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A menos que Fox combata la corrupción, México no será más que un apéndice de su vecino.



Por tratarse de un país muy pobre de cien millones de habitantes, de los cuales una proporción significante es analfabeta, los problemas de México son decididamente mayores que los argentinos, pero ello no obstante, los desafíos con los que tendrá que enfrentarse el nuevo presidente Vicente Fox son muy similares a los que un año antes esperaban a Fernando de la Rúa. Para que ambos países logren avanzar lo bastante como para permitir que todos puedan disfrutar plenamente de las posibilidades brindadas por el progreso material, será forzoso llevar a cabo una cantidad impresionante de reformas, a pesar de la oposición implacable de los vinculados con intereses creados. No se trata sólo de manejar con prolijidad el presupuesto o de seducir a los inversores extranjeros, sino también de impulsar transformaciones que serán resistidas por los acostumbrados a gobernar. Como subrayó Fox antes de iniciar su gestión, “los rezagos sociales, la injusticia, la impunidad, la corrupción son signos graves”. También están interrelacionadas. Lo mismo que en tantos otros países latinoamericanos, el atraso de México se debe en buena medida a la hegemonía al parecer permanente de una clase política insaciable de discurso progresista y actitudes patrimonialistas. Desmantelar el sistema así supuesto, el cual ha existido desde hace tanto tiempo que es considerado natural por el grueso de los mexicanos, no le será nada fácil, pero a menos que logre hacerlo le será imposible reducir la brecha abismal que separa a la minoría rica de la mayoría paupérrima.

Como sabemos, De la Rúa, a diferencia del ex presidente Carlos “Chacho” Alvarez, no ha manifestado demasiado interés en reformar el orden político del cual es producto, omisión que sin duda atribuye a la necesidad de dar prioridad a la economía. Felizmente para Fox, en la actualidad México registra una tasa de crecimiento que es superior al siete por ciento anual y gracias a su antecesor, Eduardo Zedillo, las cuentas públicas están saneadas, de suerte que podrá prestar la atención necesaria a asuntos que en el fondo son más importantes. Otra ventaja que tiene Fox sobre su homólogo argentino consiste en que no se siente comprometido con el orden político tradicional creado en torno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el transcurso de sus 71 años en el poder. Su partido, el PAN (Partido Acción Nacional), no contribuyó a producir el statu quo y por lo tanto no está consustanciado con el estilo político vigente. Por eso es posible que haya hablado en serio al pronunciar su discurso inaugural ante el Congreso, cuando afirmaba que “los grandes corruptos del pasado, del presente y del futuro rendirán cuentas, no habrá para ellos borrón y cuenta nueva, no habrá piadoso olvido para quienes delinquieron”.

Es por lo menos concebible que Fox, lo mismo que los gobernantes españoles que surgieron después de la larguísima dictadura franquista, realmente consiga romper con el pasado, hazaña que ningún gobierno argentino reciente ha podido cumplir porque todos habían hecho su aporte a la formación del sistema corporativo e intrínsecamente corrupto que hasta ahora ha logrado sobrevivir a todas las muchas vicisitudes de las décadas últimas. En tal caso, el ejemplo así brindado repercutiría de forma muy positiva en toda la región, estimulando a otros gobiernos reformistas a tomar medidas destinadas a poner fin a una tradición político-económica que es incompatible con el progreso. Por cierto, a menos que Fox logre cumplir con su promesa de combatir la corrupción con algo más que sermones, México no será más que un apéndice enorme, atrasado, “pintoresco” y miserable de su vecino dinámico, los Estados Unidos. Aunque la proximidad del país más poderoso de la Tierra ha supuesto muchas ventajas para los mexicanos, el contraste humillante entre su propio desempeño económico colectivo y la opulencia fastuosa de “los anglos” está en la raíz del resentimiento defensivo que siempre ha sido un rasgo notable del PRI. Como Carlos Menem, si bien en base a un conocimiento mucho más profundo de los Estados Unidos, Fox ha repudiado esta actitud, acaso comprensible pero autodestructiva, por entender que constituye un obstáculo en el camino hacia la modernización que, nos guste o no, se ve representada por la superpotencia.


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