocupación de los defensores de las listas sábanas por proteger a «las minorías» es más hipotética que real.
Otra prioridad de los reacios a permitir que haya cambios auténticos es impedir la irrupción de candidatos independientes que, además de privar a los partidos de los votos que necesitan, reduciría drásticamente el poder de los caciques actuales, aunque achacan su oposición a la idea a su supuesto temor a que un Congreso sin bloques partidarios significantes resultara inmanejable. En el caso de la UCR, a esta altura tales reparos no tienen demasiado sentido: sería necesario algo más que la ausencia de candidatos independientes para salvarla de una derrota acaso definitiva en las elecciones próximas. En cuanto al PJ, tan exagerado es su pluralismo que cualquier aspirante independiente con posibilidades de triunfar podría encontrar un lugar en sus filas, pero a nadie se le ocurriría calificar de positivo el exitismo a más no poder así supuesto.
Aunque muchos dirigentes políticos están más que dispuestos a afirmarse en favor de reformas destinadas a asegurar que nuestro sistema institucional sea más transparente y más representativo, ya no cabe duda de que la mayoría está procurando limitar los cambios al mínimo absoluto. Tal reacción tiene su lógica -los beneficiados por un esquema determinado siempre lo creen inmejorable-, pero su terquedad en defensa de un statu quo que buena parte de la población del país considera intolerable y que, de todos modos, ha incidido de manera espectacularmente catastrófica en la evolución del país, no contribuirá a reducir el abismo peligroso que separa a la "clase política" de los demás ciudadanos. Por el contrario, la sensación de que a pesar del derrumbe de la economía y de la inoperancia llamativa del Estado frente a una crisis que muchos creen terminal "los políticos" siguen decididos a aferrarse a sus privilegios corporativos, no puede sino ampliar la brecha existente, intensificando de este modo el riesgo de que el país se vuelva ingobernable.
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