Reseña de “Omitimos los nombres”, de Héctor Kalamicoy




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Por Verónica Pedrosa

Cruda. Así es la trama de “Omitimos los nombres”, novela de Héctor Kalamicoy que no solo gira en torno a tópicos fuertes como la desaparición de muchachas y la trata de personas en una sociedad valletana asaltada por el capitalismo (que considera a la mujer una mercancía que se vende y/o descarta), sino que, además, hace una descripción precisa –envidiable para mí– de las prácticas atroces que convierten a las chacras en un infierno de parcelas salitrosas comunicadas por calles vacías, donde los gritos no se escuchan y la resignación es la única salida posible; un sitio inseguro del que nadie se da cuenta hasta que siempre es muy tarde, hasta que leemos a Kalamicoy y lo confirmamos.


Su prosa fluida nos revela escenas que constituyen el costado horrible de la realidad, el lado oscuro del ser humano que es capaz de adueñarse de un cuerpo y manipularlo descaradamente hasta romperlo. Nos sumerge en una profunda tiniebla que reviste los loteos, donde los que vigilan son los mismos que acechan y la Justicia no hace más que prejuzgar a la víctima, manchando de corrupción cada una de las fojas de una causa que quedará en un rincón archivada.
Pero no es un caso más de una mujer desaparecida, es la historia de una hermosa joven cuyo cuerpo destrozado aparece en un canal de riego, en El Treinta, entre Cipolletti y Fernández Oro. Es también la versión de la historia que creó con impunidad una mafia de la región formada por policías, políticos y jueces, movida por la ilegalidad, la desidia y la flojera con que el narrador la caracteriza.

Una historia con interrogantes abiertos que desapareció de nuestra conciencia, la narración directa del asesinato de la adolescente Otoño Uriarte, que desapareció en octubre de 2006 y fue encontrada muerta en un canal de riego en abril de 2007. Es el testimonio de los fantasmas de un Valle de Río Negro y Neuquén que vuelven a nuestra memoria para exigirnos la verdad.


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