Región cada vez más explosiva
Además de los graves problemas económicos y sociales de sus propios países que exigen su atención inmediata, el presidente norteamericano Barack Obama y sus socios europeos, como el mandatario francés Nicolas Sarkozy y el primer ministro británico David Cameron, tienen que preocuparse por lo que está sucediendo en distintas partes del inmenso mundo musulmán. Como ya se habrán dado cuenta, la “primavera árabe” no ha visto la transformación casi automática de una veintena de dictaduras en democracias tranquilas que a comienzos del año fue prevista por los optimistas que imaginaban estar asistiendo a una versión islámica del desplome del comunismo en Europa sino, por el contrario, ha dado lugar a una guerra civil con la participación limitada de la OTAN en Libia, la represión previsiblemente salvaje, con miles de muertos, de manifestantes callejeros por el ejército de Siria, choques en Yemen donde Al Qaeda se ha apoderado de localidades urbanas, la reanudación de atentados sanguinarios en Irak y conflictos violentos en muchos otros países. Por lo demás, a esta altura pocos esperan que los países en que se inició la revuelta, Túnez y Egipto, estén por convertirse en democracias genuinas. Mientras tanto, Pakistán sigue convulsionado por extremistas que todos los días matan a docenas de compatriotas, en Afganistán la coalición occidental encabezada por Estados Unidos parece estar mucho más interesada en encontrar una salida supuestamente digna lo antes posible que en derrotar a los talibanes y en Irán el régimen integrista de los ayatolás continúa impulsando un programa armamentista nuclear que, a menos que sea frenado a tiempo, planteará un desafío peligrosísimo a todos los países de la región, en especial a Israel que, para más señas, acaba de sufrir una nueva serie de ataques y ha reaccionado bombardeando Gaza. La tensión creciente en “el gran Medio Oriente”, que se extiende desde el océano Atlántico hasta las provincias occidentales de China en que movimientos islamistas basados en minorías de idiomas relacionados con el turco hacen sentir su presencia, se ha visto agravada por la sensación nada arbitraria de que Estados Unidos, acompañado por sus ensimismados aliados europeos, está batiéndose en retirada abrumado por los costos tanto económicos como humanos de sus actividades militares en lugares exóticos. Es comprensible que los norteamericanos y europeos hayan optado por privilegiar el “poder blando” –es decir la diplomacia, la influencia cultural y las presiones económicas– por encima del poder militar tradicional, pero por desgracia hay muchos que no comparten su actitud. En Asia y África, los contrarios a todo cuanto a su entender representa el Occidente están claramente decididos a aprovechar para lograr sus propósitos lo que toman por un síntoma inconfundible de la decadencia de una civilización antes orgullosamente dominante. Los más alarmados por lo que está ocurriendo son, desde luego, los líderes israelíes. Aunque ellos también han tenido que enfrentar protestas masivas motivadas por el aumento del costo de vida, saben que está en juego la existencia misma de su país, que se ve rodeado de enemigos resueltos a borrarlo de la faz de la tierra. En diversas ocasiones los líderes israelíes han afirmado que no permitirán que Irán consiga los medios que le permitieren llevar a cabo un nuevo holocausto; pronto podrían verse obligados a actuar. En tal caso, también tendrían que elegir el gobierno norteamericano y los europeos entre resignarse pasivamente al avance de los resueltos a humillarlos y hacer cuanto resulte necesario para convencerlos de que las potencias occidentales no son tan débiles como suponen. De las dos alternativas, la segunda sería la menos mala. Si los países que durante muchos años han desempeñado el papel ingrato del “gendarme” en las zonas más conflictivas del planeta optan por abandonar sus esfuerzos por mantener un mínimo de orden, el resultado más probable no sería una época signada por la paz universal sino el estallido en cadena de guerras religiosas y étnicas terribles acompañadas por genocidios en gran escala en que morirían no sólo israelíes, iraníes y árabes sino también muchos otros, comenzando con los integrantes de minorías que tienen motivos de sobra para sentirse amenazadas por sus vecinos.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 22 de agosto de 2011
Además de los graves problemas económicos y sociales de sus propios países que exigen su atención inmediata, el presidente norteamericano Barack Obama y sus socios europeos, como el mandatario francés Nicolas Sarkozy y el primer ministro británico David Cameron, tienen que preocuparse por lo que está sucediendo en distintas partes del inmenso mundo musulmán. Como ya se habrán dado cuenta, la “primavera árabe” no ha visto la transformación casi automática de una veintena de dictaduras en democracias tranquilas que a comienzos del año fue prevista por los optimistas que imaginaban estar asistiendo a una versión islámica del desplome del comunismo en Europa sino, por el contrario, ha dado lugar a una guerra civil con la participación limitada de la OTAN en Libia, la represión previsiblemente salvaje, con miles de muertos, de manifestantes callejeros por el ejército de Siria, choques en Yemen donde Al Qaeda se ha apoderado de localidades urbanas, la reanudación de atentados sanguinarios en Irak y conflictos violentos en muchos otros países. Por lo demás, a esta altura pocos esperan que los países en que se inició la revuelta, Túnez y Egipto, estén por convertirse en democracias genuinas. Mientras tanto, Pakistán sigue convulsionado por extremistas que todos los días matan a docenas de compatriotas, en Afganistán la coalición occidental encabezada por Estados Unidos parece estar mucho más interesada en encontrar una salida supuestamente digna lo antes posible que en derrotar a los talibanes y en Irán el régimen integrista de los ayatolás continúa impulsando un programa armamentista nuclear que, a menos que sea frenado a tiempo, planteará un desafío peligrosísimo a todos los países de la región, en especial a Israel que, para más señas, acaba de sufrir una nueva serie de ataques y ha reaccionado bombardeando Gaza. La tensión creciente en “el gran Medio Oriente”, que se extiende desde el océano Atlántico hasta las provincias occidentales de China en que movimientos islamistas basados en minorías de idiomas relacionados con el turco hacen sentir su presencia, se ha visto agravada por la sensación nada arbitraria de que Estados Unidos, acompañado por sus ensimismados aliados europeos, está batiéndose en retirada abrumado por los costos tanto económicos como humanos de sus actividades militares en lugares exóticos. Es comprensible que los norteamericanos y europeos hayan optado por privilegiar el “poder blando” –es decir la diplomacia, la influencia cultural y las presiones económicas– por encima del poder militar tradicional, pero por desgracia hay muchos que no comparten su actitud. En Asia y África, los contrarios a todo cuanto a su entender representa el Occidente están claramente decididos a aprovechar para lograr sus propósitos lo que toman por un síntoma inconfundible de la decadencia de una civilización antes orgullosamente dominante. Los más alarmados por lo que está ocurriendo son, desde luego, los líderes israelíes. Aunque ellos también han tenido que enfrentar protestas masivas motivadas por el aumento del costo de vida, saben que está en juego la existencia misma de su país, que se ve rodeado de enemigos resueltos a borrarlo de la faz de la tierra. En diversas ocasiones los líderes israelíes han afirmado que no permitirán que Irán consiga los medios que le permitieren llevar a cabo un nuevo holocausto; pronto podrían verse obligados a actuar. En tal caso, también tendrían que elegir el gobierno norteamericano y los europeos entre resignarse pasivamente al avance de los resueltos a humillarlos y hacer cuanto resulte necesario para convencerlos de que las potencias occidentales no son tan débiles como suponen. De las dos alternativas, la segunda sería la menos mala. Si los países que durante muchos años han desempeñado el papel ingrato del “gendarme” en las zonas más conflictivas del planeta optan por abandonar sus esfuerzos por mantener un mínimo de orden, el resultado más probable no sería una época signada por la paz universal sino el estallido en cadena de guerras religiosas y étnicas terribles acompañadas por genocidios en gran escala en que morirían no sólo israelíes, iraníes y árabes sino también muchos otros, comenzando con los integrantes de minorías que tienen motivos de sobra para sentirse amenazadas por sus vecinos.
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