“Rezaba para que me atrapen”
Vivir, morir o caer como prófugo
Durante ocho años, Eduardo Aqueveque fue Eduardo Urrutia. De Cipolletti se mudó a Zapala, renunció a su trabajo y vivió en la clandestinidad sin esconderse. Era un prófugo de la Justicia pero llegó a hacer trabajos de albañilería para la Policía y la Gendarmería Nacional. Se escondió poco, apenas si tomó algunos recaudos para que no le “echen el guante”. Dice que rezó para que lo atrapen, y lo hicieron porque una mujer que conocía lo delató.
Tiene tres hijos, una mujer que vive en Zapala y desde hace un tiempo asegura que merece el beneficio de la libertad condicional. Vive en el penal de Cipolletti, está terminando la escuela primaria y hace artesanías.
“Yo era un vecino común en Zapala. Usaba mi nombre y a veces cambiaba mi apellido. Hice trabajos en los campos y después volví a ser albañil. Trabajaba para todo el mundo, hasta le hice laburos a la Policía, a Gendarmería y a la intendenta. Los aceptaba porque teníamos que comer con mi señora y mi bebé, pero la verdad es que siempre anduve con el corazón en la boca”, cuenta, y sonríe.
-¿Pero nunca se escondió?
-No, era un vecino común, me supe camuflar en la comunidad de Zapala. Tenía mi trabajo y siempre me llamó la atención que no me agarraran antes…
-¿Por qué piensa que tardaron tanto?
-No sé, era raro. Cuando cruzaba un móvil policial agachaba la cabeza, miraba para otro lado. Pero a veces, hasta los saludaba. Pero nunca me teñí ni me disfracé. La verdad que esa vida es horrible, porque no la pasás bien, no dormís, siempre pensás que te van a agarrar. Es más, cuando comencé a ir a la iglesia le pedía a Dios que me detengan. No me iba a entregar, por orgullo, viste, pero quería que me agarren…
-¿Sintió alivio cuando lo detuvieron?
-Sí, un alivio enorme. Era una gran carga estar prófugo.
La vida de Aqueveque en el delito comenzó a temprana edad. Tenía diez años, un padrastro que era alcohólico y golpeaba a su madre, y mucho tiempo para andar en la calle. Dejó la Escuela Nº 19, la del barrio Don Bosco de Cipolletti, en cuarto grado. Y la cambió por las drogas y las “malas juntas”.
Fue prófugo entre 2005 y 2013, porque cuando gozaba de una libertad condicional estuvo involucrado en un robo. Entonces, antes de recibir una pena más severa (10 años y seis meses), se fugó. Una fuga muy peculiar, porque salió caminando de Tribunales, llegó a su casa de la calle Lavalle y vivió 20 días casi con normalidad: iba a trabajar a Neuquén en su moto y seguía bajo el mismo techo.
“No entiendo por qué no me buscaron en mi casa esas semanas. Siempre estuve ahí, con mi mujer y mi bebé, que ahora tiene casi 10 años. Cuando decidí ‘partir’, renuncié a mi trabajo, cobré una indemnización, compré pasajes y nos fuimos a Zapala. Ahí alquilé una pieza y comencé a trabajar. No me iba mal y hasta construí mi casa allá, pero vivir con el corazón en la boca es horrible”.
Hoy espera volver a ver a sus hijos. No lo visitan desde hace meses. Su mujer vive en Zapala, se mantiene con la Asignación Universal por Hijo y la limpieza de algunas casas. Él, a sus 33 años, jura que dejó el delito y que sólo sueña con una cosa: “Alejarme de todo lo malo y envejecer junto a mi esposa y mis chicos”.
Vivir, morir o caer como prófugo
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